El planeta arrasado por la pandemia

Durante la crisis del coronavirus aumenta la deforestación del Amazonas y la pesca ilegal en aguas internacionales

Un estudio culpa a la deforestación de la ola de fuegos en el Amazonas
Tierra deforestada en la Amazonía MARIZILDA CRUPPE/REDE AMAZÔNIA S 18/11/2019 MARIZILDA CRUPPE/REDE AMAZÔNIA S

Adaw mira al horizonte, sus arrugas son tapadas por la pintura negra de guerra, tinta gastada, aunque hace tiempo dejó las armas, sus lanzas, los arcos y los viejos fusiles bañados en pólvora. Sigue defendiendo la tierra, una aldea perdida de Manaos. Ya no se vislumbran las antiguas estepas verdes, aquellas lejanas batallas en las que los madereros quedaban atados en un remoto camino, y sus camiones encendidos, ardiendo. La leyenda de los Kaapor llegó a su fin, son los últimos defensores del Amazonas. Ya no hay cuentos de gloria en las hogueras. No hay final feliz.

Mientras los grandes líderes juntan esfuerzos para combatir la pandemia, “los destructores del planeta” aprovechan para "arrasar” las reservas naturales. El mundo mira para otro lado, frente al pillaje de los “piratas”. El mar, la selva, los bosques y los glaciares, están en peligro. Son los efectos colaterales de la “peste”. Y América Latina es el edén, el dorado desprotegido.

En Brasil, mineros de oro y madereros están utilizando la pandemia de Covid-19 para invadir varios territorios de tribus no contactadas, las más vulnerables del planeta, son los mismos grupos que patrocinaron la campaña de Jair Bolsonaro. Un precio alto que pagar. Los mecenas que acompañaron la causa: Agricultores, ganadores y evangelistas. La historia se repite por el continente, las venas siguen abiertas, y saben a sabia.

Los awás, los últimos indígenas

En el Valle de Javari, hogar de más pueblos indígenas no contactados que cualquier otro lugar de la Tierra, mineros de oro que utilizan una gran draga (máquina para extraer oro) han invadido la región del Río Jutaí, territorio de indígenas korubos aislados.

Una de las últimas supervivientes de una aldea en Manaos, Merie, balbucea mientras un macaco se enrosca cariñosamente en su cuello. Piel albina y erizada cuando llegan extranjeros, parece un perro guardián con sus dientes afilados, esas garras que crecen con la incertidumbre. Ella, Merie, es delgada y soporta a su hijo en la espalda. Piel pálida y ropa blanca. “Aterrizan, hacen carreteras, espantan los animales, antes cazábamos y pescábamos en el río, las máquinas alejaron a las ‘bestias’, no podemos encontrar presas, así" dice Merie. “Nos extinguimos, quizás, llegó nuestra hora”, reconoce.

El territorio Ituna Itata, donde también viven indígenas aislados, está siendo invadido por foráneos. En 2019 este era el territorio indígena más deforestado. Según denuncia la organización Survival Internacional, la reserva Uru Eu Wau Wau es atacada por madereros y agricultores. En ella viven tres grupos no contactados, y el mes pasado Ari Uru Eu Wau Wau, guardián del bosque, fue asesinado.

Además, madereros ilegales están deforestando el territorio indígena Arariboia, en el noreste de la Amazonia. Esta selva también es el hogar de los indígenas no contactados, la tribu más amenazada de la Tierra. Los Guardianes de la Amazonia vigilan las invasiones ante la inacción gubernamental.

Estos y otros territorios indígenas de Brasil están siendo golpeados por partida triple. El Gobierno del presidente Bolsonaro ha tomado medidas para debilitar drásticamente los organismos federales que antes protegían las tierras indígenas. Muchos de los equipos responsables de mantener a los invasores alejados de los territorios de los pueblos indígenas aislados no están operando a plena capacidad. Bolsonaro, con su discurso racista y sus políticas fomenta una oleada de invasiones de tierras en pueblos originarios.

Por otro lado, el mandatario está presionando fuertemente para que el Congreso apruebe su decreto presidencial MP910, conocido como “el decreto de acaparamiento de tierras”. De aprobarse, grandes áreas de tierras indígenas podrían ser vendidas para su explotación comercial. Sería el principio del fin.

Los mares en peligro

Los mares internacionales también están el peligro. Aunque todavía no ha procedido, es más que posible que vuelva pleno la semana que viene en Argentina en forma de proyecto de ley. Además desde que comenzó la crisis de la pandemia la pesca ilegal se acrecentó.

Greenpeace resalta la urgente necesidad de proteger el Mar Argentino por los incidentes reportados hace semanas sobre la entrada ilegal de casi 100 buques pesqueros del Este Asiático a la zona económica exclusiva (ZEE) argentina. Por medio de su campaña por la protección de los océanos, la organización ambientalista reclama a los gobiernos en la ONU retomar las negociaciones por el Tratado Global de los Océanos, postergadas por la emergencia sanitaria que enfrenta el mundo por el Covid-19.

Sale el sol en un puerto perdido de Montevideo, enfrente varios barcos chinos con escoras que descansan, después de haber faenado en aguas internacionales. “El botín” puede olerse a la distancia: Toneladas de calamar y otras especies pescados en aguas internacionales de forma ilegal. Varios activistas parten al amanecer, se encaramaran en la proa oxidada para colgar un cartel de protesta: Bandidos.

Los buques ilegales que ocuparon las aguas venían tras la pesca de calamar. Se estima que estas embarcaciones pueden llegan a capturar 50 toneladas por noche. Un depredador a gran escala.

Mientras la crisis sanitaria nos obliga a encerrarnos en nuestras casas para protegernos del Covid-19 las potencias pesqueras se muestran impunes ante la cuarentena. A pesar de que las calles se vacían y la actividad humana se redujo lo suficiente como para que disminuyera la polución del aire, el efecto contrario está sucediendo en el Mar Argentino. Cientos de buques llegan hasta estas aguas para saquear y vulnerar el Atlántico Sur”, señala Luisina Vueso, coordinadora de la campaña de océanos de Greenpeace Argentina.

Covid y cambio climático

Claudio J. Lutzky, Director del Posgrado en Cambio Climático, Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires afirma: “La interrelación entre la pandemia del COVID-19 y el cambio climático puede verse desde varias perspectivas. Por un lado, y en el corto plazo, la gran crisis causada por la pandemia tiene como efecto colateral una profunda caída en la actividad económica, que ha llevado a una reducción significativa en las emisiones de gases de efecto invernadero, que son las causantes del cambio climático. La Agencia Internacional de Energía estima que esa reducción podría llegar a un 8%”.

Sin embargo, y dado que estas reducciones son solamente temporales, se requiere profundizar la implementación de reformas estructurales, por ejemplo, aquellas que amplíen la utilización de energías renovables en reemplazo de los combustibles fósiles, y permitan un uso más eficiente de la energía.

Asimismo añade “la recuperación de la crisis económica en ciernes debería llevarse a cabo mediante el desarrollo de una 'agenda verde’ que promueva la sostenibilidad ambiental en todos los frentes. Ese camino lo está marcando la Unión Europea, que se encuentra trabajando en un “plan de recuperación verde” focalizado en la renovación de edificios, en energías renovables, movilidad limpia y economía circular, y que alcanzaría la suma de un billón de euros”.

En otras palabras, la pandemia puede servir para que aprendamos de nuestros errores, o aceleremos la destrucción del planeta. El tiempo se agota...