El racismo que aún no importa, confesado por un general venezolano

En la Venezuela chavista, la Nicaragua de Ortega y la Rusia de Putin se sigue votando, pero ya no se elige. Los pueblos han perdido su derecho a cambiar

Nicolás Maduro conversa con el ministro de Defensa Vladimir Padrino López/Efe
Nicolás Maduro conversa con el ministro de Defensa Vladimir Padrino López/Efe

“Nunca podrán ejercer el poder político en Venezuela, yo creo que es bueno que lo entiendan”, vociferó el general Vladimir Padrino López, Ministro de Defensa de la tiranía de Nicolás Maduro, refiriéndose a la oposición democrática venezolana que tiene ya veinte años ejerciendo una resistencia pacífica contra el régimen totalitario chavista. Esta confesión de parte, además de elocuente, pone de relieve un tema que para vergüenza de muchos poco ha importado. Se trata de la discriminación ideológica y la confiscación del derecho a cambiar de los pueblos, que no pocas veces llegan al nivel de genocidio y hasta exterminio.

Por ejemplo, el comunismo todavía vigente en varias partes del mundo, incluyendo América, se basa en el pensamiento único y el partido único, que en la práctica se traduce en prisión, represion, muerte, exilio y sometimiento, en favor de los intereses de una élite oligarquica que se perpetúa en el poder para ejercerlo sin límite ni medida. Si esto se ejecuta desde la “derecha” se considera fascismo y su condena estaría garantizada en todos los niveles, pero sí se esconde detrás de un discurso progresista, puede generar hasta más simpatía que rechazos. Una discriminación absolutamente inmoral. Pero en ambos casos el resultados es el mismo, un racismo ideológico por medio del cual se excluye y persigue a un sector de la población negándosele su derecho de acceder al poder incluso por la vía democrática, como bien dijo el general en su confesión.

Ese racismo ideológico consiguió pasar al siglo veintiuno camuflándose de democracia, con más éxito del esperado. Los racistas ideológicos que no podían llegar al poder con las armas como Fidel Castro, lo comenzaron a hacer por vía electoral, pero una vez en el poder destruían la separación institucional para controlarlo todo sin contrapesos y cambiaban las constituciones y reglas de juego para perpetuar su mando con reelecciones indefinidas. Los demás partidos podían aspirar a algunas cuotas pero en ningún caso aspirar a sustituir al régimen totalitario. Esta es la fórmula de la Venezuela chavista, de la Nicaragua de Ortega y de la Rusia de Putin, por ejemplo, países donde se sigue votando pero ya no se elige, y donde los pueblos perdieron su derecho a cambiar.

Repasemos el caso de Venezuela. Chávez llegó al poder por la vía electoral (indultado luego de su golpe de Estado militar) para gobernar por cinco años sin reelección como establecía la constitución. Pero lo primero que hizo fue cambiar la constitución y aprobar unilateralmente una a su medida con posteriores reformar igual de arbitrarias, que le permitieron morir en el poder catorce años después.

Cuando la oposición ganaba una alcaldía (ayuntamiento) o una gobernación (comunidad), entonces se creaban autoridades paralelas nombradas a dedo, a quienes iba a parar el presupuesto confiscado a los legítimos representantes de esas regiones. Esto que fue hecho también por Hitler, no escandalizó a nadie cuando lo hizo Chávez. Con las elecciones parlamentarias se perfeccionó una fórmula de cambiar la composición demográfica de los circuitos electorales según los resultados anteriores para que el voto a favor del régimen terminara valiendo mucho más que el opositor.

Todo esto ejecutado por un árbitro electoral totalmente parcializado, al punto que su presidente terminó siendo luego vicepresidente de la República, luego alcalde mayor de la capital por el partido de gobierno y hoy en día es el flamante ministro de comunicaciones.

Luego, cuando la oposición ganó en 2015 las dos terceras partes de la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo del régimen, nombrado ilegalmente antes por el parlamento saliente, suspendió de un plumazo la proclamación de varios diputados y luego declaró en desacato a todo el nuevo parlamento. Por si fuera poco, en 2017 se creó por tiempo ilimitado una instancia partidista con fines “constituyentes” que tiene poderes supra constitucionales y que está por encima de todos los poderes públicos, la cual dejó sin efecto la elección de un gobernador, persigue a los diputados y se reserva la última palabra ante cualquier tema. Fue esta instancia la que convocó elecciones presidenciales adelantadas con los partidos de oposición ya ilegalizados, los mismos que ahora han sido expropiados por el régimen. Por esto es que el general dice: “Nunca podrán ejercer el poder político en Venezuela, yo creo que es bueno que lo entiendan”.

Lo que se entiende perfectamente es la naturaleza del régimen venezolano que con sus magistrados, generales y su soviet constituyente, pretende oprimir al pueblo por siempre, ejerciendo un racismo ideológico y un apartheid político.

¿Qué tiene que pasar para que esto importe? ¿Que hayan más de cinco millones se refugiados por el mundo? ¿Que torturen y asesinen dirigentes políticos y líderes sociales? ¿Que se comprueben miles de desapariciones forzosas? ¿Que se encarcelen a centenares de presos políticos? ¿Qué se asesinen a cientos de jóvenes por protestar pacíficamente en las calles? ¿Que se persiga a la empresa privada hasta que la hambruna, la inflación y el desempleo campeen?

Pues, todo eso y mucho más ya pasó. Ojalá que en vez de derribar estatuas en países democráticos, el mundo asuma el reto de derribar a estos racistas ideológicos que torturan a sus pueblos para mantenerse en el poder a toda costa. Supremacismo ideológico o pluralismo. #LaDemocraciaTambiénImporta.