Trump relanza su campaña con la «operación MAGA»

La Casa Blanca trata de despejar las dudas sobre el estado de salud del presidente tras el caos del sábado. De seguir evolucionando tan bien, recibirá hoy el alta hospitalaria

Los buenos deseos, y el fervor de sus millones de partidarios, no oculta la situación de alto riesgo que vive su candidatura. Los analistas tratan de averiguar cómo mantiene viva una campaña electoral que siempre gravitó a un solo hombre. El personalismo extremo de Donald Trump, la sumisión del partido republicano a sus designios, que ha llegado a expulsar a la intemperie a muchos de sus antiguos hombres notables, y la apuesta completa por un carisma de rasgos cesaristas, enfrentan la hora de la verdad con Trump hospitalizado. La clave, claro, pasa por redoblar MAGA, acrónimo de «Make America Great Again».

El primero en asumir sus nuevas responsabilidades ha sido el vicepresidente, Mike Pence, que deberá de hacerse con las riendas de la campaña mientras el presidente permanece en cuarentena. Para empezar, Pence ha hablado con los principales responsables políticos del partido durante el fin de semana. Es posible que Trump, que todo lo centraba, tenga que operar desde los márgenes, constreñido a las redes sociales y los vídeos, pero esto no significa que los voluntarios de MAGA no estén saliendo a las calles, que los teléfonos no echen humo llamando a posibles votantes, que los publicistas hayan abandonado la creación de nuevas campañas o que los anuncios favorables a Trump vayan a desaparecer en los próximos días.

El director de campaña, Bill Stepien, también enfermo, sigue trabajando desde su casa. En la ofensiva pueden jugar un papel decisivo los familiares directos del presidente, empezando por Ivanka Trump, que dio negativo, y siguiendo por el resto de sus hijos. A falta del Trump original buenos son sus sucesores y allegados. Luego está el hecho que la propia pandemia ya había transformado radicalmente la campaña: donde en otras ocasiones había mítines multitudinarios, actos de recaudación con cientos de invitados, paseos por las calles y baños de masas ahora predominan las soluciones a distancia y los discursos embotellados.

Por supuesto que todo esto sólo funcionará si poco a poco Trump abandona la zona de riesgo y queda claro que su ausencia ha sido un episodio accidental pero no trágico, y que podrá retomar a pleno rendimiento su horario y sus compromisos en menos de dos semanas.

En ese sentido no ayudan las contradictorias ruedas de prensa del médico de la Casa Blanca, Sean Conley: el sábado explicó que el presidente había recibido su diagnóstico 36 horas antes de lo que había asegurado el propio mandatario. De lo que resultaba que Trump viajó a un acto electoral en Mineápolis, participó en un acto de recaudación de fondos en Nueva Jersey el jueves y fue entrevistado en la cadena Fox sabiendo que tenía el virus, y que hizo todo esto sin informar a nadie y sin seguir ninguna de las recomendaciones médicas. Conley también negó que hubiera recibido oxígeno durante la mañana del sábado.

Poco más tarde el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Mark Meadows, explicaba que las próximas 48 horas serían cruciales y que el estado de salud del presidente distaba de ser tranquilizador. Por si fuera poco, ayer el doctor Conley admitió que el presidente habría sufrido dos alarmantes descensos de oxígeno en sangre. Sin apenas transición habló de una hipotética alta tan pronto como hoy.

A pesar de que el paciente tiene 74 años, exhibe un cierto sobrepeso, habría recibido oxígeno en al menos dos ocasiones y le están siendo administrados dos tratamientos experimentales. Cuando Conley explicó que, en efecto, el sábado olvidó hablar de las bajadas de la saturación del oxígeno en sangre porque los médicos y el propio Trump prefieren mantener tranquila a la ciudadanía volvió a poner en solfa, de forma involuntaria, toda la credibilidad de su parte.

Nadie puede asegurar que 24 horas más tarde, de nuevo aureolado por la necesidad de anteponer la calma a la verdad fáctica, no reconozca que, por ejemplo, Trump sufrió más episodios de hipoxia. Todo esto sucede mientras EE UU cabalga a los lomos del coronavirus con 48.000 positivos y 708 muertes reconocidos ayer, un total de 7,4 millones de casos y 209.000 decesos y 25 estados reportando más casos que hace una semana.

En lugares como Wyoming el porcentaje de positivos está en el 20% y si bien la marejada está lejos de las cifras de muertos de la primavera, cuando el SARS-CoV-2 centró su hachazo en las grandes concentraciones urbanas de las dos costas, e incluso lejos de los casi 66.000 casos diarios que reportaban Texas, Arizona y Florida en julio, las cifras resultan suficientemente inquietantes.

Hace más de 15 días que los positivos diarios no descienden de los 40.000. Y si los modelos matemáticos desarrollados por universidades como Harvard y Columbia anticiparon en marzo una mortalidad que podría exceder las 200.000 personas para principios del otoño, ahora la Universidad de Washington, anticipa un total de 378.000 muertes para enero.

Asimismo, prosiguen las dudas respecto al momento en el que el presidente pudo contagiarse, y si la Casa Blanca informó o no del hecho en tiempo real. «El presidente está más animado y asertivo que nunca», dijo ayer el asesor de campaña Steve Cortes ante las cámaras de Fox News.

También aseguró que es crucial que la campaña «proceda de forma vigorosa», pues «el movimiento MAGA es más grande que el propio presidente Trump». Joe Biden, entre tanto, ha ordenado retirar los anuncios más negativos con Trump mientras este permanezca hospitalizado. La presencia de esta publicidad fue juzgada como muy poco delicada por los miembros de la campaña del presidente.

Pero no todos parecen contentos: el ala más a la izquierda de su partido, incluida la congresista Ilhan Omar, han salido a criticarlo. «¿Por qué Biden retrasa o suspende su campaña cuando sabemos que Trump habría publicado hoy mismo anuncios ridiculizando a Biden por dar positivo?», preguntó. «Ponlos de nuevo en marcha».