África

Por qué ha vuelto la violencia sectaria a Darfur

Desde hace décadas no se han sabido gestionar los enfrentamientos entre etnias árabes y negras al oeste de Sudán, resultando en rachas de masacres de civiles con difícil solución

Una unidad de «cascos azules» de UNAMID desplegados en Darfur.
Una unidad de «cascos azules» de UNAMID desplegados en Darfur.

En los últimos días se han registrado violentos enfrentamientos en la región sudanesa de Darfur, al oeste del país, dejando tras de sí un saldo que supera los 160 fallecidos. Mientras la comunidad internacional pide al Gobierno de Sudán que proteja a sus civiles, entre los tintes del desierto se suman nuevos capítulos a una tragedia que comenzó a escribirse en el siglo XII y que no parece tener un fin próximo. No es posible comprender lo sucedido en Darfur durante la última semana, si antes no se comprueba la cronología de sucesos que han llevado a esta situación.

Los enfrentamientos ocurren entre los musulmanes de la ciudad de Darfur, con los musulmanes de etnia árabe por un lado y los musulmanes de etnias negras por el otro, lo cual remarca las motivaciones raciales, antes que religiosas, del actual conflicto. La etnia árabe de Darfur lleva habitando la región desde tiempos del Antiguo Egipto, aunque muchos de sus ascendientes llegaron aquí a lo largo del siglo XII, durante el proceso de islamización del territorio. Exceptuando los ocasionales altercados y escaramuzas que ocurrían en cualquier parte del mundo por estas fechas, las relaciones entre los sudaneses árabes y los sudaneses negros fueron apacibles en su mayor medida, donde los árabes se dedicaron históricamente al pastoreo y los otros a la agricultura de subsistencia. Galoparon los siglos. Nuevas corrientes del islam, en especial el sufismo, penetraron en el país gracias a las rutas comerciales, desarrollando diferentes vertientes religiosas que pronto compitieron entre sí para ostentar el máximo poder posible. Entre estas vertientes destaca el mahdismo (que cree en la aparición de una figura mesiánica en el fin de los tiempos), fundado en el siglo XIX y que todavía hoy conforma una fuerza política dentro de Sudán.

Los Hermanos Musulmanes

Los Hermanos Musulmanes penetraron en Sudán en la década de los 60, procedentes de Egipto (no olvidemos que Sudán fue un protectorado anglo-egipcio entre 1899 y 1952) y con la intención de secularizar el islam sudanés. Los Hermanos Musulmanes también extendieron su influencia en el propio Egipto, Palestina, Siria, Libia y Argelia, aunque actualmente han sido calificados por numerosos países europeos y asiáticos como organización terrorista. En 1960, sin embargo, se encontraban en su máximo apogeo. Atrayendo a seguidores con sus métodos disciplinados e ideas intelectuales nacidas en la Universidad del Cairo, los Hermanos Musulmanes se posicionaron como un importante agente de poder en la política sudanesa, aunque respaldados apenas por una minoría de etnia árabe con un nivel adquisitivo mayor al de sus compatriotas negros. La intención de los recién llegados era transformar el ámbito religioso desde las instituciones del gobierno, a la vez que desarrollaban importantes programas sociales y de educación a lo largo del país.

Soldados de las fuerzas de paz inspeccionan un campo de refugiados en Darfur
Soldados de las fuerzas de paz inspeccionan un campo de refugiados en Darfur

Los tentáculos de los Hermanos Musulmanes, reagrupados en Sudán bajo las siglas del Frente Islámico Nacional (NIF), pronto accedieron a todos los campos del gobierno. El presidente Yaafar al-Numeiry, que dirigió el país con una dictadura entre 1969 y 1985, encontró en este grupo un fuerte aliado para mantener el poder frente a las organizaciones comunistas y socialistas que continuamente buscaban la manera de arrebatárselo. El NIF consiguió introducirse en el gobierno así: agrupando la religión bajo una bandera común, trayendo consigo ideas panarabistas que engatusaron a las etnias árabes del país, aliándose con Yaafar al-Numeiry y volviéndose indispensables en la política sudanesa.

No es de extrañar que poco después del derrocamiento de Yaafar al-Numeiry, el NIF organizó en 1989 un golpe de Estado que depuso al gobierno elegido democráticamente. El golpe sucedió en el marco de la Segunda Guerra Civil sudanesa (1983-2005), esto es, en un periodo de inestabilidad social y política extraordinarias y donde las matanzas y noticias de horror copaban de manera rutinaria las páginas de los diarios internacionales. Mientras la guerra civil se desarrollaba en algunas áreas de Sudán, en Darfur, la región que hoy nos atañe, pronto comenzaron a percibirse favoritismos del gobierno golpista y panarabista hacia los ganaderos árabes (conocidos como baggara) frente a las necesidades incumplidas de los agricultores de etnias negras. El descontento creció. Se acentuó la distancia social entre unos y otros.

Matanzas del siglo pasado

La escasez de tierras fértiles para el pastoreo y el cultivo (recordemos que Darfur es puro desierto) llevaron a violentos choques en las décadas de 1980 y 1990, dejando tras de sí cifras escalofriantes de 5.000 muertos de la etnia fur (que da nombre a Darfur) y 400 del lado árabe. Ante la impasividad del NIF, aprovechando la debilidad del ejecutivo dentro de la guerra civil, los agricultores de las etnias negras crearon en 2003 el Movimiento Justicia e Igualdad (MJI) y el Movimiento de Liberación de Sudán (MLS), movimientos ambos que acusaban al gobierno de otorgar facilidades a los árabes. Pronto comenzaron los ataques. Conduciendo los míticos Toyota Land Cruiser y armados con rifles AK semiautomáticos, los miembros del MJI y del MLS comenzaron a atacar a los soldados del Ejército sudanés, creando una estrategia basada en las emboscadas y golpes relámpago que les concedían la victoria en prácticamente cada enfrentamiento. El gobierno procuró diversos métodos (violentos, nada de negociaciones) para refrenar la acometida pero, ante la retahíla de derrotas sufridas a manos de los rebeldes negros, pronto tomó la decisión de crear el Yanyauid, un grupo paramilitar compuesto por pastores árabes.

Nunca ha sido buena idea armar a civiles. Afganistán y Ruanda han mostrado que nunca ha sido buena idea armar a civiles, y menos todavía cuando se trata de un conflicto racial. Los recién creados Yanyauid se diferenciaban de las tropas regulares sudanesas en su conocimiento del terreno y en su fidelidad al NIF (los militares sudaneses también pertenecían a las etnias negras implicadas y la confianza en ellos para reprimir a los rebeldes siempre se puso en entredicho). De esta manera, el Gobierno se aseguró un cuerpo armado que cumpliría las órdenes con la efectividad que concede el conocimiento del territorio de Darfur.

Fue entonces cuando comenzaron las matanzas a gran escala. Según cifras validadas por la ONU, hasta 400.000 personas fallecieron durante el conflicto de Darfur que se desarrolló entre 2003 y 2010. Un altísimo porcentaje de las víctimas civiles corresponde a las etnias negras. Solo en el primer año de conflicto, la OMS confirmó 50.000 fallecidos producto de la inanición y de las enfermedades. A las muertes se añaden las violaciones sistemáticas de los Yanyauid a mujeres de etnias negras, una herramienta de “limpieza étnica” muy utilizada en esta clase de conflictos raciales y que además permite humillar, aterrorizar y subyugar a las mujeres de sus enemigos. El percusor del desastre, Omar al Bashir (presidente de Sudán entre 1993 y 2019), ha sido acusado en numerosas ocasiones ante la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad pero a día de hoy y con toda la información que se tiene de las mascares, su juicio ha sido pospuesto tres veces. Sigue sin recibir condena.

Un error de la ONU

La ONU decidió enviar en 2007 a 26.000 soldados que entrarían en Darfur con el fin de detener las matanzas y establecer las negociaciones de paz entre los rebeldes y el gobierno sudanés. La misión concluyó en junio de 2021 al darse por pacificada la región, dejando tras de sí un saldo de 236 cascos azules fallecidos. El genio que asesoró el término de la misión estará ahora mismo echando currículums. Porque una disputa por el robo de unos camellos reactivó la semana pasada el conflicto que ha vuelto a enfrentar a los árabes contra las etnias negras, ocasionando168 muertos, cifra que aumenta a velocidades vertiginosas por cada día que pasa. Sí. Los 168 muertos de la última semana vienen del robo de un puñado de camellos. Vienen del siglo pasado y de mucho antes, desde que se establecieron las primeras diferenciaciones sociales entre unos y otros. Vienen de los esclavos negros en Mauritania y de los conflictos entre tuaregs y agricultores malienses, del sultanato de Zanzíbar. Vienen de un conflicto silencioso y centenario que lleva desarrollándose entre árabes y negros africanos, donde 168 muertos se transforman en una cifra escalofriante más.