África

“Nuestro Jefe del Estado Mayor tiene que ser de la etnia balante”

Desde el periodo de las independencias han seguido una serie de conflictos africanos con base étnica, pero también estrechas colaboraciones entre unas etnias y otras

Un soldado leal al Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF).
Un soldado leal al Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF). FOTO: Ben Curtis AP

“Y el jefe del Estado Mayor en Guinea Bissau siempre tiene que ser balante” añade con certeza Domingos, un trabajador sanitario bisauguineano que pertenece, por añadidura, a la etnia balante por parte de padre y de madre. “No lo digo solo yo”. Es verdad que no lo dice solo él porque Elías, un español que lleva más de quince años viviendo en el país, lo repite dos días después y sin Domingos delante: “¿Y el Jefe del Estado Mayor actual a qué etnia crees pertenece? Pues es balante”. Como también lo fue el póstumo Jefe del Estado Mayor Batista Tagme Na Wai, conocido en el país por sus triquiñuelas políticas y sus escarceos con el negocio de la droga. Sigue Elías: “y todo el mundo sabe que la mayoría de los militares del ejército son balante, y que quien controle a los balante controlará al brazo armado de la Ley. Si te fijas bien, los golpes de Estado sucedidos en los últimos años llevaban la marca de ciertas personas de etnia balante...”.

Guinea Bissau no es la excepción de una regla. Desde que las potencias europeas se repartieron el pastel africano en la Conferencia de Berlín de 1885, cuando diseñaron con una escuadra y un cartabón las nuevas fronteras del enorme continente, de la noche a la mañana los africanos se encontraron con que vivían en países distintos a sus vecinos, y sin embargo compartían nacionalidad con extraños a cientos de kilómetros de allí. El problema que vendría solo lo retrasaron las duras represiones que aplicaron los ejércitos coloniales cuando ocurrían guerras entre nativos. Pero al llegar las independencias, nadie estaba para preocuparse si una etnia u otra (de cientos) iban a congeniar. Los resultados se precipitaron en las décadas siguientes: el apartheid, el genocidio de Ruanda, la guerra de Eritrea, República Democrática del Congo, Darfur... en muchos de los acontecimientos violentos del continente se puede apreciar un olorcillo a choque étnico. Que no debemos confundir con un “conflicto étnico” puramente, como repite Elías, “porque al tema de las etnias se le añaden muchas otras causas porque sabemos que estos desastres generalmente tienen detrás los intereses mineros del Congo, la entrada al Mar Rojo de los puertos de Eritrea, las dinámicas del poder sudafricano...”

Será porque las muertes ya no son tan importantes como antes, o será que la rutina vuelve indiferentes las exclusivas del hambre y del miedo pero, en cualquier caso, la mayoría de los choques violentos que pueden sonarnos a algo ocurrieron hace muchos años. El genocidio de Ruanda sucedió hace 28 años y el país ha cambiado mucho desde entonces. De hecho, para hacernos una idea del paso de los años, sepamos que ahora es ilegal que los ruandeses se identifiquen por etnias, así de radical zanjaron el problema. La comunidad internacional hace años que alaba el ejemplo de reconciliación que han mostrado y que ya nos gustaría a algunos, Ruanda ha cambiado desde que gobernaba Felipe González, como nosotros.

Etnias internacionales

Existe un hermanamiento firme dentro de la propia etnia, aunque los individuos que la integran sean de otro país. Domingos me enseña su grupo de WhatsApp con lo que él llama cariñosamente sus “primos”, en referencia a ciento noventa y ocho participantes que viven en Senegal, RDC o Costa de Marfil. “Mira”, dice orgulloso, enseñándome la foto de perfil de uno de sus parientes lejanos, “este de aquí vive en Mallorca”.

Fotograma de la miniserie "Raíces", que narra la historia de un guerrero mandinga capturado en África Occidental y vendido como esclavo en Estados Unidos.
Fotograma de la miniserie "Raíces", que narra la historia de un guerrero mandinga capturado en África Occidental y vendido como esclavo en Estados Unidos. FOTO: Roots The History Channel

Y suelen repetirse patrones con sabor a deja vu: un fulani de una zona rural maliense probablemente no acepte la paja para el techo que le ofrece un mandinga, de la misma manera que no lo haría un fulani del norte de Guinea Bissau en una situación igual. En ambos países, algunos dicen que los fulani son un poco traicioneros, solo un poco, dicen que les gusta irte por la espalda. La mala fama que tiene un subsahariano de Sudán del Sur es común en muchas familias árabes, etc.

La mayoría de las etnias han aprendido a convivir con el legado colonial. Pero al lío, adáptate o muere como decía Darwin, y mira cómo los milenarios mandinga (comerciantes natos) controlan importantes negocios en Gambia y Senegal todavía en nuestro siglo. Claro que no iban a ser todo peleas. Que los fulani recelen de los mandinga no significa que los mandinga y los papel no sean como hermanos, o que los fulani recelen demasiado de los balante (con los balante se pueden entender mejor, sin duda). Pactos y traiciones entre hombres con diferentes primos forjan la partición de poderes en los países más afectados por este tumor cultural que podría ser benigno gracias al comercio, la variedad de bailes y tradiciones de boca a boca; o maligno, corrupto.

Todavía quedan muchos desacuerdos étnicos por resolver en sitios tan dispares como Casamance (sur de Senegal), Katanga (República Democrática del Congo) o Tigray (Etiopía). Eso sí, recordemos que al pimentón étnico se le añaden más ingredientes en cada conflicto. Casamance también se ve afectado por factores religiosos y madereros, Katanga busca sus intereses económicos en la minería y el polvorín de Tigray estalló por desacuerdos políticos.

El componente étnico de Tigray se encuentra con facilidad en los testimonios de periodistas que han cubierto el conflicto en curso. Se han reportado las violaciones efectuadas por tropas gubernamentales contra mujeres tigrenses, no solo para infundir el máximo terror entre la población civil sino buscando también esa “limpieza étnica” que puede generar un embarazo forzado.

No se define por oposición

Pese a que existe una relación entre los desacuerdos étnicos y los choques armados en África, al igual que se perciben dinámicas de poder asociadas a ciertas etnias, las etnias como tal no pueden entenderse como un blanco o negro. Si mirásemos con una lupa, veríamos que los militares en Malí son de mayoría bambara y que los bambara suelen servirse de los fulani para que les pastoreen sus ganados, y que hace dos meses el ejército maliense asesinó a 300 fulani en una localidad cercana al Níger, mientras los fulani ocupan a veces las filas de yihadistas a los que se enfrenta el ejército maliense/bambara. Pero si quitásemos la lupa, se agrandaría el panorama y encontraríamos a nueve o diez etnias dispersadas en todo el país que no se meten en problemas. Encasillar, meter en bandos, definir por oposición a las etnias africanas no es el mejor remedio para comprender el extenso panorama.

Ruanda es el mejor ejemplo para comprender los devastadores efectos de definir las etnias por oposción.
Ruanda es el mejor ejemplo para comprender los devastadores efectos de definir las etnias por oposción.

El ejemplo perfecto lo encontramos en Ruanda. Hace siglos (unos hablan de milenios) que los tutsis, descendientes de nómadas etíopes y pastores de profesión, entraron en el país; convivieron sin problemas con los hutus, pueblos agricultores de etnias bantúes que procedían del actual Congo. Claro que tendrían sus rocecillos pero se soportaban en general con alianzas y políticas matrimoniales, hasta que pasaron los siglos y llegaron los colonizadores alemanes, que pronto escucharon sobre estas etnias de tutsis y hutus, ganaderos y agricultores, unos más claros, etíopes, otros oscuros, congoleños.

Que los ganaderos fueran generalmente más ricos que los agricultores terminó por empujar a los alemanes al error: definieron por oposición. Siguiendo su férrea lógica teutona, decidieron que unos eran los capaces y los otros serían los incapaces (¿no?) y se pusieron manos a la obra a medir narices y separar por colores de piel (no es ningún secreto que los colonizadores alemanes redefinieron las etnicidades hutu y tutsi midiendo narices y separando por lo clara de la piel). A los capaces, tutsis y con las narices afiladas, les concedieron tareas en la Administración colonial; a los incapaces, los hutus de piel más negra, les mandaron a los campos de cultivo sin oportunidades de cambiar sitios. Los capaces se enriquecieron jaleados por los europeos e hicieron uso de su poder para fustigar a los incapaces, hasta que los alemanes se marcharon y luego se fueron los británicos mientras los incapaces, por fin libres, reaccionaron con una locura de libertad que terminó con la muerte de 900.000 tutsis/ganaderos/capaces... que en el fondo solo eran seres humanos.