África

Los refugiados de Bamako: “La mayoría de los hombres desaparecieron o los mataron los yihadistas”

Empujados fuera de sus casas por la amenaza yihadista, los refugiados de la etnia dogon malviven en la capital abandonados por el nuevo gobierno

Imagen del campo de refugiados de Niamakoro.
Imagen del campo de refugiados de Niamakoro. FOTO: Alfonso Masoliver

Babacar y su familia viven en el estercolero de Bamako. Esta no es una metáfora en lo referente a la calidad de su hogar, sino un hecho probado y fotografiado: Babacar y su familia viven a las afueras de la capital maliense, tras el mercado de reses vivas que satisface los caprichos de leche y carne del resto de la ciudad. Los vendedores no tienen otro remedio que deshacerse de los residuos animales, es decir, arrojarlos donde la casa de Babacar y de otras 200 familias de la etnia dogon que viven en el campamento de Niamakoro. Poco puede hacer Babacar al respecto en este momento, porque tanto él como los otros que sobreviven aquí se tratan de refugiados del área de Mopti, ubicada en el centro del país. Esta no es su ciudad, las de aquí no son sus gentes. El Gobierno maliense les entregó aquellos terrenos para que se asentaran en 2017, cuidándolos desde entonces a su manera, encargándose en la medida de lo posible de que sus depósitos tuvieran agua y de que no les faltara demasiada comida. No eran buenos tiempos para Babacar pero tampoco fueron los peores.

En agosto de 2021 triunfó el golpe de Estado orquestado por el coronel Assimi Goita y los tiempos se volvieron peores para Babacar. Dejaron de llegar las ayudas del Estado (cada familia recibe ahora apenas un saco de arroz y 38 euros al mes) y la desidia les abrazó.

Culpables

El campamento tiene una estructura común en esta clase de sitios, componiéndolo un conjunto de complicados laberintos, unos estrechos, estrechísimos, otros anchos, como mugrientas avenidas empapadas de basura. Todavía no ha terminado la época de lluvias y el barro se ha mezclado con todos los residuos que expulsan el campamento y las reses, dando lugar a una forma que se desliza viva por el campamento. Está hecha de tierra, boñigas, orinas, lluvia, plásticos y paja. Y apesta. Bababacar culpa a los yihadistas de su situación cuando comenta que “la mayoría en el campamento son niños y mujeres, porque los hombres están desaparecidos o murieron”. Tampoco parece faltarle razón con lo que dice, desde que las proporciones saltan a la vista.

Babacar culpa concretamente a los hombres de etnia peul que se encuentran integrados dentro de grupos yihadistas, aunque reconoce que ahora no le sirve culpar a nadie. No puede volver a casa. Mopti se ha vuelto demasiado peligroso. Trata de describirse como un labrador acostumbrado a madrugar todos los días y a dedicar su esfuerzo en la honorable tarea del padre de familia. Se parte el espinazo en los campos, fustiga a su burro con el arado, corta las cañas de bambú para fabricar vallas nuevas. Pero en Bamako no hay bambú y el pollino de Babacar se lo quedaron los yihadistas junto con todo el arroz escondido. Ahora se ve obligado a aceptar las chapuzas diarias que traigan el arroz diario al plato de su numerosa familia. Comenta que “ha llegado un punto donde he tenido que poner a trabajar a mis mujeres”, cosa deplorable en su opinión porque “ellas se casaron con un hombre que podía proveer por ellas, pero ahora tienen que proveer ellas también”.

Fueron los peul, insiste.

Gusanos

Se mencionará ahora un dato fundamental para comprender el funcionamiento del campamento de Niamakoro. El campamento está en realidad dividido en dos partes bien diferenciadas, separadas en cierta medida. En el lado sur viven las 200 familias dogon pero, cuidado, en el lado norte se ha asentado una comunidad de 250 familias de la etnia peul que también procede de los alrededores de Mopti. Al preguntarle a Babacar por su relación con los vecinos, éste aseguró que la relación era correcta aunque “hace dos semanas que le di al jefe peul un dinero para que pagase la reparación de las cisternas y creo que se lo ha tragado”. Se refiere a las tres cisternas negras y de 500 litros cada una que abastecen de agua a las 450 familias (peul y dogon incluidos) que conforman el campamento. Lo que toca a unos 0.7 litros por cabeza cada vez que las vuelven a llenar.

Niños jugando en el campo Niamakoro.
Niños jugando en el campo Niamakoro. FOTO: Alfonso Masoliver

Babacar recuerda que antes llenaban las cisternas dos veces al día, tocando a 1.4 litros diarios por cabeza, pero que ya no. Hace semanas que no funciona ninguna de las tres. Por eso le entregó el dinero al jefe peul. Y ahora sus mujeres y sus niños tienen que caminar con las garrafas a unos pozos situados a tres kilómetros de donde viven, si quieren agua. Bambara era un hombre fuerte de su tribu y ahora tiene que mantener en Bamako a tres mujeres y seis hijos. Me presenta a las mujeres mientras paseamos por la zona dogon del campamento. Una está cocinando, la otra lava la ropa y la esposa más antigua les mira trabajar.

En este momento aparece un detalle no pasa desapercibido. Junto a la puerta de la casa de Babacar y de otros refugiados se extienden unas mantas sobre las que han depositado porciones de comida que manan un fuerte olor a podrido. Babacar explica entonces, con sus niños casi desnudos jugando muy próximos a las repugnantes mantas, que muchos en el campamento permiten que parte de su comida se pudra y se llene de gusanos, para así venderla a los granjeros como compost y “ganar algo de dinero”. La imagen es desoladora. El olor se hace insoportable.

Fracaso escolar

Es durante este paseo cuando nos encontramos con el edificio más grotesco que cabría imaginar en un lugar así. Babacar aseguró sin dudarlo que es lo que menos le gusta del campamento. En el momento en que llegamos frente a semejante estructura, como aterrizados en la fase ridícula de una pesadilla, leímos en francés y escrito con letras grandes en la pared: “Jardín de los amigos de los niños”. Estaba cerrado con candado. El logo de UNICEF engordaba junto al texto. Al otro lado de la valla metálica se apreciaba un terreno techado donde se guardaban un tobogán, cochecitos, en fin, una variedad de juegos para los niños que, en ese momento de un viernes por la mañana, por alguna razón, no estaban disponibles para los niños.

Podría parecer que Babacar se quejaba demasiado pero este siempre es un buen síntoma en el desesperado: significa que todavía le queda fe. Y lo que quiere Babacar, como cualquier padre sensato, es “sanidad, agua y una escuela pública”. No pide mucho. Tres aulas donde se impartan tres cursos de básica les serán suficientes a los padres del campamento.

En su lugar, tuvo que sonreír cuando inauguraron el Jardín de los amigos de los niños. Observamos en silencio el interior de este ridículo lugar. Una escuela pública, agua y salud, lo repite por si no ha quedado claro. Lo del estercolero no le importa. Pero nuestra conversación vuelve a girar en torno a los peul, y Babacar, que insiste en que la relación entre ambos lados del campamento es buena, decide llevarme a conocer al jefe peul que se quedó con su dinero, esto es, al otro jefe del campamento de Niamakoro. Abandonamos las cuestas enfangadas para acceder a un submundo nuevo y que dormita en esta catástrofe.