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Lula desafía a la Justicia brasileña y se atrinchera en su sindicato

Miles de personas salieron a la calle horas antes de la detención ordenada por el juez. La corrupción, el populismo y la incertidumbre electoral ahogan al país

  • Lula saluda a sus seguidores del Partido de los Trabajadores ayer desde la sede del sindicato metalúrgico de Sao Bernarndo do Campo
    Lula saluda a sus seguidores del Partido de los Trabajadores ayer desde la sede del sindicato metalúrgico de Sao Bernarndo do Campo

Tiempo de lectura 4 min.

07 de abril de 2018. 06:03h

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Ángel Sastre 6/4/2018

Máxima tensión en Brasil. El ex presidente Lula da Silva permanecía ayer atrincherado en la sede del sindicato metalúrgico de Sao Bernardo do Campo junto a familiares y amigos. Lula aseguró a los medios que no planeaba trasladarse a ninguna comisaría para entregarse. Todo un desafío ante la Justicia, pero gigantes mayores han caído. Una torre que se desmorona. Unas 100.000 personas, según fuentes del Partido de los Trabajadores (PT), ocupaban las inmediaciones del sindicato y el temor a altercados crecía en paralelo a la tensa espera. Un fuerte dispositivo policial y dos helicópteros rodeaban las instalaciones, al tiempo que organizaciones sociales, sindicales y políticas de izquierda convocaban movilizaciones, en especial en Sao Paulo y Río de Janeiro, después de que varias localidades amanecieran con cortes de carreteras.

La fractura social se hacía evidente, fiel imagen de la división del país en torno a una de sus figuras más señaladas de las últimas décadas. Porque miles de personas han pedido en los últimos meses su encarcelamiento, y hasta el Ejército rompió su silencio para presionar en su contra. Ahora el futuro inmediato de la sociedad brasileña se carga de incógnitas, tanto respecto a su clase política como a los retos que plantea la desigualdad y la crisis alimentadas por la corrupción.

Tras la decisión del Supremo Tribunal Federal de rechazar su último recurso para permanecer en libertad, el juez Sergio Moro ordenó la detención del ex presidente para cumplir la condena a 12 años de prisión por una de las causas en las que se investiga la corrupción durante su Gobierno –todavía tiene cinco investigaciones en proceso–. Moro le dio a Lula hasta las 17 horas de ayer, 22.00 hora española, para entregarse ante la Policía Federal en Curitiba, al sur del país. Pero el ex presidente aseguró que no estaba en sus planes viajar a Curitiba, donde la Policía le había preparado una celda especial para alojarlo. De hecho, ayer se filtraron fotos del habitáculo donde cumplirá condena. También se filtró a los medios que el ex presidente tendrá un horario restringido de dos horas diarias para ver el sol, y durante los primeros meses no recibirá visitas de familiares.

En un principio, el juez Sergio Moro había planificado que Lula fuera alojado en la Superintendencia de la Policía Federal de Curitiba, donde están detenidos otros presos del «caso Lava Jato» que negocian beneficios a cambio de información, como Eduardo Cunha, ex diputado y ex presidente de la Cámara de Diputados condenado por recibir sobornos en el escándalo que involucra a la empresa estatal Petrobras. Pero Lula sólo estará en un primer momento allí, porque no estaría seguro. Así que para resguardar su integridad, lo trasladarán al Complejo Médico Penal de Pinhais (CMPP), en São José dos Pinhais (Región Metropolitana de Curitiba).

«Nelson Mandela, Gandhi y Lula, tres líderes, un hecho en común: todos fueron perseguidos por defender al pueblo», replicaban los partidarios del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva. En paralelo, la defensa del ex presidente presentaba un último y desesperado recurso ante el Tribunal Superior de Justicia (STJ) para frenar el inminente ingreso en prisión del líder del Partido de los Trabajadores.

El tablero político

Si el Tribunal Federal no hubiera ratificado por unanimidad la condena contra Lula da Silva el pasado 24 de enero, lo más probable es que el ex presidente habría marchado hacia un triunfo claro en las elecciones de octubre. Por ese mismo fallo, el Tribunal Superior Electoral no tendrá más remedio que inhabilitar su candidatura en agosto, en caso de que el PT decida presentarla. Previendo que esto podía ocurrir, las últimas encuestas medían dos escenarios: uno con Lula como candidato y otro sin él. Las diferencias son notables. El ex mandatario suma el 34% de intención de voto, según un sondeo de Datafolha. Con menos de la mitad de apoyo aparece el militar retirado Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal, que reúne un 16%. En tercer lugar está la ex ministra de Medio Ambiente de Lula Marina Silva, con 8%. Luego, empatados en el 6%, están Geraldo Alckmin, Ciro Gomes y Luciano Huck.

Si se quita a Lula de las opciones, el resultado es la fragmentación absoluta, ya que nadie logra absorber una cantidad considerable de sus votos. Quien pasa a liderar los pronósticos es el populista Bolsonaro, que trepa al 18%. Es, sin dudas, el dirigente más controvertido de la política brasileña. Reivindica la dictadura militar, discrimina abiertamente a los gays y considera que las mujeres son inferiores a los hombres. Encarna la amenaza del populismo en una población hastiada de la corrupción que corroe a casi toda la clase política y otros estamentos del poder.

Durante sus ocho años de mandato, que finalizaron en 2010, al ex trabajador metalúrgico se le atribuyó el mérito de sacar a millones de personas de la pobreza en uno de los países más desiguales del mundo mediante prestaciones sociales y aumentos salariales. Pero la economía se deterioró bajo su sucesora escogida a dedo, Dilma Rousseff, durante cuyo mandato Brasil sufrió su peor recesión en 2015 y 2016. Fue acusada y destituida de su cargo en 2016. Con Michel Temer, la economía está repuntando, un 3% de crecimiento. Pero «el chorreo», las clases media y baja, no sienten los mismos beneficios que las empresas. Ése será otro gran desafío. En conclusión Brasil queda descabezada, sin un líder que comande la recuperación económica, social o política. Una vez más, el gigante brasileño hinca las rodillas, resignado a convertirse en una eterna promesa. Un titán abatido, una maldición cíclica.

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