La revolución de los camisas blancas

El método científico sostiene que las causas determinan los efectos. A contrario sensu, la magia sigue creyendo que los efectos son los que condicionan las causas, es decir, que interviniendo sobre estos últimos, podemos condicionar las primeras. Eso ha debido de pensar más de un jugador afortunado de la lotería al creer ciegamente que ésta respaldaría el número que él había elegido previamente. Hago esta introducción tan arbitraria porque hay quien cree que el hombre del día es Pedro Sánchez y que la causa de su éxito está mágicamente relacionada con la camisa blanca que ha usado como uniforme de campaña, por no decir como amuleto de victoria electoral. Ya sé que más de un militante socialista advertirá, enfadado, que lo importante es su «programa» y no su «imagen», su doctorado, sus dos idiomas, su mujer, sus dos hijas y el resto de un currriculum de hombre ejemplar, antes que su belleza –reconocida incluso en la oposición– o su camisa blanca.

Como Platón o como el reconocido neoplatónico San Agustín, soy de los que cree que la estética está íntimamente unida a la ética. La sentencia «la belleza es la manifestación visible de la verdad», no puede dejar de incitarme a buscarle la tercera pata al gato. ¿Tiene algo que ver la camisa blanca con el irresistible ascenso de Pedro Sánchez o es una coincidencia sin ninguna importancia? Si no fuese sociólogo elegiría la segunda opción, siéndolo, necesito buscar relaciones por todos los rincones, más brillantes cuanto más secretas, más improbables o más difíciles de probar. Creo que la camisa de Pedro Sánchez no es un accidente, una casualidad, sino una precisa causalidad, toda una declaración de intenciones. Decía Umberto Eco, en un pequeño ensayo sobre psicología del vestido publicado mucho antes de escribir la novela «El nombre de la rosa» –y perderlo como semiólogo sepultado en la fama de los novelistas traducidos a miles de idiomas– que el hombre de nuestros días, cuando se mira al espejo cada mañana, es consciente de que toda prenda de su vestuario tiene un evidente significado social. Ni los colores de la corbata, ni su ancho, ni su caída, ni su marca, ni por supuesto su ausencia, dejan de tener un sentido político.

Lo fácil sería decir que Pedro Sánchez se ha puesto una camisa blanca porque ha hecho su campaña en verano, o porque el blanco evita la estigmática mancha de sudor en las axilas... Lo complicado, insistir en que esa elección, lejos de ser arbitraria, es meditada y nos remite a sus héroes, sean éstos Obama, el político actual más elegante del mundo –con permiso de Felipe VI, al que gana por décimas gracias a su irresistible «swing» de atleta– o Pablo Iglesias. Hablo del tipógrafo y fundador del PSOE, naturalmente. La camisa blanca de estos dos referentes de su mitología, aunque estén a años luz de distancia, significan lo mismo: limpieza, austeridad de gestos y rectitud moral. La camisa blanca es aristocrática y, por lo tanto, liberal, frente a la azul, reinterpretada en tiempos modernos por Aznar, o las negras, ahora anarquistas o «de diseño», pero en los años treinta, inequívocamente fascistas. La camisa blanca, todavía en la sociología de Weber o de Wright Mills es la camisa del cuello duro, es decir, la camisa de las élites de clase media, de los universitarios o de los brillantes profesionales liberales, frente a la camisa azul reservada a los trabajadores manuales, por más brillantes que también éstos puedan serlo. La camisa blanca de Pedro Sánchez es un vademécum de intenciones, la camisa de un hombre de izquierdas pero de centro, de izquierdas pero universitario, de izquierdas pero con responsabilidad de gobierno a corto plazo. Esa camisa que el PSOE nunca debió dejar olvidada en los asientos traseros de mil y un coches oficiales.