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Ariel Rot: «Calamaro y yo hemos sido de todo menos amantes»

Ariel Rot / Músico

Compositor, vocalista, guitarrista y padre tan orgulloso como tardío, el argentino publica «La manada». Asegura el artista que el parto ha llevado su tiempo pero ha merecido la pena

  • Ariel Rot
    Ariel Rot

Tiempo de lectura 8 min.

22 de agosto de 2016. 00:45h

Comentada
Julio Valdeón 21/8/2016

Ariel Rot conoce como pocos la receta del gran rock and roll. Las canciones de este compositor, vocalista y guitarrista supremo, ex miembro de Tequila y los Rodríguez, son himnos en carne viva de Lavapiés al Río de la Plata. «Cenizas en el aire», «Lo siento Frank» o «La huesuda», algunos de sus trabajos en solitario, figuran entre lo mejor, de aquí o de fuera. Su próximo disco, «La manada», apunta maneras de clásico incontestable.

–¿Le aburre que le digan que es un clásico del rock en español?

–No, no me aburre en absoluto. Soy amante de lo clásico, finalmente es lo que siempre perdura. Sólo que me gustaría que se tradujera en la cantidad de gente que viene a mis conciertos.

–¿Alguna vez maldice no haber nacido en EE UU? Si hubiera escrito en inglés «Rock and roll en la plaza del pueblo» o «Mucho mejor», ahora mismo me estaría concediendo esta entrevista desde una mansión en Santa Mónica.

–Podría haber ocurrido, mi abuelo salió corriendo de Ucrania y cogió el primer barco que pudo, los destinos podrían haber sido Nueva York o Buenos Aires y el azar quiso que fuese el último. Todos los buenos músicos de rock maldecimos no haber nacido en EE UU.

–Argentina-España en los Mundiales, ¿con quién iría?

–Uff, me pones en un apuro. Sería un problema, pero en todo caso ése es el tipo de problemas que me gusta tener.

–¿Extraña la red que supone tocar en equipo o se acostumbró a la libertad, y al riesgo, del pistolero solitario?

–La carrera en solitario te permite todas las opciones. El romanticismo de ir tocando solo por los pueblos y ciudades del mundo y la efervescencia y descontrol de una banda de rock en gira. Los grupos a veces son un poco castradores. Está mal visto quitarse la camiseta.

–¿Por qué Madrid y no otra ciudad?

–No sé, uno va creando lazos. Jamás se me pasó por la cabeza irme a vivir a otro sitio.

–Alguna vez comentó que Julián Infante, su amigo íntimo, alma guitarrera de Tequila y Los Rodríguez, nunca creyó que usted fuera a ser padre, y ahí está, con dos hijos y una pareja durante más de veinte años.

–Julián fue un padre prematuro, tuvo su primer hijo con 19 años, en esa época en que practicar el sexo en España más que un pecado era un milagro. Yo por el contrario tuve el primero a los 42. Creo que fue una sabia decisión, antes hubiese sido un desastre como padre y más tarde, bueno... no hubiese podido disfrutar de algunos placeres de la paternidad, más que nada por resistencia física.

–¿Cómo compagina la soledad necesaria para crear con la crianza de unos hijos?

–No sé si es muy alentador lo que te voy a decir, pero cuando mis hijos empezaron a tener autonomía propia, es decir, a destrozar todo lo que se ponía delante, tuve que trasladar mi estudio casero a un sitio fuera del hogar. Yo aún usaba tecnología analógica (lo sigo haciendo) y era aterrador ver cómo se divertían manipulando botoncitos, palanquitas, guitarras, amplis... Evidentemente mi horario productivo se vio notoriamente afectado, con lo cual tuve que esforzarme mucho más para que esto no influyera demasiado en el resultado de la obra (espero). Ahora están grandes y pasan poco tiempo en casa, pero adoro mi pequeño refugio. Está insonorizado, así que puedo practicar el grito primal sin complejos y quedarme tan a gusto.

–¿A qué se debe la fragilidad del rock en España? Siempre parece, incluso en los mejores momentos, más producto de la moda que árbol con raíces sólidas.

–Estoy un poco cansado de criticar la escena rock española. Hay gente que me sigue viendo como un extranjero y no resulta elegante hablar mal de tus anfitriones. Lo voy a simplificar: al contrario que en otros países de fuerte tradición musical (Brasil, Argentina, el mundo anglo), aquí cada generación de músicos en auge ignora a la que la precede en vez de sumarla (salvo sanas excepciones, claro). También parece que la gente es mas fan de la canción que del artista. Así es difícil crear un movimiento sólido.

–¿Qué es lo que tendría que ocurrir para que usted y Andrés Calamaro pudieran volver a reunirse para grabar un disco?

–Con Andrés, menos amantes, hemos sido todo lo que dos hombres pueden llegar a ser. Amigos, socios, hermanos, compañeros, enemigos, cuñados, pobres, ricos, vecinos... Ahora estamos atravesando una etapa de cierto distanciamiento y considero que es lógico e incluso sano.

–El nuevo disco que tiene a punto, «La manada», cuentan que rockero... ¿Alguna pista?

–El nuevo disco, sí, se llama «La manada» y así como el anterior, «La huesuda», era un disco contenido, yo diría que éste es como una manada desbocada. Lo compuse en mi refugio y la única regla era que todas las canciones se compusieran con guitarra y voz. Eso marca mucho el resultado. Salió un disco más orgánico, espontáneo y francamente honesto. Sigo cuidando la canción, pero no de una manera tan obsesiva. Me dejé llevar y practiqué mucho el grito primal. Hay rock, pero también balada de alto voltaje emocional, que para mí es lo mismo que rock, pero más lento. Humildemente, creo que es el disco de rock que todos estaban esperando.

–No creo exagerar si le digo que los argentinos, entre «Fiebre de vivir», de Moris, en el que usted toca, más sus dos grupos, Tequila y Los Rodríguez, trajeron el manual de instrucciones del rock and roll a España.

–No me quiero quitar méritos, pero creo que los argentinos jugábamos con ventaja. Veníamos de un país con más de 10 años de una fuerte tradición de rock con un lenguaje propio. Fueron los años dorados del rock argentino. Entre mis diez discos favoritos probablemente la mitad son de artistas argentinos.

–Ya con Los Rodríguez patentó una fórmula que mezclaba elementos «stonianos» con aires de pasodoble, tango, ranchera... ¿Costó imponerse?

–Costó tres discos, más de tres años que desgastaron mucho al grupo, pero confiábamos en que a veces existe una suerte de justicia divina; que no solamente en las películas ganan los buenos.

–¿Todavía hay ofertas que no puede rechazar y pactos que jamás va a romper? ¿Cuáles son?

–Las ofertas escasean y los pactos están bastante devaluados.

–Y después de tanta pelea y tantos discos gloriosos, ¿el rock and roll se ha convertido otra vez en algo «underground» y minoritario?

–Como todo en la sociedad actual, el rock también se polarizó. Los grandes son pocos y muy grandes, y a todos los demás nos toca repartirnos una porción muy pequeña del pastel. Igualmente, me considero un privilegiado.

–¿Cómo se explica que sea casi imposible escuchar menciones a la cultura y a sus industrias en los debates y mítines electorales?

–Hablar bien de la música en los debates y mítines es electoralmente peligroso. Cuando la gente piensa en nuestra profesión sólo le vienen a la cabeza los cantantes ricos y famosos, los directivos de las discográficas y la Sociedad general de Autores. Sólo conocen la cúpula de una pirámide devastada por varias crisis.

–¿Será que la poesía, y los poetas, no figuran entre las cosas importantes por las que merece la pena luchar?

–Los poetas son tipos raros, solitarios, inadaptados. Con una botella de vino mediocre ya tienen suficiente. Si quieren más, que se hagan creativos de una agencia de publicidad.

–En «Lo siento Frank» le pedía perdón a Sinatra porque «al estilo lo llevaron detenido», mientras «la elegancia ahora viaja en ambulancia». ¿Tan mal estamos?

–Bueno, por suerte hay excepciones y no siempre lo comercial está reñido con la calidad, pero no nos olvidemos que hace cincuenta años la canción ligera y popular era Duke Ellington, Cole Porter...

–¿Habrían sido posibles «Pet Sounds» o «Blonde on blonde» si sus autores hubieran tenido que dedicar el día a gestionar bolos y responder emails?

–Yo trabajo con una multinacional, mis obligaciones domésticas ya me roban demasiado tiempo. De todos modos, para crear los discos que nombras más que tiempo lo que hace falta es un talento extraordinario.

–Cuando salió el anterior, «La huesuda», sospechaba que tardaría diez años en ser apreciado. ¿Teme algo similar?

–Cuando terminé «La huesuda» pensé que no iba a poder componer un disco más en mi vida. Estaba bloqueado. Luego, con dificultad, compuse una canción, luego otra, y así hasta completar un buen puñado. Después conseguí grabarlo bien y ahora tengo la sensación de que hice el mejor disco de mi carrera. ¡Para mí eso es el éxito!

¿Mar o montaña?

Tierra firme. A ella le gusta agarrarse a Ariel Roth, un hombre que no pierde el rumbo cuando navega. «Por algún motivo que nos llevaría a otro tipo de debate, en los hoteles de las giras donde desayuno (siempre solo, soy insomne y bajo primero a esa planta fría y desangelada) nunca faltan unos cuantos ejemplares de LA RAZÓN. En esos casos me refugio en la lectura, y así fue como descubrí que, contrariamente a lo que pensaba, éste periódico le dedica un buen y extenso espacio a la cultura, incluso al rock. Tengo que confesar que fue un descubrimiento sorprendente e interesante para reflexionar. Así es que cuando ocurre algún acontecimiento cultural que me interesa siempre presto atención a vuestra sección. Muy bueno el homenaje de 10 páginas que le dedicasteis a David Bowie tras su muerte».

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