Cultura

Karina Sainz Borgo: «En España las palabras de afecto y los insultos son igual de hermosos»

Publica «Crónicas barbitúricas», un volumen taraceado con filias, fobias y asombros que recoge una selección de las crónicas que ha escrito desde que llegó a nuestro país hace 13 años

La periodista y escritora Venezolana Karina Sainz Borgo. Foto: Cipriano Pastrano
La periodista y escritora Venezolana Karina Sainz Borgo. Foto: Cipriano Pastrano La Razón

Toda escritura emerge de una colisión: la del hombre frente a la realidad. Estas páginas nacen de un encuentro y de un desencuentro. De la llegada a un país nuevo, España, y la marcha de otro,Venezuela. Del asombro y estupor que supone el descubrimiento de una cultura, que no por ser prima deja de tener sus extrañezas y sus incomprensiones, y la melancolía que provoca marchar de la tierra natal. El periodismo, más que un estilo, es una mirada. Karina Sainz Borgo ha tomado la materia prima para estas «Crónicas barbitúricas» (Círculo de tiza) de lo que ha visto y ha vivido desde que llegó aquí hace 13 años. El resultado es un periodismo a pie de calle y, por vía indirecta, también un autorretrato intelectual y próximo de sus preocupaciones.

–¿Qué dicen estos textos de Karina Sainz Borgo?

–Son una versión desteñida de una persona entusiasta que llegó a un país entusiasta y cómo ambos se fueron destiñiendo, la nación y el viajero. Ambas fotos se endurecen con el tiempo, tanto el que mira como el objetivo mirado. Cuando vine a España era una fiesta: dinero, créditos, personas que renunciaban al trabajo por el paro... había una electricidad y bonanza que eran irreales, y yo era muy joven. Con los años, el país y yo nos hemos astillado.

–¿Qué entusiasmos ha dejado atrás?

–Las arterias y el entusiasmo se parecen. Con los años se obstruyen y no palpitan con la misma fuerza. Hay inocencias que ya no se reponen y el entusiasmo se va resabiando. El aprendizaje no propicia la ingenuidad, la corrige. Las grandes gestas las acomoten los jóvenes, que no acumulan compromisos ni decepciones, que no tienen la mirada empañada, sino clara y prístina.

–¿Qué diferencia existe entre la escritura barbitúrica y la corriente?

–La barbitúrica la recorre un veneno, una parte de asombro, está cargada de desasosiego, que, a veces, es la mejor manera de lidiar con el malestar, lo nuevo y lo extraño. Está intervenida por sentimientos y emociones. Estas son unas crónicas enrrabietadas y emocionales. Yo me volqué en escribirlas porque al llegar a España no trabajaba como periodista y necesitaba expresar ese malestar de alguna manera.

–¿Qué fue lo primero que le impresionó de España?

–El lenguaje. Era directo y poco adornado. Me di cuenta de que mi español era poco efectivo para comunicarme con personas. Yo tendía a dar vueltas. A día de hoy, el lenguaje todavía sigue siendo la mejor temperatura para saber en qué lugar me encuentro. Aquí o en América Latina. Al principio creía que el español, que percibí tan directo, era una manera de antipatía o desafección. Luego me di cuenta de que era la manera de hablar. En España, los insultos y las palabras afectuosas son igual de hermosas. Afecto e insulto se expresan igual.

–¿Qué supuso para usted ver, de repente, que nacían Vox y Podemos?

–Fue un «shock» político. Creo que el movimiento de los indignados fue la génesis de una deriva demagógica, de un espíritu adanista, asambleario que, desde el principio me generó una sensación de alerta. Encontré en la Puerta del Sol gente muy joven que desdeñaba el voto y menospreciaba el mecanismo democrático del voto. Yo les decía que nunca puedes ir en contra del voto, porque en el momento en que ya no puedas votar, ya no tienes ningún punto de regreso. Noto cierto descreimiento de la gente por la democracia y por eso surgen Podemos y Vox. Son expresiones de la desafección por el sistema de partidos.

–Le gustan las diferencias de España, pero de ahí surgen los nacionalismos.

–Todas las reivindicaciones de los nacionalismos son contraproducentes. La mayor belleza de España era la convivencia entre tantas regiones distintas. Tengo la sensación, como persona que mira desde dos pasos más atrás, que ha habido un mal uso político de los sentimientos de pertenencia. Se les ha dado una función electoral y eso no le ha hecho ningún bien a España. Yo no quiero ver a este país dividido por los nacionalismos.

–¿Lo más importante de un artículo es...?

–Que ninguna palabra sea estéril y que todo lo que se diga en un texto tenga sentido. Nada debe adornar en la crónica, sino contar algo.Y esta síntesis del lenguaje es algo muy propio de los españoles.