Amenaza de derrumbe

Empate (2-2) triste ante el Slavia de un Sevilla que deberá ganar en Praga para impedir el tropiezo más ominoso de su historia europea

Banega y Traoré se agarran e ignoran el balón, en una perfecta metáfora del pésimo fútbol visto ayer en el Sánchez-Pizjuán / Foto: Efe
Banega y Traoré se agarran e ignoran el balón, en una perfecta metáfora del pésimo fútbol visto ayer en el Sánchez-Pizjuán / Foto: Efe

Empate (2-2) triste ante el Slavia de un Sevilla que deberá ganar en Praga para impedir el tropiezo más ominoso de su historia europea

Es necesario empezar esta crónica con una pregunta. ¿A qué demonios espera el Sevilla para destituir a Pablo Machín? O mejor, ¿por qué demonios Joaquín Caparrós o Pepe Castro lo mantuvieron en su puesto tras el desastre del sábado en Huesca? El rey de la Liga Europa, al que sonrió el sorteo de octavos con el rival más débil del bombo, está a un paso de abdicar. El Slavia, un equipucho que a duras penas sobreviviría en la Segunda división española, se llevó para Praga un empate a dos que es un tesoro y en la capital checa deberán ganar los sevillistas para no despedirse de «su» competición. Con la carrera como visitante que llevan...

Ni siquiera el comienzo soñado de un gol antes de los treinta segundos serenó a un equipo que ha dejado de creer en lo que hace. Banega robó el balón del saque de centro y dejó solo ante el portero a Ben Yedder, que definió con la maestría que suele. La mayoría imaginó entonces una de esas goleadas balsámicas con las que Europa alivia a los conjuntos que pasan dificultades en la Liga, pero los más precavidos detectaban síntomas de empeoramiento, incluso, con respecto a la debilidad defensiva de los últimos meses. Cada incursión checa en su mitad de campo desataba el pánico hasta que Stoch, tras desviar Rog su disparo, logró el empate.

El destino volvió a sonreír al Sevilla con un gol exprés, marcado por Munir al empalmar de forma espectacular un córner y el cuarto de hora siguiente sí ofreció motivos para esperanza. Fueron unos minutos en los que Sarabia y Navas rozaron el tercero, lo que habría cambiado, posiblemente, el curso de los acontecimientos. Aguantó, sin embargo, el Slavia agarrado a su portero y se encontró con el churro del año al borde del descanso, un gol marcado sin querer por Kral, a quien el balón, que él ni siquiera miraba, rebotó en el hombro con tanta suerte que describió una parábola imposible para Vaclik en su vuelo hasta la escuadra. Para colmo, el guardameta sevillista se lesionó en la jugada.

Quedaba toda una segunda parte ante un adversario dispuesto a encerrarse en su área, es decir, 45 minutos para poner muy de cara la eliminatoria. Pero cuando los ciclos se acaban, y el de Machín está por completo amortizado, la fortuna no incide para prolongarlo artificialmente. Pudo marcar Munir alguna de las tres ocasiones claras que tuvo, y las desperdició porque su estado físico es ruinoso; pudo ahorrarse el linier algún banderazo indebido que cortó avances de Ben Yedder hacia el gol; pudo no acertar Kolar al desviar una volea de Sarabia; pudo Navas precisar alguno de sus mil centros; pudo... nada de eso ocurrió porque nada sonríe a quien no ha trabajado, o no ha sabido trabajar, para que las circunstancias le sonrían.

El Sevilla, en caída libre en Liga, se agarraba a su condición de rey de la Europa League para dar alguna alegría este año a su gente. Se antoja complicado si no media de aquí a una semana la solución quirúrgica porque a Pablo Machín se le ha ido definitivamente el invento de las manos. Rozaría lo milagroso que ese señor de triste figura tuviese capacidad para insuflarle vida al moribundo.