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Pablo Aguado

  • El torero Pablo Aguado / Foto: Ke-Imagen
    El torero Pablo Aguado / Foto: Ke-Imagen

Tiempo de lectura 2 min.

12 de mayo de 2019. 21:17h

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Rafael Peralta Revuelta.  13/5/2019

Curro Cúchares fue un torero de principios del XIX que dio nombre al arte de torear. Murió en La Habana. Pero al criarse junto al matadero de San Bernardo, sus restos reposan en la iglesia del mismo nombre. Debajo del Cristo de la Salud, hay una pequeña inscripción, donde puede leerse: « Francisco Arjona Guillén. Aquel que fuera llorado sin dejar en la tierra enemigo». Cúchares, padre de la tauromaquia moderna, fue creador de innumerables suertes. En cierta ococasión, sacó un pañuelo, tras una estocada, como adorno final, simulando secar las lágrimas del toro. Aquella suerte fue utilizada por Joselito El Gallo en Madrid. Y la rescató Morante de la Puebla, en su última actuación de la Feria sevillana. En ese pañuelo están escritos los nombres de los toreros que ha dado Sevilla. Desde Gallito y Juan Belmonte hasta el mismísimo Curro Romero. En Sevilla caben muchos toreros. Pero sólo los elegidos llegan a ser toreros de Sevilla. Como lo fue el gran Pepín Martín Vázquez. Como lo fue Chicuelo, arquitecto de la faena moderna. También lo fue Manolo González. Y el gran Pepe Luis, con su cartucho, y su hermano Manolo Vázquez. Pero aún quedaba un nombre por escribir. Dos siglos después de Cúchares, en ese pañuelo del toreo sevillano faltaba el nombre de un torero que ha venido a ocupar un sillón privilegiado: Pablo Aguado. Un joven diestro que eternizó el toreo con un sentido de la medida inusual. No le importó tener como compañeros al de La Puebla del Río o al valor estoico de Roca Rey para cortar cuatro orejas de ley. Tan sevillano como un palio de cajón. Como el Corpus. Como la Virgen de los Reyes. Así fue el toreo de Pablo Aguado. Veinte pases. Fumata blanca del toreo según Sevilla.

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