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Laura Fernández: «El instituto es un cruel y salvaje campo de batalla»

La adolescencia no es una broma. Sí, los demás pueden reírse, pero a la pobre chica de 16 años que va al instituto y se siente tan rara que hasta se cree un zombie, no. Su angustia es real, y por tanto irrenunciable. Las personas mayores pueden creer que es ridículo y reírse, pero cuidado, porque la adolescente no y, oye, se cree un zombie, así que, cuidado, podría vengarse. La escritora Laura Fernández indaga en el «agnst» juvenil en «La chica zombie» (Seix Barral), un gran retrato del «Apocalypse Now» que es el insitituto.

– ¿Por qué zombies?

– Me pareció una buena metáfora de la adolescencia, una chica que un día se levanta y se ve con gusanos en el pelo, llagas llenas de pus y un color azulado asqueroso y piensa que es un zombie. En la adolescencia todavía estamos indefinidos y somos muy manipulables por la masa. Los zombies siempre se han relacionado con la masa. Todos son iguales, uniformados. Los adolescentes buscan también eso, esa neceidad de pertenencia.

– ¿La chica se cree un zombie o es un zombie?

– Lo sea de verdad o sólo lo crea ella es lo mismo, porque así somos cuando tenemos 16 años. No importa la verdad, importa lo que creemos que es y ella sólo ve a una chica muerta, así que eso es. Los demás no le hacen ni caso y la tratan como loca, pero otros, los que sí la escuchan, ven al zombie y allí ella descubre quién se preocupa realmente por ella y establece sus nuevas alianzas.

– ¿El instituto parece el cementerio más terrorífico del mundo?

– Es un campo de batalla, en que se establecen una leyes internas alejadas de toda lógica y moralidad. Es una exageración, pero son pequeños campos de concentración. Si se ven desde fuera, ves que es un mundo totalmente demente. Viven a parte de la civilización. En mi instituto, lo que estaba bien era dejar condones con semen en la silla de la profesora o pegar al niño débil. Esas eran las personas admiradas, no el que sabía resolver los problemas de matemáticas.

– ¿Su experiencia en el instituto la marcó?

– Como a todos, pero sí me ha servido para la trama. Yo era la gorda, pero tenía el humor para defenderme de las chicas populares y me dejaban en paz. Todos tenemos nuestras historias, es una guerra que todos experimentan, pero cuando se supera nadie habla, y por eso me apetecía contar esas historias.

– ¿Todavía tiene contacto con sus compañeros de colegio?

– A través de Facebook. Ves la pinta que tienen ahora y son tan reveladoras. Había el típico chico popular, que iba de matón y que estoy segura que ya entonces sabía que esos serían sus mejores años. Por eso se comportaban así, para defender su único momento de dominio en la escala social. Y ahora los ves y son deshechos.

– ¿Los adultos de la novela no salen mejor parados?

– La mayoría son ejemplos típicos de gente que no superó la etapa adolescente o la marcó tanto que les convirtió para siempre en lo que somos cuando tenemos 16 años, pequeños Frankenstein. Luego está la madre de la chica, que no hace caso a su hija porque ella sabe lo que es la adolecencia y cree que lo que le pasa a su hija es una tontería pasajera. Por eso no se entienden las madres con sus hijas, olvidan que no hay nada pasajero para el adolescente, todo es de vida o muerte.

– ¿El sexo es otro de los motores de la historia?

– Claro, es esa puerta que separa la infancia de la vida adulta y el adolescente está en medio. Por un lado le da miedo y por otro se siente atraída, y las presiones a las que tiene que hacer frente pueden acabar por volverla loca.

– Hace doblete y también publica "El show de Grossman"(Aristas Martínez).

– Sí, forma parte de una serie paralela de cuentos de humor sobre marcianos que hablan de Rethrick, un planeta en que todo es posible. Al ser marcianos, puedes hacer que hagan lo que quieras y esa libertad me gusta mucho como escritora. Se complementa muy bien con «La chica zombie».