Salud

Atracón de emociones, sobremesa de culpa

Un dos por ciento de la población come de manera compulsiva. La ayuda psicológica resulta fundamental para romper el vínculo enfermizo con la comida

Comerse una frustración o las ganas de chillar, devorar un disgusto, saborear un éxito, engullir un fracaso, zamparse una recompensa. El dos por ciento de la población sufre trastorno por atracón, un porcentaje superior a la anorexia y bulimia juntas (0,4 y 1,5, respectivamente). De hecho, hay estudios que aseguran que lo padecen hasta un treinta por ciento de las personas con sobrepeso y obesidad que buscan tratamiento. Sin embargo, son pocos los casos que llegan a las consultas de los especialistas en psicología, que es donde debe tratarse un comportamiento con componente emocional.

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Es una dolencia oculta, con un factor vergonzante importante. «La mayoría de la gente no sabe que lo que le pasa tiene nombre y que se puede tratar, así que se pasan toda la vida sufriendo el estigma de que no tienen fuerza de voluntad para dejar de comer». Gema García Marco, psicóloga especializada en trastornos de la alimentación, explica que todos tenemos, en mayor o menor grado, una relación emocional con la comida. «Ocurre desde que nacemos; el pecho de mamá es tan reconfortante... y a partir de ahí establecemos esa relación con los alimentos; y a partir de ahí celebramos, nos premiamos, nos consolamos o matamos el aburrimiento a través de la comida».

Es una conducta habitual. «El problema surge cuando esta genera un malestar significativo en la persona; cuando los recursos de regulación emocional se van limitando exclusivamente a los alimentos, y ante cualquier emoción, ya sea agradable o desagradable, recurrimos a ellos».

Para que se considere un trastorno por atracón, la persona tiene que comer cantidades significativas de comida con sensación de pérdida de control e inadecuación, vergüenza, culpa y mucho malestar. Y todo ello sin comportamientos compensatorios, como, por ejemplo, provocarse el vómito, que es lo que lo diferencia de la bulimia. «Si alguna persona siente que come más de lo que quisiera y llega un momento en que no puede parar pese a estar saciado y eso le genera un malestar, además de otros problemas como sobrepeso u obesidad, debe plantearse la posibilidad de que sufre un trastorno por atracón y pedir ayuda al psicólogo».

Es ahí donde empieza la travesía emocional hasta la recuperación. «Lo primero que hacemos es encontrar los factores que le han hecho llevar una relación afectiva con la comida. Porque, además del vínculo cuando somos bebés, también está el aprendizaje familiar. Si en mi familia se ha utilizado como premio, como castigo, como manifestación de afecto o como vía de comunicación (hay familias que solo hablan en la mesa) ello nos llevará a interpretarla en otros términos».

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Las dietas no funcionan

Cuenta que, para algunos, comer ha sido una vía de escape en un momento determinado de su vida, pero que una vez superada la situación dolorosa no han sabido desengancharse de ese mecanismo de supervivencia. También les llegan pacientes que están permanentemente a dieta, con lo que su relación con la comida es patológica debido al aprendizaje erróneo durante tanto tiempo. «Llevan toda la vida buscando soluciones milagro que al final son solo parches que no hacen sino agravar el problema».

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Por ello, la experta aboga por eliminar de raíz la idea de dieta. «Si vivo mi relación con la comida en términos de alimentos prohibidos, aumento el deseo por ellos, por lo tanto, cuando tengo un momento de ansiedad o rompo el patrón de dieta y me permito comer alguno de esos alimentos vedados, me descontrolo. Aparece el pensamiento de ‘todo o nada’ y de perdidos, al río».

La dieta, en contra de lo que se cree, mantiene el problema. La rigidez alimentaria lleva al fracaso. «Buscamos soluciones fáciles que no requieran esfuerzo porque nos han vendido que no hace falta esforzarse. No es verdad. Una buena pauta alimentaria es una pauta que puedes mantener de por vida». Por eso se declara en contra de la Operación Bikini y de las soluciones cortoplacistas contra las que ella y otros muchos tratan de luchar en el blog cometeelmundotca.es y desde donde el año pasado lanzaron la campaña #nibikininibikino.

Ya en la consulta del psicólogo hay muchas cosas que tratar: la normalización de la alimentación (hábitos de vida saludables sin dietas restrictivas) y la regulación emocional. «Hay que reeducar en emociones a la persona. El cerebro se ha acostumbrado a asociar emociones desagradables con hambre o con necesidad de comer, y eso hay que romperlo».

Para ello recomienda acudir a un equipo interdisciplinar en el que caben desde endocrinos, a psicólogos, pasando por nutricionistas, entrenadores personales e incluso médicos de cabecera («si les llega alguien con este problema les tiene que sonar la alarma»). «Nuestra lucha es que la gente llegue a la consulta cuanto antes. Cuanto antes lo hagan, más plasticidad al cambio».

La media estimada de tratamiento es de dos a cinco años. Desde que se llega a consulta hasta el alta definitiva. Y luego, la fase de prevención de recaída, cuyo riesgo es alto. «El objetivo no es perder peso. La pérdida de peso es consecuencia del tratamiento, no el objetivo».

García Marco explica que «la autoestima se basa en el autocuidado, y una parte de este es satisfacer las necesidades, y una de las necesidades básicas para sobrevivir es la alimentación. Pero dejar de comer no es fácil».

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Unos 100.000 valencianos sufren de trastorno por atracón. «Ojalá alguno lea esto y se dé cuenta de que lo que le ocurre tiene nombre, de que no es su culpa y de que se puede tratar».

Cómo diferenciar el hambre física de la emocional

«El hambre física aparece poco a poco, con cierta regularidad horaria. Te vale cualquier alimento porque buscas saciar el hambre y tenemos cierto control para dejar de comer cuando estamos saciados. El hambre emocional suele aparecer de repente, es más brusca, y no responde a horarios fijos. Sueles tener en la cabeza un alimento en concreto, con alta palatabilidad: azúcares, grasas, muy procesados... Y no paras de comer cuando estás saciado, sino cuando te sientes incómodamente lleno».

Señales de alarma

«Como se avergüenzan de su comportamiento, en público comen muy bien, pero existen algunas señales de alarma»:

-Que haya un aumento de peso que no se relacione con lo que comen cuando están en público.

-Que falten alimentos de la despensa o la nevera.

-Encontrar restos de comida por la casa («dejan señales para que los pillen»).

-Cambios de humor, irritabilidad, aislamiento, problemas de imagen temporal.