Javier Puebla: “El puente de los suicidas era muy poderoso cinematográficamente para iniciar una novela”

“Es extraña la amistad”, la última novela del escritor, presenta un interesante juego psicológico entre sus personajes, que arranca con una escena en el puente de Segovia

Solo el autor conoce los pasadizos de la imaginación que le condujeron a contar determinada historia. El escritor que hoy protagoniza la nueva entrega de Madrid Ficción es un maestro en el arte de convertir anécdotas aparentemente intrascendentes en intensas subtramas de novela. Javier Puebla comienza su último libro, Es extraña la amistad (Algaida Editores), con un encuentro entre dos personajes que podría ser casual y, desde el punto de vista narrativo, no más sugerente que cualquier otro punto de partida. Dos amigos de toda la vida cruzan sus caminos muchos años después en el puente de Segovia madrileño. Uno de ellos, Alberto Delgado, camina por el puente que deja a un lado el barrio de La Latina y, al otro, el horizonte que se abre hacia el Paseo de Extremadura. Samuel López Sañudo practica “running” sobre el mismo puente hasta que su nombre le sorprende pronunciado en la boca de su viejo amigo.

Esa primera escena, que se presenta sencilla ante las expectativas del lector, pronto se revela como un misterio. Sam no reconoce a su mejor amigo. ¿Cómo explicarlo? Además, el contexto espacial “cinematográficamente era muy poderoso para iniciar una novela”, según las palabras del propio autor. No sólo por el simbolismo que encarna el propio lugar, frontera entre el núcleo urbano y su proyección hacia la periferia, ni por la atmósfera que se recrea, con la visión de “la masa verde formada por la Casa de Campo” y la catedral de la Almudena desde el puente; sino por haber sido, históricamente, escenario de suicidios amorosos.

Tanta importancia tiene este pasaje, el primer capítulo de Es extraña la amistad, que “toda la novela se apoya en el puente de los suicidas”, asegura Puebla. Y es que la trama principal se inicia a partir del segundo capítulo, donde tiene lugar este mismo encuentro, aunque desde el punto de vista de Delgado, al contrario que en el arranque, donde era Samuel quien contaba la historia. Esa dualidad de voces, que se presenta en la novela como Cara A / Cara B y corresponden a los títulos de cada capítulo en sucesión alterna, protagoniza la estructura del relato. En realidad toda la novela avanza “al filo de la navaja”, según la expresión del propio autor, por la complejidad y lo arriesgado de su estructura. El contraste de las dos voces que rige la maquinaria de esta narración está inspirada en las dos torres que se levantan al inicio del Paseo de Extremadura y se alcanzan a ver desde el propio puente de Segovia.

A partir de este momento, se genera un juego psicológico interesantísimo porque los protagonistas “son dos suicidas”, asegura el autor. “Uno se destruye a sí mismo y otro destruye vidas. El que destruye vidas también es un suicida porque se está jugando la vida todo el rato”, aclara Puebla, cuya destreza más meritoria en esta novela es la de asignar una forma de hablar a cada personaje. Así, “las frases de Sam son muy largas y muy sofisticadas, mientras que las de Frederic Traum son como los azulejos del Park Güell de Gaudí. No hay comas, se leen como pipas”, añade el autor, cuyo objetivo es revelar, a través del lenguaje, el carácter de los personajes.

Volviendo al pasaje con el que arranca la novela, el puente de Segovia es un sitio que Javier Puebla que conoce muy bien. Su amigo Fernando Camarero, artista —hace años se le podía encontrar entre los pintores de la Plaza Mayor— sobre el que se inspiró para el personaje de Sam, vivía muy cerca del puente. Por ello el autor es capaz de dibujar una estampa tan reconocible y precisa para cualquier lector, por más que jamás haya estado allí. En su obsesión por volver casi invisibles los contornos que separan la realidad de la ficción, el novelista habla de sus personajes como de seres queridos porque, de hecho, a veces lo son o están construidos de retazos de ellos. O del propio autor, como en el caso de Traum, que lo construye como un antónimo de sí mismo.

Portada de "Es extraña la amistad"
Portada de "Es extraña la amistad" FOTO: Algai Algaida Editores

El mercenario Traum es rescatado de la novela Sonríe Delgado con la que Puebla fue finalista del Premio Nadal en 2004, y dicho acontecimiento sirve como detonante para encarar la escritura de Es extraña la amistad. Reconoce el autor que fue el poeta Enrique Mercado quien le motiva para escribirla. “Deberías aprovechar el subidón que tienes para escribir algo”, le dijo, porque salía todas las noches para celebrar el éxito del Nadal. “Esa noche llegué a casa y vi clarísima la novela”, cuenta. “¿Un tipo oscuro querría tener un amigo?”, se preguntó. Y así nació esta novela sobre la amistad, cimentada en un tipo “más oscuro que el Tom Ripley de Patricia Highsmith”, como apunta José Ángel Mañas en la faja.

Escribía por las mañanas en su piso de Avenida Ciudad de Barcelona, donde sigue viviendo. “Entonces fui muy disciplinado”, exclama hoy quien se confiesa como un noctámbulo irredento. Cada vez que se ponía al tajo, repasaba todo lo anterior, “y eso sí que nunca lo había hecho”. Asegura que este capítulo lo ha repasado unas ochenta veces. “Todo lo que suena es porque yo quiero que suene, no hay ni aire que pase entre comas y yo no controle”, dice.

Por ello es tan redondo y deliciosamente imperfecto, cargado de ironía y precisión en las expresiones, de agudeza en el sentido del humor tan amargo como tierno. Con un final —el del capítulo, el del encuentro “casual” entre dos amigos de siempre— que funciona como una inyección de autoestima que se transforma en adictiva para el lector. Un inicio, al fin y al cabo, que vuelve sobre el puente. Un puente “desde el que ya no te puedes ni suicidar porque el Ayuntamiento ha puesto un muro transparente para que nadie salte, para que nadie muera haciéndose mermelada de fosfatina que ensucie el asfalto, nadie, sin su permiso”