Opinión

Familia

Las Naciones Unidas decidieron celebrar en 1994 el Año internacional de la Familia. Le faltó tiempo a San Juan Pablo II para convocar ese mismo año el primer Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar en Roma los días 8 y 9 de octubre. A partir de entonces, cada tres años, el Papa reúne en torno a sí a decenas de miles de parejas para celebrar el matrimonio y la familia cristiana. En 2006 Valencia fue la sede de esa concentración que presidió Benedicto XVI en la primera de sus tres visitas a España. La semana pasada Dublín ha vivido esa experiencia en la que han participado familias llegadas de los cinco continentes, muchas de ellas españolas. Hace tres años cuando se decidió que la capital irlandesa acogiese el IX Encuentro nadie podía imaginar que la concentración familiar iba a ser precedida por un clima enrarecido por el monumental escándalo de la pederastia clerical en los Estados Unidos. Quince años antes Irlanda había conocido la, por ahora, peor crisis de este triste fenómeno. Carece por tanto de fundamento la hipótesis avanzada por algunos de que Dublín iba a servir de tapadera estratégica a los crímenes revelados en Pensilvania y meses antes en Chile. En su primer discurso pronunciado en el Dublin Castle ante las más alta autoridades de la República de Irlanda, Francisco ha pronunciado durísimas condenas de estos «crímenes repugnantes» pero, sobre todo, ha subrayado el valor irrenunciable de la familia como aglutinante de la sociedad y ha hecho un llamamiento para que sea custodiada por todos los medios oportunos. La familia –ha dicho– tiene un papel único en la educación de sus miembros y en el desarrollo de un sano y próspero tejido social.