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Opinión

Lo deseo

La moda de los últimos años, ésa de ser positivo a toda costa, nos ha llevado a otro callejón del ser. Todo comenzó hacia el final del milenio, cuando se extendió la idea de que un cambio de era supondría una nueva conciencia en la que había que practicar las buenas energías y la autosugestión con el deseo. Gran parte de esas ideas provenían de algunas religiones orientales, pero fueron sacadas de contexto y desviadas hacia lo material. Se difundió la creencia de que para conseguir algo se debe alimentar el deseo profundo, y el universo se confabulará para dártelo. Y detrás, como siempre, el mercadeo.

Porque para conseguirlo hay que ayudarse con todo tipo de cursillos de prosperidad, sílices, prácticas sociales y otras frivolidades caras. En fin, aunque sigue habiendo fieles estrictos, lo que ha permanecido con obstinación es el déjate fluir, vive sobre la marcha. Y los deseos se cumplen porque sí, porque tú eres merecedor de ellos. Un fiasco, vamos. Si es maravilloso practicar la bondad con uno mismo y con los otros, no es menos verdad que las cosas sólo se consiguen con el esfuerzo, el trabajo y la constancia. Y esas ideas mágicas nos llenan de pereza y holgazanería. Qué difícil es el equilibrio mental. Porque, además, no siempre se puede ser «positivo».

Hay que darse cuenta cuando te están utilizando o tratando mal. Hay que saber ponerte en tu lugar cuando corresponde. Hay que aprender a distinguir lo nimio de lo fundamental, lo que merece un dolor y lo que no. Hay que impedir que nadie te manipule con falsas esperanzas. Y si la vida, o sus gentes, da palos de ciego, hay que gritar. O llorar cuando sea menester.