El espectáculo del odio
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No todos los odios son iguales, quizá porque no siempre se odia de la misma manera. Hoy en día, se necesita visibilizar el odio, se quiere mostrar al mundo el nivel de inquina que inspira una mujer, un judío, un homosexual, un negro o un musulmán, o para hacerlo para conciso, alguien diferente, con otra religión, ideología, color de piel o nacionalidad. El mundo vive un repunte de los delitos de odio. La fobia al diferente crece y es motivo de orgullo para algunos. Los nazis intentaron silenciar y apartar del ojo público los campos de concentración y exterminio, procuraron buscar localizaciones que pasaran inadvertidas al mundo y que no hicieran sospechar de la industria del odio en la que estaban inmersos. Auschwitz se levantó en mitad de un bosque de abedules, tranquilo, silencioso, un lugar bucólico de casas de madera, jardines de flores y ríos de aguas tranquilas como el Vístula. Hoy no. Si se odia, tiene que hacerse ver y notar. Se odia con los cinco sentidos. Cuando alguien entra en una sinagoga, en una mezquita, en una iglesia o en un complejo turístico para asesinar a cuantas más personas, tiene que grabarlo con un móvil y retransmitirlo en directo por redes sociales para dar buena cuenta de su aversión. El odio se ha convertido en un espectáculo producido en alta tecnología como bien demuestra el ISIS, que lejos de estar muerto y enterrado, está vivo y produciendo vídeos en los que el asesinato y la muerte parecen una entrega de la última saga de la factoría JJ Abrams. Pero la realidad se come siempre a la ficción y la digestión suele ser el odio.