Opinión

Beatas desaparecidas

Me hallo en trance de desaparecer para ser beatificado por la Santa Madre Iglesia. Mi viejo amigo Ramoncho Epildeguren, desapareció en su viaje de novios, también conocido como Luna de Miel, y no fue beatificado. Cuando apareció, treinta años después de su desaparición, nos dio toda suerte de explicaciones a sus amigos de la infancia. En aquellos tiempos de nuestra juventud, era norma de pulcro cumplimiento, el matrimoniar sin haber accedido al gozo del pecado. Y Ramoncho casó con pedorra. La noche de bodas, los fuelles de su amada fallaron en demasía, y las trompetas aerofágicas le sonaron más de la cuenta. Ramoncho había elegido como nido de su amor un recoleto hotel de Salzburgo, pero jamás se imaginó los solos de clarinete, inauditos en los pentagramas de Mozart, de los que era capaz de ejecutar en la cama su esposa, Mirenchu Beovide- Aranaz, de noble familia de Pasajes Ancho. Ramoncho, en las postrimerías del desayuno, le informó a Mirenchu de su firme intención de denunciar al hotel por la pésima condimentación y peor calidad de sus salchichas, y Mirenchu aplaudió su decisión.

-Voy a decirle al director de este hotel que sus salchichas son pésimas-. Y ella, emocionada, pedorreó de nuevo.

Nunca más lo vio.

Fugose.

A las selvas de la América tropical, donde conoció a la princesa indígena «Marumi Topí», cuya traducción al español responde a «La mujer que no se va de naja en los momentos culminantes». La abandonada casó años más tarde con un remero de Orio, y Ramoncho falleció en la selva, en los brazos de su amada. No fue beatificado por desaparecer.

Fuera bromas que esto va muy en serio. En la TVE de la comisaria política y amargada Rosa María Mateo, se informó de un acto celebrado en la catedral de Madrid. En esa celebración, se procedía a la beatificación de catorce monjitas que habían sido asesinadas en 1936. Asesinadas y violadas, muy al gusto de los canallas del Frente Popular. Memoria Histórica. El locutor que iluminaba con su palabra las imágenes del acto, ofreció la noticia de esta guisa y textualmente: «Catorce monjas han sido beatificadas en la catedral de la Almudena de Madrid por desaparecer en 1936 cuando fueron capturadas por un grupo de milicianos».

Una beatificación de catorce monjitas por desaparecer, carece de sentido. No se beatifica a nadie por perder su paradero y ocultar su domicilio. Aquellas catorce monjas, algunas de ellas novicias, después de ser capturadas por el amable grupo de milicianos, fueron torturadas por los componentes del amable grupo de milicianos, violadas por los progresistas y encantadores milicianos, y finalmente asesinadas por el piquete de milicianos, defensores a ultranza de los derechos humanos y de las libertades republicanas de aquellos tiempos. Pero según TVE, las monjitas detenidas, torturadas, violadas y asesinadas han sido beatificadas por desaparecer.

Los informativos de TVE han puesto a esas mártires de la bondad, de la caridad, de su indefensión ante la manada del odio, de su fe cristiana, a la misma altura que Ramoncho, que también desapareció, pero más por motivos de truenos aerofágicos que por amar a Dios sobre todas las cosas y morir sacrificadas perdonando a sus asesinos. Si estas catorce religiosas, según TVE y la Memoria Histórica, han sido beatificadas por el mero hecho de «desaparecer», ruego a Su Santidad el Papa Bergoglio, Valdano o Pisarello, que beatifique por desaparecer a mi difunto amigo Ramoncho, que lo hizo por librarse de las ventoleras fétidas de su esposa Mirenchu, que le ocultó durante su casto noviazgo los remolinos de sus imprevisibles, pero obvias, somnolencias pedorras.

Lo único que se saca en claro de este asunto, es que los redactores de la noticia emitida por TVE, además de sometidos al poder de la Comisaria Política, son unos sinvergüenzas.

No se me ocurre otra cosa.

Hago público el anuncio de mi desaparición, al menos de Madrid, durante el tiempo preciso para que se abra el expediente de mi proceso junto al de mi inolvidado amigo Ramoncho que falleció entre ibis escarlatas y guacamayos azules en un poblado guanahani después de renunciar a todos sus bienes materiales.

Era el propietario de la frutería «La Manzana Sostenible» de Amorebieta.