Opinión

Sí, pero no

Nos están volviendo locos con las negociaciones entre partidos para formar gobiernos en las ciudades, en las regiones y también en la Nación. Creo que nunca nos habíamos visto ni sentido tan políticamente confusos como en este momento: cuando parece que ya está todo acordado, de repente uno rompe la baraja, como ocurría el pasado martes con Vox, asegurando que le habían prometido unos caramelos y ahora no se los quieren dar, pero un rato más tarde dice que sí, priorizando medidas y firmando un programa de gobierno para la Comunidad de Madrid. Mientras, Iglesias sigue limosneando un ministerio, por el amor de Dios, con el ceño fruncido a tope. Quizá fuera hora de ir a un gabinete de estética a que le metieran un chute de bótox entre ceja y ceja, que con esa cara no va a ningún lado. Luego está lo de Ciudadanos, que se desintegra por momentos, con fugados por aquí y por allá, un partido bisagra que sigue mostrándose remiso a abstenerse en la investidura de Sánchez. Pero lo peor de todo es lo de Zapatero, a quien todos teníamos olvidado como pesadilla que fue durante su paso por Moncloa.

Ahora sale y dice: «Rogaría que los jueces sean benevolentes con las sentencias a los golpistas y que se tenga a mano el documento del indulto para firmarlo si hiciera falta». Dan mucho asco estas declaraciones. Como diría el Rey, ¿por qué no se calla? Sí, pero no, que no que no, era una canción de Lolita, a quien el éxito nunca le fue propicio porque la tremenda sombra de su madre siempre la aplastó, y la marcha y el carisma de su hermana Rosario no le permitieron medrar. Así es la candelita de la fortuna, que a veces ilumina a unos dejando oscurecidos a otros. Pero no nos desviemos del tema que todavía hay mucha tela que cortar. La Colau, esa a quien el intruso Valls entronizó alcaldesa de Barcelona, como buena ultraizquierdista ha comenzado a prohibir. Y, como gran ignorante que es pretende suprimir palabras de «curso legal», verbigratia inmigrante, terrorismo islámico, negro o abuelo. Siempre me repatearon los eufemismos pero me fastidian más las imposiciones por decreto, esas que dominan a la perfección las huestes comunistas.

Quienes perseguimos la libertad desde que nacemos odiamos que nos capen, que nos den instrucciones, que nos manden y que nos hagan saber. Sí, pero no. En esas está el melifluo Borrel. Que renuncia a su acta de eurodiputado porque la cosa está muy mala aquí dentro del país, sin investidura garantizada. Pero este listillo lo que quiere es un carguito de enunciado largo, por ejemplo «comisario europeo para los derechos humanos», o bien «comisario europeo para asuntos económicos y monetarios», y cosas así por el estilo, que suenan más rimbombantes que simple diputado en el Parlamento de Europa, donde sería uno del montón. Él, para disimular, «agradece muchísimo la confianza de los electores, pero las actuales circunstancias políticas tanto en España como en Europa han hecho pensar al presidente del Gobierno» y él mismo «que no era muy razonable que el puesto de ministro de Exteriores quedara vacante durante un tiempo indefinido». «Hay muchísima incertidumbre sobre cuándo y cómo se producirá la investidura y por eso hemos pensado que era mejor que siguiera ejerciendo en funciones», ha apuntado. Y todos decimos, ¡claro!, como si el argumento nos convenciera.

No podemos dejar de comentar la entrevista al terrorista, que nos ha dejado con el estómago del revés. No por su persona, que también, sino por este Gobierno en funciones que promueve acciones como ésta para luego conseguir apoyos en la investidura, manipulando una televisión que todos pagamos. ¿Dónde puede ir uno a darse de baja para que con nuestro dinero no cuenten?