Opinión

Arturo

Se nos ha ido Arturo. El más grande y decente. Como actor, director, productor y empresario. Más de cincuenta años llenando los teatros sin percibir ni una peseta ni un euro de subvención. Y para colmo, los gorrones de su profesión lo ninguneaban. Genial e ingenioso en el escenario y en la vida. Carmen Quesada fue su amor y su equilibrio. Adoraba a su madre, una frasquera del puerto de Gijón. Y no tanto a su padre, un militante de la izquierda radical que le hizo la infancia imposible. Asturiano entusiasta y de irrenunciable orgullo. Cumplidos los 90 años, siguió trabajando. Recibía los golpes de la envidia y los devolvía de bondad y perdón. Le dije una noche, con Carmen y Pitu su hija, de testigos, que yo era mucho más elegante que él. –Mañana te pongo una querella criminal-. No le perdonaron sus detractores su sentido de la vida y su amor por el trabajo. Hay mucho vago por ahí suelto que vive de la falta de talento subvencionado. Vuelvo a su historia de tenista, en aquella Marbella de Edgar Neville y Antonio Mingote. En el Hotel Don Pepe, en la terraza de la piscina, se encontró Antonio Mingote con Arturo perfectamente uniformado de tenista, compartiendo un aperitivo con una señora bastante mayor que él. Arturo, al ver que Antonio se disponía a saludarlo, le hizo un gesto para impedirlo. Ese gesto que dice «ni te acerques». Arturo, con un polo Lacoste blanco, unos pantalones cortos blancos, calcetines blancos y zapatillas de tenis blancas. Entre sus manos, una raqueta «Maxply» de Dunlop que cubría con un soporte de madera con grilletes. Al día siguiente, Antonio y Arturo tomaban una copa. -¿Por qué ibas vestido de tenista?-; -porque a ella le encanta el tenis-; - bastante fea, y algo mayor-; -pero forrada-; -¿Te ha visto jugar?-; - bajo ningún concepto. Le he dicho que necesito concentración y soledad en los entrenamientos-; - y ¿te ha preguntado si has ganado algún trofeo? -; -sí, el primer día-; - ¿y qué le respondiste?-; - la miré fijamente y le respondí: «Wimbledon», monina-.

Arturo invirtió sus veranos en las giras. Llenaba todos los teatros del norte. En los peores años del terrorismo etarra, su semana en el Victoria Eugenia de San Sebastián era un clamor. Jamás escondió o matizó sus ideales. El hijo de militante de la CNT y la humilde frasquera de Gijón era español, asturiano, monárquico y conservador. Todo lo que ganó, que fue mucho, lo consiguió con su talento y su trabajo. Las mujeres se lo comían y nunca se permitió una indiscreción. Era un señor en todas sus manifestaciones y actitudes. Me anunció una segunda querella criminal mientras nos hacíamos –siempre con Carmen-, con unas angulas en «Kulixka». Hablábamos de fabadas asturianas. Después de una ilustrada lección por parte de Arturo, mi opinión le hirió: «La mejor fabada asturiana es la de lata». «Mañana tendrás noticias de mi abogado-; - es el mismo que el tuyo-; - pero ante semejante afrenta a la fabada, me representará a mí-.

En la intimidad era abierto, culto, intuitivo, generoso y bueno. -Lo difícil es encontrar la obra. Con una buena comedia, el triunfo es facilísimo. Interpretar es lo que menos cuesta en el Teatro, y menos aún en el cine. Se aprende el guión y se dice-. Hablábamos mucho de la sobreactuación de los actores españoles, y de la manía de algunas actrices consagradas de anteponer un «¡Oh!» que no estaba en el guión para darle más énfasis y empaque al texto. Cuando nos veíamos nos saludádamos de esta manera. – «Oh, Arturo, que alegría de verte, oh». Y Arturo correspondía: «¡Oh, Alfonsín, qué sorpresa verte ¡Oh!». Y lo pasábamos muy bien.

Recibió, con Albert Boadella, el Premio a la Trayectoria en La Razón. Viajé hasta Cudillero para ser su padrino en la «Almuravela» de Oro. Con Arturo y Carmen siempre me sentía bien. Esa capacidad para conseguir que sus amigos nos sintiéramos siempre bien aunque largo fuera el tiempo de la ausencia, es una demostración de buen gusto y de cordialidad sincera. Arturo Fernández era misericordioso con sus envidiosos enemigos y compañeros de profesión y tenía una inteligencia natural, cultivada con los años, asombrosa.

Hoy, tu Asturias, mi vecina occidental, se ha nublado de repente. Y no hay nubes. Muy pocos amaron a su tierra chica y la ensalzaron en la lejanía tanto y tan bien como tú. Te has ido, sin duda, al lugar reservado a los hombres buenos. Al sitio acotado para quienes recibieron al nacer cinco talentos y han sabido devolver más de mil. Te has encontrado en la altura perpendicular a tu tierra natal con la maravillosa frasquera de Gijón que te trajo a la vida. La España buena y sensible está hoy también nublada de tristeza. Y como siento húmedos mis ojos mientras te recuerdo y escribo, haz el favor, de no ponerme, por esta vez, ninguna querella.

Gracias por todo.