Opinión

Bahamontes

Hace sesenta años, un toledano ganaba el «Tour» de Francia. El primer español en conseguirlo. Se llama Federico Martín Bahamontes. Podría haberlo ganado con anterioridad, pero era un genio imprevisible. Alcanzaba la cumbre del Tourmalet, el Aubisque, el Peyresoure, el Mont Ventoux o el Galibier con veinte minutos de ventaja a sus perseguidores, se bajaba de la bicicleta, pedía un refresco y los esperaba para no descender en soledad. El ciclismo es un deporte brutal, durísimo, y su esplendor llega en la montaña del «Tour», si bien en la Vuelta las etapas montañosas también se han convertido en míticas y terroríficas. Antonio Mingote recelaba del ciclismo, y en ocasiones no le encajaban las piezas de su prodigioso puzle mental. «Mira, no entiendo que un tipo tan inteligente como Luis Berlanga sea aficionado al ciclismo». Un dibujo memorable de Mingote es el de los ciclistas agotados, con la lengua fuera, subiendo una montaña pindia y malvada. Entre ellos, con una bicicleta pequeña y de ruedas gruesas, con un cajetín encajado entre el manillar y la rueda delantera, sonriente, y con una gorrilla vuelta del revés, un vendedor ambulante de helados, les dice a los ciclistas profesionales derrengados: –Un momento, que voy hasta el pelotón de cabeza y ahora vuelvo–.

La victoria de Bahamontes en el «Tour» tuvo un impacto positivo en la sociedad española. Eugenio Suárez, fundador y propietario de «El Caso», vendió un millón de ejemplares del número que editó el día que Bahamontes retornó a Toledo como flamante triunfador del «Tour». Aquellas palabras del genial deportista en el Parque de los Príncipes de París respondiendo en su francés-toledano a un periodista dieron la vuelta al mundo. «Je le dedique ma victoire a ma famme Fermine, la madame de moi». Años más tarde, ya retirado, Bahamontes estableció en Toledo una tienda de bicicletas, y los toledanos, por suscripción popular, levantaron un monumento en su honor. El monumento de bronce, de casi dos metros de altura, representa al gran Bahamontes montado sobre su bicicleta vencedora . Hoy está en el suelo. Unos desalmados, unos canallas, han atacado su estatua y la han destrozado. Es posible que le hayan aplicado la Ley de la Memoria Histórica, porque Bahamontes venció en el «Tour» cuando el General Franco era el Jefe del Estado Español. No creo que Franco le ayudase a subir el Alpe D´Huez, pero ya se sabe del nivel de estupidez de los intérpretes de la Ley del Odio de Zapatero. Bahamontes para los bolos –los toledanos–, es tan sagrado como Curro Romero para los sevillanos, y también la figura en bronce del maestro de Camas fue pintarrajeada por unos idiotas de Pacma, cuya presidenta ha sido despedida por una travesura administrativa y sustituída por su marido. Pero esto es aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid.

No comprenderé jamás la inquina contra los monumentos. Cuando en mis paseos me topo en los Nuevos Ministerios con el socialista ladrón y asesino Francisco Largo Caballero, no deseo que sea derribado. Paso de su monumento y me alegro de que se mantenga en bronce y no en vida. Derribar monumentos es de cretinos, porque el vestigio artístico no hace desaparecer la Historia. Pero destrozar el monumento a un deportista ejemplar y genial, que además ha sido un modelo de decencia y honestidad, no cabe en cabeza humana. Hay que ser muy salvaje para desahogar las frustraciones personales derribando el monumento a Federico Martín Bahamontes. No es obra de un imbécil, porque dos metros de bronce no se desmoronan con los cabezazos de una bestia en solitario. Se necesitan muchas manos, muchos odios y muchos complejos para hacer caer de su bicicleta de bronce a Bahamontes. Algún testigo habrá presenciado la salvajada, y es de esperar que los autores de la agresión sean detenidos y obligados a pagar la restauración del monumento.

Triunfar en el «Tour» limpiamente es una hazaña. Y nuestro Bahamontes lo hizo cuando las bicicletas pesaban como motos,los pinchazos eran habituales, los ciclistas llevaban en torno a su cuello una pareja de tubulares, y el firme de los puertos de alta montaña parecían más ideados para las cabras que para los hombres. Bahamontes es un héroe del deporte español, y unos mamarrachos cobardes lo han derribado en bronce porque no se han atrevido a enfrentarse a su mirada de octogenario orgulloso. El cobarde huye del enfrentamiento personal. Como aquella anciana que paseaba por Neguri apoyada en un bastón con un alfiler de la Bandera de España en la solapa izquierda de su abrigo. Y llegaron los valientes. – Oiga bien, vieja. O se quita ese alfiler ahora mismo o se lo metemos nosotros por el culo–. –Imposible, hijos. No me cabe nada por el culo. Lo tengo lleno de “ikurriñas”–.

Pues eso es lo que hay.