Política

Sentimiento de vacío

mi único deseo es que los españoles despierten y entre todos seamos capaces de dar un cambio, un giro de tuerca a esta miseria política que estamos viviendo

Me cuesta viajar por las teclas porque no brotan las palabras cuando alguien muere y nos deja sentimiento de vacío. Aun así voy a intentarlo porque es mi deber sujetarme a la disciplina y defender lo que en estos momentos es de justicia. Aunque en casa me piden por favor que hable menos de los políticos que nos asolan –sí, nos asolan con este panorama desolador e inoperante que nos dibujan cada día ante una situación tan crítica-, hoy no me queda más remedio que criticar a ese vicepresidente sucio y despeinado que nos ha regalado Sánchez, por sus ansias de aplicar su política bolivariana a la sanidad privada. Que sepa este individuo que los hospitales y los médicos privados están sacando las castañas del fuego a los servicios públicos, de trabajo encomiable, sin duda, sólo que los facultativos de lo público lo hacen cobrando y los privados lo hacen gratis et amore. Sé de muchos especialistas de otras ramas de la medicina que este fin de semana van a trabajar sin descanso prestando ayuda y atendiendo a los enfermos que llegan sin cesar a sus hospitales (privados), tal y como lo vienen haciendo desde que se declaró la maldita pandemia. No habría dinero público suficiente para pagar las interminables horas que estos profesionales de la medicina de todas las disciplinas están dedicando abnegada y altruistamente a sacar las castañas del fuego a un sistema político que ha tomado medidas a todas luces insuficientes y a destiempo, y que están negando material clínico a regiones gobernadas por el partido de la oposición. Me da mucho asco todo esto y mi único deseo es que los españoles despierten y entre todos seamos capaces de dar un cambio, un giro de tuerca a esta miseria política que estamos viviendo.

Me pregunto si a la vuelta de este encierro que nos está volviendo del revés, en el sentido de que nos hace meditar, nos vuelve más disciplinados y nos obliga a obedecer por razones de supervivencia, seremos capaces de volver a las costumbres cotidianas con suficiente normalidad, quiero decir ¿volveremos a tener comportamientos incívicos, como era habitual entre algunos grupos de personas? ¿seguiremos la pauta de la higiene y la limpieza como lo estamos haciendo ahora de forma casi compulsiva? ¿volveremos a los saludos efusivos, a los besos, a los abrazos y a los toqueteos que, en ocasiones, han fingido afectos en realidad nada profundos? Ahora nos damos cuenta de que no hay necesidad de tanto contacto físico, de tanto sobar. Creo más en el protocolario y aséptico saludo japonés, siempre a distancia el uno del otro. Es más elegante y más limpio aunque a algunos les parezca más frío y más neutro. Me reconozco besucona porque, en ocasiones, los sentimientos me desbordan. Soy efusiva, sí, pero con los míos. También gozo de un afán de limpieza bastante acusado, porque así lo aprendí en casa de mis padres. Mi progenitor era algo así como Jack Nicholson en la película “Mejor imposible”, ya saben, un obseso de la desinfección, y cuando eso lo ves desde que naces, se te queda grabado a fuego en la frente para siempre. No obstante todas esas precauciones de las distancias y el agua y el jabón no libran a muchos de este virus que nos está cambiando la vida. Lo que llama mucho la atención es la cantidad de políticos infectados, incluso muchos que están ya fuera de la acción pública. A veces pienso que esta plaga, esta nueva peste es una especie de equilibrio demográfico que impone la naturaleza, aunque no estamos para eliminar sino para procrear, si bien este encierro al que estamos sometidos provocará, según previsiones, un baby boom. Ojalá así sea, que buena falta nos hace.