Vidas que nadie quiere

Hay una minoría que amenaza en convertirse en multitud en cuanto encuentren un megáfono

Uno se va «emprovinciando» igual que otros se van engolfando. Uno empieza a plantearse que Madrid, «este país dentro de este país» en palabras de una ilustre, puede ser capital y hasta estar en el centro de nuestra celtiberia política, pero a lo mejor está comenzando a no ser tan capital ni tan central para el devenir del ciudadano corriente que ya está cansado de estos ritmos estajanovistas del teletrabajo. De continuar estos compases laborales, la cosa va a derivar hacia una nueva ola sindical y de proletariado de oficina. En este deambular de días, todos de semejante deneí y caricatura, sino fuera por la carrera de todas las amanecidas, uno se tropieza cada vez con más frecuencia con personas ahogadas por la vida capitalina y sus viñetas de egocentrismos y emergencias recurrentes, que son como una polución de (malos) humos invisibles. Gastan una parla desinhibida sincera, la que hablan los borrachos y los que están hartos, y aducen que esto de las urbes ya no resulta ni tan reseñable ni tan máximo como consideraban antes. Hasta tienen el valor de argumentar en voz alta que las ciudades son un lujo prescindible, como esos visones de la abuela que se heredan y que tan escasa salida tienen hoy en sociedad.

Algunos insurrectos incluso consideran que esto de las redes sociales es una vaina de duro encaje en sus rutinas, que pasan mogollón de sus líos y que no es más que autobombo y promoción. Son equivocados, qué duda cabe, descolgados que desperdician el tiempo apurando birras con colegas (hasta que les chapen las terrazas a los bares) o sacando al mocoso de casa para asilvestrarlo en la naturaleza, en cualquier sierra un poco a mano, para que así vea cabras, las reales, no las de Twitter, donde existen cabras y también muchos cabrones, según refieren.

Lo que cunde aquí es un desánimo que va dando alas a un nuevo ideario, que es por donde tantas sociedades se quiebran y otras evolucionan, y que ha conducido a alguno a plantearse si merece la pena ir a ciento cuarenta de velocidad cuando a revoluciones más módicas se va mejor. Hasta colegas que andan por Nueva York, esos hijos del asfalto, el cemento, el cristal y el éxito, consideran ya superfluas estas existencias de escaparate que nos venden los que sean. Hay una minoría, que amenaza en convertirse en multitud en cuanto encuentren un megáfono, con vidas que no quieren ni desean y que pueden inaugurar un movimiento imprevisto, como de retorno a asuntos más sencillos y desprendidos de preocupaciones. Una deriva que, como sucede con tantos asuntos en la historia, cogerá a los políticos desprevenidos.