Confinar personas, no territorios

En marzo y en los siguientes meses se confinó a los españoles para contener primero, y reducir después, los muchos contagios de la COVID-19 que se estaban produciendo y que estaban sobrepasando la capacidad hospitalaria. Con el confinamiento de las personas se buscaba que las que tuvieran el virus no lo contagiaran a los demás y, por supuesto, que las que estuvieran sanas no fueran contagiadas. Los expertos en diferentes materias: médicos, epidemiólogos, virólogos, etc., que, como es lógico, no lo eran en esta enfermedad, porque no se puede ser experto en algo que es nuevo, que no existía antes y, por tanto, sin que nadie pueda tener ninguna experiencia, recomendaron que, además de medidas higiénicas y de limpieza, se establecieran “muros” entre las personas que impidieran el contagio de unas a otras. Las mascarillas y la distancia de seguridad eran los principales instrumentos que se fijaron, aunque algunos expertos del gobierno, sin experiencia, tardaron demasiado tiempo en asumirlo. El experto Simón, el pasado 1 de marzo, contestaba a preguntas de Ana Pastor en “El Objetivo” sobre no seguir dándonos la mano y otros afectuosos contactos físicos, con esa sonrisa que para algunos compensa su ineficacia, que “no había que exagerar”, aunque algunos inexpertos ya “exagerábamos” y manifestábamos que se debían acabar los besos, abrazos y saludos con la mano. Para lograr esa lejanía entre las personas se prohibió salir de casa, con las excepciones que se fijaron. Se confinó a las personas, no a los territorios. En la ciudad de Madrid, como en el resto de España, se impidió, con las excepciones imprescindibles, que hubiera contactos entre sus más de tres millones de habitantes, para cortar los contagios que se estaban produciendo.

Ahora, el gobierno de España ha confinado la capital de España y otros ocho grandes municipios de la Comunidad de Madrid, tratando de impedir que ningún ciudadano de estos municipios, salvo en los casos excepcionales que se fijan permitiendo la movilidad, pueda contagiar a los que viven en otros territorios, pero con total libertad para contagiar a los vecinos de la ciudad en la que vive. Han confinado territorios, no personas. En la ciudad de Madrid, si multiplicamos la cifra de contagiados que ha habido en las últimas dos semanas, por cuatro, obtendremos “tirando por lo alto” el número de positivos que pudiera haber, sabiendo que muchos no estén detectados. Nos daría una cifra cercana a los cien mil contagiados. El gobierno de España no pone ninguna barrera especial en el estado de alarma decretado para impedir, que al menos dos millones novecientos mil ciudadanos que están sanos en la ciudad de Madrid, puedan ser contagiados. El ministro de sanidad, que nos ha recordado que “la paciencia tiene un límite” (para todos señor Illa), parece que lo que trata de impedir es que ningún habitante de la ciudad de Madrid (salvo por los motivos que permiten el desplazamiento) pueda contagiar a ninguno de los sesenta mil habitantes de Aranjuez, ni a ninguna de las ochenta y cinco mil personas que viven en Toledo, ni a nadie de los sesenta y cinco mil paisanos míos de Ponferrada. Por supuesto tampoco los habitantes de estas y de las demás ciudades de España podrán contagiar a los madrileños. El gobierno de España ha acordado que más de dos millones novecientas mil personas que viven en Madrid y que están sanas pueden ser contagiadas, pero solo por sus convecinos, no por foráneos. Lo mismo ocurre en las otras ocho ciudades confinadas. Si el gobierno cree que se evitan los contagios impidiendo los encuentros con los que no residan en el mismo municipio, no los está evitando entonces entre los vecinos de la misma ciudad.

No sé lo que dirán los expertos (sin experiencia en la enfermedad COVID-19) a los que dice el presidente Sánchez que hace caso en las decisiones que toma el gobierno, sobre la eficacia de confinar los territorios y no a las personas. Mi opinión de inexperto en Coronavirus es que siendo consciente de la imposibilidad de adoptar la medida más eficaz sanitariamente, aislar totalmente a cada persona, porque nos llevaría a la ruina económica, hay que insistir constantemente, y buscar otras, en las medidas posibles que impidan que el virus pase de una persona a otra. En esa línea es más eficaz, por ejemplo, la limitación del número de personas que se puedan reunir (el gobierno de la Comunidad de Madrid ha establecido un máximo de 6), que impedir que un ciudadano que viva en el barrio de Malasaña pueda irse de puente a Benidorm, pero sí lo pueda hacer un vecino de Alcalá de Henares o de los otros 169 municipios de la Comunidad de Madrid que no tienen ninguna limitación para viajar. Hagamos todo lo que podamos para impedir que el virus pase de una persona a otra, incluso si viven en la comunidad que la izquierda más desea gobernar. El gobierno de España debe hacer, ya llega tarde, un esfuerzo importante, ayudando económicamente a las comunidades autónomas para reforzar en medios materiales y humanos los hospitales de España y se pueda atender a las personas que puedan contagiarse por no ser posible aislar a todos por ser necesario mantener una gran parte de la actividad económica que evite que la gente se salve de la enfermedad pero se muera de hambre.

La presidenta Ayuso, como todos, ha cometido errores en la gestión de esta maldita pandemia. Para ser más riguroso, menos equivocaciones que otros que no salen del escaparate y nunca bajan al barro. Algunos no hacen otra cosa que difundirlos, exagerarlos y manipularlos. También ha tenido aciertos. Algunos lo saben, pero no lo dirán jamás. En todo caso los que en una situación tan complicada y dura como esta, estén en la trinchera que estén, tengan la ideología que tengan, pertenezcan al partido que pertenezcan, prioricen la lucha partidista y las ambiciones políticas o personales a la lucha contra la enfermedad, estarán perjudicando gravemente a todos los españoles, vivan donde vivan.

Manuel Cobo es político y abogado