¿Y tú sabes jugar al Among us?

Cuando empezó internet era un martirio para mis tíos mayores o mi abuela

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En una cárcel española en Pontevedra prohibieron el teletexto porque los presos lo usaban para mandarse mensajes en clave ¡Ah!, el teletexto: he intentado buscarlo en mi televisión y he pasado por Netflix, Amazon, Youtube, los subtítulos, creo que he grabado algo, he resintonizado el TDT, ahora la uno me sale en el 48, pero del teletexto, nada. Ahora espero a que mi hijo salga del cole y ponga la tele en orden. Lo peor es que al terminar preguntará si puede verla. Yo le diré: tienes que estudiar, majo.

A veces mola ser padre.

No tengo claro si va a encontrar el teletexto y si lo hace, a ver cómo le explico que ahí me informaba de las noticias, que era mi internet: prehistórico, sin gatitos, insultos ni millones de vídeos porno gratis. (Bueno, lo de porno sólo lo voy a pensar).

De todos modos, él, al escuchar internet me va a preguntar lo que, estos días pregunta cuando escucha esa palabra o la palabra wifi. Es como el perro de Paulov, mi hijo. «Internet», y el salta: «¿Puedo jugar al amonus?»

«¿El qué?», contesté el primer día.

–«A lo que juegan todos, al eimous».

Me puse a buscarlo en Google, que es lo que hago cuando quiero fingir que lo sé todo. Pero no encontré la solución. Entonces pasamos por el típico momento: déjame lo busco yo, no no te lo dejo, papá que no sabes, cómo no voy a saber, pues no lo encuentras, es que no existe, si todo el mundo juega, pues será que no sabes como se llama, eres tú el que no sabe escribirlo, mira otro día lo vemos, no ahora, que no, que ahora, que no otro día, me has prometido ahora, que no, eres un mentiroso.

¡Vete a tu cuarto castigado!

A veces, no mola ser padre.

Al final sólo lo conseguimos cuando por fin me lo deletreó. Le expliqué, entonces, que la «u» es, más o menos y no siempre, «a» en inglés. (Nota: que no se me olvide llamar a la academia y preguntarles a qué dedican todas las tardes que mi hijo se pasa allí).

Cuando empezó internet era un martirio para mis tíos mayores o mi abuela. A cualquier pregunta respondían sí, por lo que se bajaban o virus o compraban lo que no querían. O movían el cursor de una esquina de la pantalla a otra a toda velocidad. O, luego, iban súper despacio y el cursor ni se movía. Y ya cuando, por pura casualidad, lograban, al fin, poner la contraseña para entrar, preguntaban: ¿lo ves, mi ordenador no tiene Google?

Lo he recordado porque un día me puse a jugar al Among Us, la última moda infantil y juvenil, con mi hijo y una amiga. El impostor me mató casi antes de empezar y su amiga, sólo 7 años, dijo: «Qué malo es tu padre».

Y aquí estoy, hablando del teletexto.