Eutanasia

Ciencia y muerte

Zoé Valdés

Esas cinco preguntas que se hace en permanencia la ciencia frente al misterio de la muerte y que no ha podido responderse, han sido barridas de un amargo escobazo por parte del gobierno social-comunista español al promulgar la Ley de la Eutanasia. ¿La muerte debiera ser proporcionada frente al hondo padecimiento de un enfermo? ¿Dudas ante el anhelo del moribundo de acabar con su existencia? Deja de funcionar el cuerpo, ¿pero existirá ciertamente una constante tal como lo ha casi demostrado un joven científico ruso? ¿Pudiera ser considerada esa ecuación o constante como una señal vital que contrastaría moralmente con la decisión de «apagarla»? ¿Habría que «apagar» esa cada vez más esperanza también al perpetrar la eutanasia? Parece ser que a nadie le importa la ciencia, y mucho menos a los políticos españoles. Qué va a importarles si tienen a un filósofo de ministro de salud, que ni siquiera con espiritualidad asume su rol, y al otro cafre mejor ni mencionarlo.

No es de extrañar este nivel de insensibilidad a estas alturas, los social-comunistas tienen como hábito andar aferrados de la mano de la muerte, como consortes, como «ambias». La muerte les va tan bien, como en aquella película de la actriz que parece un pollo según palabras del genial Truman Capote.

Asusta la rapidez con la que España se está hundiendo en el lodazal coagulado en el que ya se hundió Cuba hace más de 62 años, y en el que todavía agoniza con esa pestilencia a sangre, la sangre de los fusilamientos masivos, la sangre de los opositores asesinados en accidentes enmascarados, la sangre de huelguistas de hambre y sed, la sangre de los balseros descuartizados por los tiburones en el Estrecho de la Florida… Asusta, sí, la grosería con la que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se empeñan en triturar a un país, en machacar las ganas de vivir de sus ciudadanos, y las vidas mismas de esos hombres y mujeres que a mi parecer ni siquiera sospechan el grado de indecencia que les tienen destinado estos dos.

Más de sesenta mil vidas perdidas durante un año de pandemia de Covid-19 y, sin que el año haya llegado a su fin, todavía el virus haciendo estragos, a esta gentuza se le ocurre la Ley de la Eutanasia. No les ha sido suficiente con este olor a muerto en demasía durante estos horrendos doce meses –entre los peores de la humanidad– que deciden añadir al pánico el terror de enviar al muere por contrato establecido.

Una Ley de la Eutanasia decretada por un gobierno social-comunista como el de Sánchez e Iglesias no puede significar otra cosa que una condena a la no existencia, a la no persona –a todos aquellos que se le atraviesen en el camino de sus intereses.

No exagero, de ninguna manera; vean la historia, consúltenla, aprendan de ella, observen qué es lo que han hecho los comunistas cada vez que se han robado el poder: asesinar y convertir el crimen en un derecho permisivo, Constitución mediante.

No consigo entender cómo los españoles no acaban de lanzarse numerosos a las calles a protestar en contra de estos dos petimetres iluminados, y a enfrentar a sus secuaces (que ojalá fueran los únicos). Aunque menos logro comprender cómo es posible que los partidos de la oposición no se pongan por fin de acuerdo en algo que es de elemental urgencia: tumbar de un tajo a este régimen antes de que este hatajo de sinvergüenzas acabe por desmerengar a España. Es preferible usar los métodos que sean indispensables y apremiantes antes de vivir toda una vida lamentando no haber echado mano de ellos a tiempo; eso si es que permiten que se viva de manera natural y que los otros no empiezan a eliminar antes a los que se impongan y les enfrenten, a los que no acepten decisiones tan fatalmente irrespetuosas y fuera de lugar como esta Ley de la Eutanasia cuando todavía los sobrevivientes de la pandemia del PCCH continúan llorando sin consuelo a los familiares y amigos que han fallecido lejos de ellos. Sin poder siquiera abrazarlos por última vez, sin poder despedirlos con un beso.

¿A cuánto más se atreverán estos sopencos sectarios de la Parca? No dudaría ni un segundo en pensar que a muchísimo más. No hay más que verles la fatuidad con la que se comportan, la zoquetería con la que pisan los salones de gobierno con esa marcha luctuosa que para ellos constituye la marcha de la satisfacción, puño en alto y a tararear La Internacional o Bella Ciao.

No demorarán, los veremos lucirse para esas «fiestas del afecto», ¿pero qué «fiestas del afecto» de qué, so pajuzo? ¿«Afecto» ni qué ocho cuartos? ¡La Navidad y la San Silvestre de toda la vida! A ver, ¿a qué este pedazo de imbécil de siete suelas que mal gobierna España no se atreve en llamar «fiesta de la degollina» al Ramadán? ¡Qué va, ni chutado! ¿No ven ustedes que todo sea por airar a los españoles? ¿No advierten que lo único que a este patético le importa es incordiar y jorobar y que con eso goza lo máximo?