Fran Lebowitz: fumar y planear venganza

Con absoluta incorrección política, compara su anterior piso con un marido maltratador: sabes que te hace mal pero no lo dejas porque te gusta.

Fran Lebowitz en «Supongamos que Nueva York es una ciudad»
Fran Lebowitz en «Supongamos que Nueva York es una ciudad»NetflixLa Razón

En estos días que vemos asomar el pelo de la dehesa de Estados Unidos es normal que a algunos nos duela América un poco y es el momento perfecto para ver «Supongamos que Nueva York es una ciudad», la serie que ha dirigido Martin Scorsese para Netflix en la que simplemente escuchamos y vemos a Fran Lebowitz decir: «Tengo dos grandes ocupaciones en mi vida. Fumar y planear venganza». La escritora habla con su fino cinismo y su humor negro y le sirve en bandeja a Scorsese una serie que no hay guionista que pueda mejorar. Y Scorsese solo ríe y ríe, fuera de plano. Alguna vez pregunta, pero cualquiera se siente identificado con su risa contante como la del perro Pulgoso que anticipa la carcajada.

Lebowitz fue taxista, chófer y limpiadora hasta que empezó a escribir en la revista «Changes» y fue reclutada por Andy Warhol. Vivió Nueva York en los setenta. «Antes de hablar, piensa. Y antes de pensar, lee», escribió Lebowitz una vez como frase que vale una vida. Escucharla contar su peregrinaje por el infierno inmobiliario de la ciudad cargando con 10.000 libros es el contenido de una balada épica, la saga heroica del siglo XXI. Lebowitz ama la ciudad que ha sido sustraída a sus habitantes y en parte odia mucho a todos sus conciudadanos. Se expresa con un cinismo sano y una tronchante mordacidad: los dos papeles de juez que ha interpretado en el cine le quedaban como un guante. Con absoluta incorrección política, compara su anterior piso con un marido maltratador: sabes que te hace mal pero no lo dejas porque te gusta. Sus ideas respecto al feminismo y los abusos sufridos por las aspirantes a estrellas de cine no son aptos para oídos hipersensibles.

Dispara frases lapidarias, borderías típicas del habitante de la gran ciudad, que tiene demasiado contacto con sus congéneres. «El Dalai Lama necesitaría un solo viaje en metro para volverse un lunático furioso», dice la escritora que dejó de escribir tras solo dos libros pero que se siente inmensamente rica leyendo. Para algunos, no es más que una esnob cabreada con la vida. Pero nada más lejos de la realidad, solo sigue sus propios consejos: «Está bien que te guste algo, como pintar. Pero si no eres lo suficientemente bueno, no tienes por qué enseñárselo a la gente». Ella dejó de escribir también por pereza y porque su maestría es su juicio. «Hoy te amenazan de muerte por el peinado o te dicen que todo está bien, que eres fantástico, que sigas adelante y no puede ser ninguna de las dos cosas». «El talento es la única característica que se reparte completamente por azar, no se hereda, no se compra. Te toca o no te toca: es democrático. Por eso nos enfadamos tanto cuando alguien triunfa y le buscamos explicaciones». Y ella sigue buscando cómo vengarse.