Hamburguesa vegana, yogur de coco
Quién sabe si nuestras patentes del futuro serán denominaciones de origen de laboratorio
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El otro día fui a un supermercado alemán de cuyo nombre no quiero acordarme. Concienciado por la huella de carbono tan nociva de mi existencia, eché al carro, entre un millón de gangas, un paquete de hamburguesas veganas. Carne sin carne pero con conciencia, ¿qué podía fallar? Llegué a casa con la satisfacción que solo el capitalismo te proporciona cuando gastas sin remordimientos. Un paso más hacia la santidad, me dije frente al espejo del ascensor. Luego repartí buena energía y serenidad de mi espíritu limpio a todos los seres vivos de mi hogar. Impuse las manos, cerré los ojos, ahuyenté a los malos espíritus y encima el plan era cenar hamburguesas. Días así son los que me recomienda mi psicóloga.

No me gusta quedar como un «magufo» ni como un cuñado de los que dicen que no hay nada como desayunar torreznos. Soy de los que les gustaría ser vegetariano pero tienen el «hardware» demasiado viejo para instalarle los programas nuevos y tenemos que tirar con lo que hay salvo que aparezca un tipo en bata blanca y mala letra. Yo lo intenté, pero es que la hamburguesa estaba asquerosa. La textura, el sabor... todo mal. Le puse el kétchup como una venganza y el karma se me ennegreció de nuevo.

En su día no seguí el pleito por el nombre comercial, pero se ve que los ecologistas ganaron en Bruselas y hoy se puede llamar hamburguesa a cualquier trozo redondo de corchopán que se ponga entre dos panes. Bueno, yo vengo a decirles que no todo está perdido. Confío mucho en la ciencia española y hoy se presenta en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) una nueva carne vegetal elaborada a partir de legumbres. ¡Con lo buenas que son las lentejas de la abuela que le gustan incluso a los chefs de Xcándalo! Acerca de ella, aseguran desde el CSIC que «es más saludable y rica en fibra dietética, no contiene aditivos ni alérgenos, y su producción es más sostenible». La «carne» (pondremos comillas de momento) ha sido inventada (o cultivada) por las investigadoras Marta Miguel (CSIC) y Marta Garcés (Universidad Francisco de Vitoria), que agasajarán a la prensa con una degustación del producto. Ese gesto de valentía me inspira toda la confianza y pienso que el destino ha colocado a nuestra humilde nación en ese lugar, el de alimentar el futuro con las dos mayores virtudes: conciencia y sabor. No somos muy buenos en demasiadas cosas, pero la cocina guía nuestro destino. Quién sabe si nuestras patentes del futuro serán denominaciones de origen de laboratorio. Solo pido que lo hagamos bien, no como la cerveza sin alcohol o el yogur de coco. Por cierto, que yo iría a catar la carne, de verdad, pero es que tengo una cosa.