El último fascista

Vivimos un momento en que todo concepto es vulgarizado. Fascismo y antifascismo

José María Asencio Gallego

Tengo treinta y dos años y nunca he visto a un fascista. Me resulta del todo extraño ya que, según las redes sociales y algunos medios de comunicación, en España se cuentan por millones.

Y digo que es extraño porque, como la mayoría de mis conciudadanos, salgo a la calle a diario y trato de conversar con unos y con otros. A veces el diálogo se inclina hacia cuestiones sociales o políticas, algo normal. Y cuando esto sucede, hay quien sostiene posiciones más progresistas o más conservadoras. Todas igualmente respetables, a mi parecer.

El procedimiento es simple: las exponemos, debatimos, introducimos algún que otro argumento y llegamos a una conclusión. No solemos ponernos de acuerdo, es cierto, pero consideramos el punto de vista ajeno y reflexionamos.

Esto último, dicen algunos, es lo que no hacen los fascistas. Ellos no debaten, imponen. Ellos no argumentan, no lo necesitan, pues poseen la razón absoluta. Y sobre todo, ellos no reflexionan, se rigen por dogmas, indiscutibles por definición.

Ahora bien, quienes utilizan esta anacrónica terminología barajan otro criterio, uno infalible, fundamental, determinante para calificar al prójimo como fascista. Y esta regla es mucho más sencilla que la anterior: es fascista todo aquel que no esté absolutamente de acuerdo conmigo.

Además, hay ciertos temas «prohibidos», por todos conocidos, que su mero tratamiento en forma contraria a las posturas oficiales te convierte automáticamente en un fascista. Al igual que la indumentaria. Hay prendas diseñadas por y para fascistas, bisutería de fascistas, cortes de pelo de fascistas. Como tampoco podemos olvidar los símbolos. La bandera española es fascista, el himno español es fascista, el toro de Osborne es fascista.

Por el contrario, la senyera, al igual que la ikurriña, son progresistas. Y el nacionalismo, siempre que, por supuesto no sea el español, lo es aún más.

En resumen, España ha caído en las fauces del fascismo. Y todo ha ocurrido tan rápido que la mayoría no nos hemos dado cuenta. Una noche nos fuimos a dormir en una democracia y a la mañana siguiente, por arte de magia, la mitad de nuestros vecinos se habían convertido en aterradores fascistas. Si Mussolini resucitase, sin duda se pondría muy contento.

Ocurre que, por desgracia, aunque al parecer me rodean, yo soy incapaz de verlos. Me esfuerzo, mucho. Cierro los ojos, los vuelvo a abrir y nada. Ningún fascista a la vista.

Lo que sí he presenciado es el «antifascismo». O, mejor dicho, las nobles acciones de los «jóvenes antifascistas». Luchadores incansables por la libertad propia y la opresión ajena. Héroes anónimos que, con solidaridad y convicción, prenden fuego al mobiliario urbano para calentarnos a todos en los meses más fríos del invierno. Paladines de la justicia que atacan y hieren con palos y piedras a los temibles integrantes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Esos mismos a los que luego acuden cuando algún delincuente sin principios les hurta el móvil en un descuido. ¡Abajo la propiedad! Siempre que no sea la mía.

De un tiempo a esta parte, estos quijotes, apoyados por otros idénticamente ataviados, pero ya institucionalizados, se han autoproclamado los defensores de la democracia y del pueblo, concepto este último nebuloso que ha servido de pretexto para las peores atrocidades de la historia reciente y no tan reciente.

Y es que los demás, el pueblo, indefensos por naturaleza, les hemos de estar profundamente agradecidos por haberse erigido en nuestros salvadores. Los antifascistas nos protegen sin descanso de los fascistas. Y con esta finalidad, impiden que nuestros cerebros sean lavados en conferencias y actos organizados por estos malvados seres. Los fascistas han de ser silenciados. Por eso sus mítines deben ser prohibidos por las autoridades.

La ley, sin embargo, no permite dicha prohibición. Porque resulta que existe un derecho llamado de reunión y otro de libertad de expresión. Así lo establece la Constitución. Pero como la Transición fue fascista, la Constitución también lo es. Y todo derecho reconocido a los fascistas debe ser suspendido. La ley que no prohíbe es mala.

A pesar de ello, hemos de estar tranquilos. Por mucho que un acto no esté prohibido, los antifascistas se encargarán de impedir que se celebre. Usarán sus manos, sus pies y algún inofensivo objeto inanimado. Así volverán a salvarnos, pacíficamente.

Vivimos un momento en que todo concepto es vulgarizado. Fascismo y antifascismo. Nada de lo que vemos hoy en día es ni una cosa ni la otra. Basta con repasar la historia para llegar a esta conclusión.

Ya no quedan fascistas. El último murió hace ya muchos años. Y sin ellos, no puede haber antifascistas. No resucitemos los viejos rencores. Enterrémoslos de una vez por todas.

Y recordemos aquellas palabras de Asimov: la violencia es el último refugio del incompetente. Más de uno debería dejarse caer alguna vez por una biblioteca. Porque si bien los libros arden, es mejor leerlos antes de arrojarlos a la pira.