La caza de la estrella

Patinan los que desde el PP sueñan con derribar a Ayuso sin fundirse los plomos.

FOTO: Gustavo Valiente Europa Press

Cada día, casi cada hora, arrecian las noticias del pique entre Génova y Sol. Hace apenas tres meses la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, conquistó un triunfo apoteósico. Los madrileños premiaron su gestión durante los meses de la peste, cuando España acumulaba algunas de las peores tasas porcentuales del mundo en muertes por Covid. Ayuso salió de las aguas convertida en musa y heroína. Por cada metedura de pata dialéctica dejaba un aldabonazo de coraje; por cada rueda de prensa mustia de Fernando Simón, una propuesta que luego copiaron en el resto de España. Lo suyo fue un latigazo de personalidad en favor de las libertades y la igualdad.

El Partido Popular, que venía de una actuación nefasta en Cataluña, donde echó por la borda lo conquistado en los últimos años por la deriva errática de Génova, recuperó no ya el pulso, que por descontado, sino también la posibilidad de recuperar el gobierno de la nación. El romance entre la Paulette Goddard de Chamberí y los apparatchik del partido, contratados para garantizar el poder del líder, tenía los minutos contados. Los cabezas de huevo y los consejeros, los áulicos y chusqueros comenzaron a sospechar de una victoria brutal. A lo mejor no necesitaban un triunfo tan rotundo. Cundió el pánico a que la nueva Manuela Malasaña no aceptara como tope el gobierno local. Demasiado carisma. Demasiado fervor en las calles. Sabían que la suma de PP y Vox quizá no dé para desalojar a un Pedro Sánchez blindado por la confederación del PSOE con los populistas zurdos y los nacionalistas catalanes y vascos. Una cosa era competir por el procedimiento trancredista de no aportar nada, con la esperanza de que la crisis aplaste a tu enemigo; otra, muy distinta, convivir el día después de una hipotética derrota con una Ayuso venerada por cientos de miles de ciudadanos. A pesar de la madrileñofobia Madrid es mucho Madrid. Ayuso sacó a bailar la capital en los momentos más espantosos. Protegió el comercio. Evitó la ruina de miles y, números cantan, acertó con sus medidas sanitarias. Cuando desde las emisoras y satélites monclovitas crecían los ultrajes contra la ciudad de Goya, su presidenta, a la que tachaban de grillada, en una campaña de repugnante machismo, generó una ola de alegría irrompible. Cuando truenan las bombas Madrid sonríe con plomo en las entrañas. Yerran de forma dramática quienes desde la izquierda dan por perdida una capital a la que caricaturizan con pinturas negrolegendarias igual que patinan los que desde el PP sueñan con derribar a Ayuso sin fundirse los plomos. Pues bien. O aprenden a convivir con la estrella incandescente o están muertos.