Economía

Viaje

Occidente vivió así un fugaz ideal socialdemócrata hasta que la globalización deslocalizó la producción y se la llevó a Asia, África…

La clase media ha realizado un perentorio viaje en la historia cuyos comienzos algunos sitúan en el siglo XVIII, cuando se podía calificar como tal a la baja nobleza y a esos ricos siempre apurados que se encontraban «en el medio», en un escalafón que miraba desde abajo a los poderosos y aún podía congratularse de su suerte si se comparaba con los muy abundantes pobres de necesidad que deambulaban por la época. Esa clase media fue bien distinta de la que se consolidó en el siglo XX y que ha finalizado sus días en este convulso XXI, una época, la actual, que aparentemente ha desterrado las guerras porque ya no hay reyes absolutistas que exijan a los hijos sanos y fuertes de la clase media que engrosen sus ejércitos y se encaminen a una muerte segura en el frente de batalla, pero que ha hecho de la clase media, como siempre, un pelotón de masas destinado al sacrificio. En el siglo XX la clase media logró niveles de renta y de consumo que cualquiera podría calificar de «satisfactorios» y con sus aspiraciones, sociales, económicas y culturales, conformó un mundo que se creía, pero que sobre todo «se soñaba», estable, seguro, próspero, pacífico; procedía en buena medida del proletariado –que el marxismo deseaba emancipar–, con trabajos de por vida en fábricas y servicios, que permitieron a los obreros ofrecer una educación a sus hijos que hasta entonces había sido exclusiva de las élites. Occidente vivió así un fugaz ideal socialdemócrata hasta que la globalización deslocalizó la producción y se la llevó a Asia, África…, a países donde la mano de obra barata, cuando no esclava, permitía extraordinarios beneficios. Y, entonces: ¡adiós clase media! Hubo una feroz transferencia de rentas, y la clase media occidental se convirtió en «precariado» mientras surgía una (precaria) clase media en tales países «emergentes». La Gran Recesión (2007/8) y la crisis pandémica han rematado el bonito ensueño weberiano de la clase media. Y el precariado es ya el pecado capital (mejor dicho: el pecado «del» capital) contemporáneo.