La carta de Blinken

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En la rueda de prensa de Sergéi Lavrov, Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, tras el último encuentro bilateral mantenido en Ginebra con su colega estadounidense Antony Blinken, anunció que todo sigue igual a la espera de la respuesta comprometida por escrito de éste a las cuestiones planteadas por Rusia. Preguntado acerca de si la carta se hará pública, Lavrov es partidario de que así sea, pero lógicamente ha afirmado que debe hablarlo con «el socio estadounidense», como se refiere en todo momento a su colega Blinken, para dejar claro que no considera adversario a los EEUU, y mucho menos enemigo.

En esencia, lo que está en duda es la posibilidad de que Ucrania se incorpore a la OTAN como ha solicitado desde hace años, cuestión que para Rusia resulta una línea roja infranqueable. Por su parte, los aliados occidentales con EEUU asumiendo la representación de la OTAN y la UE, no aceptan que Putin tenga derecho de veto sobre ningún país que libremente solicite la incorporación a la Alianza Atlántica, a lo que éste replica que en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa celebrada al máximo nivel en 1975 en Helsinki, se acordó que «ningún Estado podrá reforzar su seguridad suponiendo una amenaza para otro», lo que considera se da con Ucrania respecto de Rusia.

Como vemos, no les faltan argumentos a unos y otros para defender sus posiciones. Putin añade dos más: uno, que cuando se produjo la implosión de la URSS en 1991, se les garantizó que la OTAN no extendería su presencia hacia el este –la «doctrina Brezhnev sobre la soberanía limitada» de sus vecinas repúblicas comunistas, desde Polonia hasta Albania–, y que ahora son ya 14 los estados de la antigua URSS y de su área de influencia que se han ido incorporando desde entonces.

La otra razón digna de ser reflexionada es que la OTAN nació contra la Unión Soviética, y que la están aplicando contra Rusia, que no es la URSS. Es esta una cuestión importante porque acredita que los aliados confundieron la caída del comunismo con la de la misma Rusia, y ahora se comprueban los efectos. Lo que resulta increíble es que quieran tener por escrito la «capitulación». En la crisis de los misiles de Cuba en 1962, el pacto se conoció con el tiempo por la vía de los hechos, y hubiera sido imposible alcanzarlo de otra manera. La renuncia a ciertos principios –entre ellos, la soberanía de Ucrania– no puede quedar recogida por escrito en una carta.