Yom Kippur

Jesús es el cordero redentor. La víctima de una expiación que lava todo. Es la esperanza de nuestro dolor

Cristina L. Schlichting

Aunque se sabe ahora que los evangelios fueron escritos apenas unas décadas tras la muerte de Jesús de Nazaret, su significado nos sigue resultando opaco en ocasiones. Entre otras cosas porque el joven crucificado era judío y para judíos habló y vivió. Gente perfectamente familiarizada con una liturgia que los hebreos reconocen pero que para el cristiano de hoy es desconocida.

Cuando Jesús decía que iba a morir por los pecados de muchos, que su sangre lavaría el mal, los apóstoles hacías visajes y se desconcertaban. Era un lenguaje duro, pero no impenetrable. Se refería a los sacrificios de sangre que, con motivo del Yom Kipur, la más sagrada festividad de Israel «lavaban» las culpas del pueblo para restañar la Alianza con Dios y reconciliarlo con su Señor. Mientras el templo de Jerusalén existió, en Yom Kipur el sumo sacerdote pronunciaba ese único día el Sancta Sanctorum el nombre de Dios, prohibido para todos siempre. El arca de la alianza se asperjaba con sangre de carneros degollados y así lo infinitamente puro entraba en contacto con lo impuro y lo rescataba. «Esta es mi sangre» dice Jesús en la última cena. «Yo soy el cordero que quita el pecado del mundo». Para sus desconcertados interlocutores es claro que ese joven rabino se erige no sólo en Sumo Sacerdote sino en Ofrenda viva por su pueblo.

En estos días recordamos este extraño sacrificio del joven maestro que subió a Jerusalén por Pascua y que sabía que con ello se metía en la boca del lobo de los que deseaban su muerte. Estaba la ciudad de bote en bote y los jefes de la Sinagoga no pensaban permitir tumultos. Él entra en la ciudad y recibe homenaje de Rey (los reyes de Israel se trasladaban en burro, sobre los mantos de sus súbditos). Él se encara con el Sumo Sacerdote y con Pilatos y reconoce ser el Mesías. Él elige su muerte, en definitiva, tan hasta el fondo que, antes de la crucifixión, cuando se le ofrece vino y mirra como anestesia, como era costumbre, declina el consuelo. Quiere beber el cáliz completo.

¿Por qué el símbolo del cristianismo es una cruz y no una tumba abierta? ¿Por qué la parte más extensa y pormenorizada de los evangelios es la pasión y no la resurrección? ¿Por qué en nuestras ciudades españolas las grandes procesiones son de luto y muerte, no de Pascua? Pues hay exégetas que sostienen que Jesús vino a esto a la tierra. A morir. A coger en sus manos todos nuestros asesinatos, insultos, adulterios, pederastias, vejaciones, torturas y lavarlos. Construir con ello un mundo nuevo. Renovar la creación por el perdón. Jesús es el cordero redentor. La víctima de una expiación que lava todo. Es la esperanza de nuestro dolor.