El doble juego talibán

En el Afganistán de hoy los terroristas no se esconden en Tora Bora sino en centro de Kabul

FOTO: Mazhar Ali Khan AP

Para Estados Unidos Afganistán es una paradoja. El final de la guerra más larga fue el más breve y humillante de todos los conocidos. La intervención militar diseñada en 2001 para derrocar a los talibanes y acabar con los santuarios de la Yihad terminó con los barbudos en el Palacio Presidencial de Kabul en 2021. El descubrimiento del líder de Al Qaeda en Kabul, Ayman Al Zawahiri, en una residencia particular del distrito de Sherpur, a unos cientos de metros del antiguo perímetro de la Zona Verde, la fortaleza construida por los estadounidenses y las fuerzas aliadas durante su misión, es una consecuencia de la precipitada retirada del presidente Joe Biden.

Los talibanes empezaron a reconquistar terreno en 2010. Un año después, los estadounidenses iniciaron discusiones secretas con los insurgentes. Estas conversaciones se conocieron en 2014 y se materializaron en el Acuerdo de Doha en febrero de 2020. En el final de las negociaciones conducidas por la Administración Trump, los talibanes renunciaron vagamente a ser un santuario de la Guerra Santa a cambio de la salida inmediata de las tropas norteamericanas. Biden asumió este acuerdo (malo) sin establecer ninguna condicionalidad ni implementar ningún tipo de vigilancia en el cumplimiento de los compromisos adquiridos por las partes. Un año después de la espantada estadounidense, la presencia del sucesor de Bin Laden en el centro de Kabul demuestra el peligroso doble juego de los talibanes. A diferencia de 2001, los yihadistas no se esconden en las escarpadas montañas de Tora Bora sino que habitan el centro residencial de Kabul.

La espectacular operación quirúrgica para acabar con el líder de Al Qaeda poco atenúa la amenaza que supone para Estados Unidos el regreso del responsable de la muerte de 2.977 personas en las Torres Gemelas a Afganistán. Al Zawahiri no era un terrorista cualquiera. El cirujano egipcio había sido el número dos de Osama Bin Laden durante más de 20 años. Le sucedió en 2011 como jefe de Al Qaeda tras su asesinato en una operación estadounidense en Abbottabad (Pakistán). Menos famoso y menos carismático que el millonario saudí, Al Zawahiri era, sin embargo, una de las figuras clave del mundo de la Yihad, uno de sus destacados teóricos y el arquitecto del sistema de células durmientes. El líder de Al Qaeda predicaba en internet el «deber individual de cada musulmán de matar» a los occidentales en cualquier rincón del planeta. Nacido en 1951 en El Cairo, en el seno de una familia de médicos y académicos de clase media alta, militó en los Hermanos Musulmanes, antes de unirse a un grupo terrorista clandestino, la Yihad Islámica. Conoció en los 80 a Bin Laden combatiendo contra los soviéticos en Afganistán.

En una conversación por email con el profesor de Princeton, Charles M. Cameron, días después de la toma de Kabul, me aseguraba que a menos que los talibanes permitiesen que alguien como Bin Laden utilizase el país para organizar ataques contra Estados Unidos y sus aliados, «no nos importa lo que suceda allí». El acogimiento de los talibanes 2.0 de figuras como la de Al Zawahiri interpela a los países occidentales señalados por el terrorismo islamista (España sufrió uno de los ataques más feroces orquestado por Al Qaeda) sobre los riegos de hoy y de las generaciones futuras.