Son los melones

¿Cómo se hace frente al absurdo populista que nos corroe?

Alejandra  Clements

Uno de los debates que deja la resaca electoral italiana es el forcejeo dialéctico enredado en torno a lo que sea fascismo, posfascismo o neofascismo. Pese a las aristas y a la esencia poliédrica de semejante discusión, la evidencia, además, apunta a lo estéril de ese combate verbal que elude la verdadera raíz de lo ocurrido en Italia. No es preciso recurrir a Ginzburg, que de las camisas negras de aquel movimiento sabía un rato, o a su «Léxico familiar» para constatar la importancia de las palabras en la construcción de recuerdos y también, claro, en su traslación al presente, pero sí es necesario insistir en lo fundamental que resulta nombrar los hechos de forma certera para precisar a qué nos enfrentamos. Incluso para saber, llegado el caso, cómo frenarlo. El desgaste por exceso de uso del término fascismo no solo banaliza la historia reciente de Europa, y la memoria de quienes lo sufrieron, sino que yerra en lo más obvio del diagnóstico: nuestras sociedades no son las de los años 30 o 40. La Unión Europea y su sólida red normativa actúan como amortiguadores de veleidades totalitarias y tentaciones iliberales.

Los postulados de Meloni, incluso aquellos más radicales sobre inmigración o los que aspiran a involucionar lo común sometiéndolo a dictados confesionales, todos, deben encajarse en el marco de los límites democráticos comunitarios y no pueden excederlos ni un milímetro. Es posible que muchos de sus votantes no conozcan al detalle sus propuestas o incluso que ignoren que muchas no son realmente aplicables, pero lo que tienen claro a estas alturas, seguro, es la imagen de la futura primera ministra posando, en plena jornada electoral, con dos melones en sus manos (recurso burdo y soez, incomprensible en territorio Stendhal). Y esa es la clave. Más allá del peligro de ciertas ideas, más allá de lo injustas, equivocadas o abominables que sean, siempre pueden y deben discutirse, combatirse y hasta demolerse. Pero ¿cómo se hace frente al absurdo populista que nos corroe?