Política

¿Hasta cuándo, ministra?

¿Hasta cuándo nos asfixiaremos los ciudadanos entre preguntas que siguen esperando una respuesta?

¿Hasta cuándo resistirá este país instalado en la polémica permanente, en la crispación cíclica, en el precipicio continuo de temer que todo lo que era sólido ya no lo es y en la desconfianza más contumaz aferrada a todos y cada uno de los Poderes del Estado?

¿Hasta cuándo permitiremos que se deteriore el debate público intoxicado por populismos, extremismos y radicalismos ideológicos, enturbiado con decisiones prejuiciosas e irreflexivas que se extienden hasta fagocitar los principios básicos del Estado de Derecho, cuando no los del sentido común?

¿Hasta cuándo tolerar la crispación que genera el enfado como estilo en el ejercicio de la política, con modos de ceños fruncidos y diatribas en lugar de diálogos, con estrategias que apuntan a que dividir resulta más rentable que construir, aunar y rescatar aquel «vamos a ver cómo arreglamos esto» que sustentó la Transición?

¿Hasta cuándo continuará el desprestigio que condena a las instituciones a un punto de no retorno tal que las estructuras propias de una democracia queden difuminadas?

¿Hasta cuándo jugar a que la separación de poderes no es más que un eslogan aparente que inventó un publicista visionario llamado Montesquieu?

¿Hasta cuándo retorcer los cauces constitucionales, abusando de las prisas y las urgencias legislativas, esquivando los controles que permiten a expertos y técnicos garantizar un mínimo nivel de seguridad jurídica que aleje a la sociedad de la siempre peligrosa percepción, más o menos cierta, de indefensión?

¿Hasta cuándo distorsionar el feminismo, pervirtiéndolo como un asunto de mujeres contra hombres y reduciéndolo a mero instrumento al servicio de intereses partidistas, aún a riesgo de romper consensos sociales ya fuertemente arraigados?

¿Hasta cuándo extender la sospecha del «todos contra mí porque soy mujer», como una especie de manía persecutoria de género que termina por ridiculizar las desigualdades reales que todavía son muchas, perjudicándolas aún más?

¿Hasta cuándo será posible desempeñar la actividad pública, ocupar un cargo de servicio insistiendo en una huida hacia adelante sin recapacitar ni reconocer la más mínima posibilidad de error, sin contemplar la opción de rectificación y, lo que resulta más grave, relegando a las víctimas de las decisiones propias a un segundo plano?

¿Hasta cuándo nos asfixiaremos los ciudadanos entre preguntas que siguen esperando una respuesta?

¿Hasta cuándo, señora ministra de Igualdad?