Fútbol

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El bautizo

La Razón
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No es el vil metal, es respirar, asomar la cabeza y deshacer el nudo que te va a crujir el gaznate. Es sonreír al jeque, al indio, al chino o al mismísimo Mr. Marshall si Berlanga, Pepe Isbert y Manolo Morán levantaran la cabeza. Es adecuarse al ritmo de los potentados, aunque con el paso más corto. Es abandonar la miseria, conservar a la figura con la escarapela de la franquicia y apostar por las promesas emergentes sin temor a que un viento más poderoso las levante. Es adaptarse a los tiempos y avanzar más allá de la supervivencia; es congelar, casi para la eternidad, la cinta de lomo para, de cuando en cuando, hincar el diente a un solomillo o cambiar la trucha de piscifactoría por una lubina salvaje. Y es bautizar el estadio.

En España abordó la moda intercontinental Osasuna, que ni con el Reyno de Navarra pudo evitar la pérdida de categoría. No siempre el dinero garantiza la estabilidad, y menos veces aún proporciona un abono para la felicidad. Pero ayuda. Y el Atlético de Madrid, en la onda del PSG o del City, por ejemplo, ha decidido hacerle una peineta a La Peineta –algunos hinchas rojiblancos han considerado que el corte de mangas va dirigido a ellos, a la sagrada memoria, a la liturgia del club, y protestan y protestarán–, valga la redundancia, y a cambio de pingües ingresos extraordinarios le va a poner Wanda de nombre, como el mecenas chino que ostenta el 20 por ciento de la propiedad, y Metropolitano de apellido, haciendo un guiño a la historia en un intento de recuperar la tradición sin que a Miguel Ángel Gil y a Cerezo les rompan la cara. Son los nuevos tiempos. La herencia es importante; pero el fútbol y la estabilidad, mucho más.