Teatro

Alfonso Ussía

El jamás «Goya de Honor»

La Razón
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Me va a matar cuando lea estos datos históricamente comprobados. Tiene más o menos 87 años, un talento profesional tan alto como el personal, una mujer prodigiosa, le gustan las angulas de «Kulixka», sus hijos le adoran, y los sábados actúa en sesión doble, de tarde y noche, en los teatros de España que él sólo sabe llenar de público voluntario. Se llama Arturo Fernández. Además de actor es productor de sus montajes teatrales, a la vez empresario y trabajador, y nunca ha recibido ni una peseta –antes del 2001–, ni un euro –después del 2001–, de subvención. Por eso jamás será «Goya de Honor», que manda huevos el honor de los «Goya».

Mi relación personal con él es de amistad constante, sólo agrietada cuando le recuerdan sus seguidores, centenares de miles en toda España, que he sido más guapo y elegante que él. No tolera esta verdad ni admite discusiones al respecto. Me lo dijo Antonio Mingote, el genio ya marchado, gran amigo también de Arturo. –Lo único que le molesta a Arturo de ti, es tu elegante belleza–. La modelo brasileña Giselle Bundchen, o algo así, tuvo a bien confesármelo en una cena en Gstaad, allá en Suiza: –Alfonso, Arturo es fantástico, pero a tu lado, parece hasta bajito–. La vida, sus cosas y sus circunstancias.

Sucede que este tipo, celos aparte, ha sido y es el más grande de todos los que se dedican al arte de la interpretación. Ha protagonizado películas notables y se ha mantenido, con éxito permanente sobre los escenarios, trasladando y regalando su magisterio en directo a millones de espectadores, los cuales, con enorme educación, han pasado por taquilla para disfrutar de la genialidad interpretativa de este genio de Gijón cuyo único pecado es su obsesión por copiarme las telas y los cuellos de mis camisas.

Arturo no es comunista. Tampoco socialista. Menos aún, estalinista. Su madre era una frasquera de Gijón, una limpiadora de cascos de cristal que se renovaban para garantizar el agua a los pescadores y marineros de los pesqueros de altura que partían del Musel. Arturo, que es amigo de todos y respeta las ideologías y claudicaciones de sus compañeros de profesión, el humilde hijo de la maravillosa frasquera y del padre un tanto despegado, es de derechas. Y esa democrática elección ideológica, unida a la envidia y al rencor que la decencia profesional conlleva, le ha clausurado la posibilidad de ser «Goya de Honor» por el sectarismo de los que dicen ser académicos, cuando en realidad son otra cosa, porque una Academia con más de mil académicos es como una cena íntima con más de mil invitados.

Arturo Fernández ha conseguido, al cabo del tiempo, no aumentar su talento –que lo tuvo desde sus principios–, sino alcanzar el supremo don de la naturalidad interpretiva. Como Gassman, como Sordi, como Isbert, como José Luis Ozores, como el repescado por Berlanga Luis Escobar, que tampoco hubiera conseguido que la mediocridad le concediera el «Goya de Honor» por ser el marqués de las Marismas del Guadalquivir, amén de un adversario a ultranza de la mariconería consagrada como virtud. «No, no, yo no soy gay, soy un marica de los de toda la vida». Y sin ser actor –fue un gran director–, sobrevoló a todos los actores profesionales que actuaron en las escopetas nacionales berlanguianas.

Arturo Fernández es el mejor de todos. El más grande. Jamás recibirá el «Goya de Honor». Y yo le felicito por ello. Goya está siendo manipulado, y Arturo Fernández ha triunfado sin manipular a nadie, y menos aún, al dinero público entregado desde la desfachatez. De ser algo de honor, sería «Velázquez de Honor», que es un honor algo más alto que un «Goya».