«Los Isidros»

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Un día llegaron las máquinas y en el campo dejó de haber trabajo y porvenir. Entonces fue cuando nos vinimos a la capital y los pueblos fueron quedándose vacíos. En verano volvíamos y fuimos los primeros en darnos cuenta de que la despoblación de la España interior era el mayor drama social de nuestro tiempo. Y aquí estamos, en la capital. Somos «los Isidros», al principio humillados y ahora orgullosos de ser de pueblo, aunque el pueblo esté muerto. Es natural, compréndanlo, que los hijos de labradores celebremos orgullosamente la fiesta de nuestro patrón, le imploremos y honremos su memoria.

Los tiempos han cambiado. A nadie se le ocurre hoy buscar ángeles arando el campo mientras el santo reza, que más parece una escena de realidad virtual. Entre otras cosas, porque no quedan bueyes y apenas queda campo libre entre autopistas, urbanizaciones, edificios de oficinas y gigantescos espacios comerciales, esas nuevas catedrales del consumo. No es tampoco seguro que queden ángeles y santos en los tiempos que corren. Aquella fue una familia singular, pero muy cercana a nosotros «los isidros», los que vinimos del pueblo a la ciudad con el hato al hombro y aún sentimos en la mano los callos de la esteva del arado. También san Isidro –vale la pena recordarlo– anduvo de acá para allá. Se ve que a comienzos del siglo XII tampoco había mucha oferta de empleo. Trabajó de pocero –¡como el de Seseña!–, salió por pies de Madrid en 1110 cuando llegaron los almorávides, recaló en Torrelaguna, donde conoció a María, que era de Uceda (Guadalajara) y se casaron. María, una santa, poseía una heredad en su pueblo, apenas unos pegujales, y a Uceda se fueron. Pero aquello no daba para vivir y el bueno de Isidro se volvió a Madrid y se ajustó con Juan de Vargas como jornalero del campo. Cuentan las crónicas que al rayar el alba oía misa en la iglesia de San Andrés antes de cruzar con los bueyes el Manzanares por el puente de Segovia.

En el cielo de Madrid asoma el sol por una rendija azul entre las nubes. Pronto volverá la lluvia. Mala tarde de toros en las Ventas. Se complica la fiesta en la pradera. ¡Que san Isidro, nuestro patrón, nos ayude! No sé si es un milagro suyo o una ilusión mía, pero el regreso al pueblo ha comenzado.