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Macron y los padres

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Tiempo de lectura 4 min.

10 de junio de 2018. 22:16h

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Tomás Gómez 10/6/2018

Se está generando un debate en torno a la iniciativa del presidente Macron, que ha prohibido por ley el uso del teléfono móvil en los colegios. La decisión es la materialización de un compromiso electoral en un país en el que el 93% de los menores de entre 12 y 17 años tiene teléfono móvil.

Los defensores de la prohibición argumentan que los smartphones favorecen el ciberacoso, distraen a los alumnos en clase y, además, los expone a imágenes de violencia o de tipo sexual.

En nuestro país, las cifras son muy similares, la disposición de teléfono móvil se incrementa significativamente a partir de los 10 años, hasta alcanzar el 94% en la población de 15.

Los padres compran un smartphone a sus hijos con una edad media entre los 11 y 12 años, el argumento siempre es la mayor facilidad para la localización de los niños. Pero muchos adolescentes exigen móviles por otras razones, así por ejemplo, el modelo de teléfono se ha convertido en un símbolo de estatus o la pasión por el uso de redes sociales, que se ha disparado.

La pregunta que debe formularse no es tanto la edad, sino para qué y como lo usan. Se trata de una cuestión que trasciende a la escuela y que alcanza de pleno a las familias. El uso de dispositivos electrónicos para entretener a los niños en los viajes o en los hogares se ha normalizado hasta el punto que el uso de consolas se ha situado detrás de tablets, smartphones y DVDs.

Cuando los padres son los que inician y equipan a sus hijos con las nuevas tecnologías, es difícil corregir en el aula los hábitos de uso y la prohibición se muestra ineficaz.

Por otra parte, estos dispositivos están irrumpiendo en todos los ámbitos de la vida y, por supuesto, también en la enseñanza. El uso de plataformas informáticas como Moodle o BlackBoard, por citar las más habituales, no solo establece una comunicación alumno-profesor diferente, sino que ha modificado la manera de estudio.

La incorporación de videos como materiales didácticos e incluso la resolución de exámenes online desde el propio domicilio, abren nuevas puertas que no se deben desaprovechar.

En pocos años, los libros de texto tradicionales serán objetos de museo porque no será sustituidos, ni siquiera, por libros electrónicos sino por APPs interactivas que sumarán una solución personalizada a cada alumno a los contenidos tradicionales de los manuales actuales, por no decir que la actualización de la materia será inmediata y más barata que el cambio de libros cada curso.

Por norma, suelo ser escéptico con las prohibiciones, suelen producir el efecto contrario al que buscan, pero en este caso mis dudas son mayores todavía. No se debe renunciar a los beneficios del avance tecnológico y, menos aún, cuando dentro de unos años un smartphone de unos centímetros habrá sustituido a las antiguas mochilas cargadas de pesados libros.

Como todo avance, tiene su lado oscuro y ese es el que ha visibilizado la iniciativa francesa, aunque, quizá sería más inteligente poner el acento en la manera en como los padres educan a sus hijos en los hogares.

Por su parte, los profesores deberían dejar de considerar estos aparatos una amenaza e intentar convertirlos en aliados estableciendo estrategias pedagógicas adecuadas.

Probablemente no haya una edad idónea para utilizar el móvil, más bien deberá analizarse si el contexto y las características de cada joven son adecuados. Encontrar el equilibrio entre la madurez personal y el entorno escolar y familiar es tarea de los pedagogos, pero sobre todo, de las familias.

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