Ángela Vallvey

Mendigar

La Razón
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Recuerdo la lección que recibí, en un país pobre de Asia, de un voluntario que trabajaba en una ONG. Era un hombre joven, que velaba por los niños de la calle. Enfermos, solos, sucios, prostituidos..., muchas criaturas rondaban en grupos desesperados, o en solitario, mendigando entre los turistas de mirada alucinada y algo de sobrepeso (en la barriga, en la cartera). Era muy difícil resistirse a la mirada de aquellos críos. Dura, vacía y adulta, con un reproche hondo que traspasaba la conciencia como un cuchillo en el agua. Era imposible ignorarlos, no sentir un pellizco en el corazón al mirarlos, no darles unas monedas para tranquilizar el alboroto del espíritu, la angustia ante la condición humana que fomenta la desigualdad, la injusticia, siempre sobre los más débiles.

Recuerdo que repartí entre aquellos chicos todas las monedas que tenía. Luego los billetes. Hasta que me quedé sin dinero. Entonces empecé a entregarles las cosas que llevaba encima, incluso algo de ropa. Un fular. Una muñequera. Una rebeca. Luego, unos prismáticos. Un pintalabios... En esas estaba cuando el joven se me acercó. Era francés, me dijo que llevaba dos años trabajando en el país. Me aleccionó sobre qué cosa es la mendicidad. Me regañó como una abuelita amonestaría a un joven imbécil ignorante de la vida. Con una sonrisa, pero con firmeza de hierro. Me aseguró que, por cada limosna que yo daba, alejaba un poco más a aquellos niños de la escuela. «¿No te das cuenta de que si pagas a un niño mendigo por tender la mano le haces ganar dinero por ser analfabeto? Así, el niño mendigo nunca irá a la escuela, donde nadie le da dinero, sino educación, futuro... Con tu limosna estás favoreciendo al niño que mendiga por encima del que asiste al colegio. Lucho cada día intentando que estos muchachos vayan a la escuela, mientras que la gente como tú los aleja de ella. Todo el trabajo que yo hago, tú lo deshaces....».

Nunca se me había ocurrido analizar así el «problema de la mendicidad». Creía que era una cuestión de compasión, y yo quería ser «buena», solidaria. Años después he visto cómo aumentaba la mendicidad en lugares como Madrid. Sé que estos mendigos son esclavos de mafias internacionales. Recuerdo a aquellos niños, y al joven que ya será un hombre maduro. Aún me cuesta «no» dar limosna. No sentir la misma vieja vergüenza. Aquella náusea.