Joaquín Marco

Ortega

En la importante sesión parlamentaria del pasado miércoles, donde se aprobó la abdicación de Juan Carlos I, los diversos parlamentarios intervinientes mencionaron la figura de José Ortega y Gasset por tres veces. Ello quiere decir que su figura y sus reflexiones siguen vivas en el subconsciente español. No sé si los jóvenes lo leen, supongo que poco, pero en el siglo XX, que vivió con intensidad, detectó algunas de las cuestiones que siguen pesando sobre esta España que demanda parecidos cambios a estas alturas del siglo XXI. Esta reflexión sobre Ortega procede de la lectura de la brillante biografía que acaba de publicar Jordi Gracia, catedrático de la Universidad de Barcelona, en 687 páginas, más un apéndice de ilustraciones orteguianas, que no tienen desperdicio (Taurus y Fundación Juan March). Hasta hace bien poco estábamos huérfanos en el género biográfico, pero la situación ha cambiado en poco tiempo y el libro de Gracia viene a confirmarlo. No se trata de una biografía habitual, porque con Ortega como objetivo tampoco podía serlo. La evolución del personaje, desde su infancia hasta su fallecimiento, se relata sirviéndose de sanos recursos narrativos. Mantiene a lo largo de la obra todo su interés, mostrando la evolución de sus ideas, sus frecuentes viajes y sus amistades en una historia española cargada de avatares. Porque Ortega es, ante todo, un analista lúcido de su tiempo y del que va a llegar. Desde su infancia, como «emperador» en el colegio de los jesuitas, tiene clara su misión reformista y su propia relevancia desde una formación filosófica germánica. Atiende al socialismo democrático, aunque, dado su pensamiento aristocratizante, estima que las masas constituyen un peligro. Su reformismo conservador le convierte en protagonista y en el único rector de sus decisiones.

Sus orígenes familiares y el ejemplo de su padre marcarán, tal vez, en mayor medida de lo que creyó el carácter de su obra y los empeños editoriales en los que anduvo. Porque Ortega tuvo su propio «sistema», pero no los libros que debían desplegarlo. Escribió multitud de artículos en la prensa, en las revistas. El conjunto de su pensamiento se desplegó en el olor de la tinta de las imprentas. Sus libros acogen mucho de lo ya articulado en los periódicos y en sus cursos y conferencias. El mejor hallazgo de Jordi Gracia ha sido desmenuzar históricamente cada uno de sus escritos y servirse de ellos para ir pautando el enriquecimiento intelectual del personaje. Ortega se servía de textos de diversas épocas junto a otros de mera actualidad. Desbrozar este camino no habrá sido tarea fácil, ni vagabundear por las memorias de tantos personajes de su tiempo que le trataron más o menos íntimamente. Algunas de sus ideas pueden parecernos ahora ambiguas. Gracia califica de «ratificación personal» el claro egocentrismo que le caracterizó. Convirtió en objetivo de su cruzada el combate contra «el plebeyismo (que) es realidad un hijo defectuoso de otro triunfo, el de la democracia convertida en fábrica degradante y destructora de la calidad en favor del dominio de la cantidad». Y ello no es una característica nacional, aunque entre nosotros esté más acentuada. Antes de redactar «La rebelión de las masas» en 1929 y 1930, germinaba ya la idea de que las minorías deberían reconocerse socialmente para que éstas, a su vez, educaran a las mayorías. En definitiva, sus ideas no quedan tan lejos de las de un ilustrado dieciochesco. La vocación política de Ortega queda fuera de toda duda desde sus primeras incursiones en el periodismo y en la creación de periódicos o revistas, que habían de ser el vehículo de un ideario que pretende cubrir todos los espacios de raíz cultural de su tiempo. Sus polémicas con Miguel de Unamuno fueron constantes, pero el rector de Salamanca no dejó de influirle. Eran dos extremos de un pensamiento que enriqueció la España de su época. En su crítica a la novela de su tiempo no percibió, salvo en Proust o Dostoievski, la abundancia de textos extraordinarios que estaban surgiendo a su alrededor.

Su primer artículo sobre Freud fue de 1911 y más tarde se ocupó de editar en castellano su obra completa. Einstein fue otro referente. Ortega dice haber coincidido con él al menos desde 1916 y en el prólogo a «El Espectador», explicó su perspectivismo: «Hago esta advertencia para mostrar hasta qué punto es un signo de los tiempos pareja manera de pensar'». Pero las zonas más apasionantes de esta biografía sirven para matizar su posición ante la dictadura de Primo de Rivera y ante el franquismo. Y digo matizar porque los datos fuera de contexto pueden mostrar otra imagen más inclemente del filósofo, que marcha a toda prisa al exilio pocos días antes del 18 de julio de 1936. No van a ser fáciles los años en los que reside en Francia, Portugal y Buenos Aires. Pero la capital argentina no tendrá las resonancias admirativas de su triunfal primer viaje. La salud tampoco le acompañará. Su retorno a España, pese a su voluntad de romper con determinados silencios, se encuentra lleno de dificultades. Su voluntad de mantenerse distante desde el comienzo de la guerra no será entendida por sus más fieles, salvo los que permanecieron aquí. Todos los miembros de mi generación leímos a Ortega con fervor. El día de su entierro hubo una pequeña manifestación de estudiantes en Madrid que fue debidamente reprimida. Se lamenta el biógrafo de no haber podido acceder a las claves de su intimidad. Tal vez no hubiera otras, sino las que él mismo espiga en su epistolario y en el resto de su obra. En una «Bibliografía razonada» descubrirá el lector el laberinto que significa todavía para los especialistas el conjunto de su obra.