Opinión

Explicación insuficiente

La Razón
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La confesión de parte hecha ayer por el ex presidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol i Soley, uno de los políticos españoles que ha tenido gran influencia en la configuración de la España actual, tiene tanta trascendencia y, con toda seguridad, acarreará tan importantes consecuencias políticas, que aconseja abordarla sin caer en juicios de intenciones y sin pretender otras interpretaciones que las que se desprenden por sí mismas de un texto en el que, por otra parte, las sombras priman sobre la necesaria claridad. De hecho, la primera acción que se puede y se debe reclamar de los poderes públicos es que tomen a la mayor celeridad la palabra al ex presidente cuando afirma su «compromiso absoluto» de comparecer ante la inspección tributaria o ante las instancias judiciales que sean pertinentes. Porque, consideraciones morales aparte, los hechos descritos por Jordi Pujol, que reconoce paladinamente haber mantenido unos fondos en el extranjero que fueron ocultados durante tres décadas, primero por su padre, luego por él mismo y, a continuación, por uno de sus hijos, dejan en el aire y en la confusión muchas de las cuestiones sobre el enriquecimiento de su familia que actualmente se ventilan y, desde luego, no sólo en el ámbito de las insinuaciones y los comentarios más o menos públicos, sino en las investigaciones abiertas por distintas fiscalías y en los requerimientos internacionales de información bancaria de la Inspección de Hacienda. Aun en los primeros estadios de la investigación, los cálculos más moderados cifran en decenas de millones de euros el dinero familiar mantenido irregularmente en paraísos fiscales. Pero aunque todo haya sucedido como dice Jordi Pujol, aunque el origen de la enorme fortuna sea esa herencia ocultada durante tantos años y regularizada gracias a la última amnistía fiscal, la cuestión de las responsabilidades no puede reducirse a quien, desde un arraigado sentimiento patriarcal, se arroga toda la culpa, ni debe quedar circunscrita a la mera restitución de los impuestos evadidos. No. Existe también una responsabilidad política, si se quiere de etiología ambiental, en el conjunto del nacionalismo orgánico catalán, especialmente en Convergencia i Unió, que nunca ha querido reconocer lo que representaba de anomalía democrática, de falta de higiene social, las sempiternas relaciones del clan Pujol con las instituciones públicas, o el recurso airado a envolverse en la bandera y el patriotismo cuando se reclamaban explicaciones del todo razonables. Hace bien en pedir perdón el ex presidente a las gentes de buena voluntad, las que sí pagaban sus impuestos y sufren ahora los ajustes, que le reconocieron y apreciaron como a un líder carismático. También debería pedirlo Artur Mas, aunque sólo sea porque no quiso enterarse de nada.