Quisicosas

No éramos tontas

En los libros de texto apenas salían Teresa de Ávila, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán y Marie Curie.

En los setenta, un chaval listo acababa configurando un altarcillo de penates que apilaba efigies de Marco Polo o Hemingway, pasando por grandes filósofos, artistas y escritores de todas las épocas. Una niña lista, era huérfana. En los libros de texto apenas salían Teresa de Ávila, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán y Marie Curie. Muchas veces me pregunté por qué no habría grandes filósofas, pintoras, escritoras, compositoras y acabé concluyendo que, o eran más tontas las mujeres o las había fagocitado la vida doméstica.

Naturalmente, una sobrevivía intelectualmente, porque el cerebro no tiene sexo y los cuadros, ensayos, novelas, sinfonías de los varones calentaban el corazón. Sin embargo, había una soledad de referentes, un vacío de heroínas. ¿Por qué no había alumbrado la historia una Beethoven, una Velázquez mujer, una Cervantes? Los mitos son importantes para fundamentar la seguridad en uno mismo.

Con el tiempo descubrí que las pinturas geniales de Sofonisba de Anguissola (1535-1625) habían sido atribuidas a Alonso Sánchez Coello en las salas del Prado que visitaba con mi padre. Que había cientos de filósofas como Hanna Arendt o Edith Stein y numerosas científicas como la astrónoma Caroline Lucretia Herschel (1750-1848) o la matemática María Andresa Casamayor (1720-1780). Que el genio floreció entre las mujeres, sólo que nadie lo contó y la mayoría de las biografías femeninas se han perdido. Trabajaron en los talleres de sus padres o maridos, como las escultoras Inés Salzillo o Luisa Roldán, «La Roldana». O con pseudónimo masculino (Carmen de Burgos, Cecilia Böhl de Faber, Rosario de Acuña). El marido de María Lejárraga, Gregorio Martínez Sierra, firmó toda su vida las obras de su esposa y no sólo recibía los honores públicos, sino que llegó a dar conferencias sobre la mujer porque el tema era recurrente en «sus» textos (¡los de ella!).

La modernidad ha sido más cicatera que la antigüedad. Las reinas y abadesas medievales han ocupado más páginas que los talentos femeninos desde el siglo de oro. Es hora de revisar los libros de texto, no por corrección política ni cultura de cancelación, sino por amor a la verdad. Conviene que los alumnos sepan que el mundo se construye entre hombres y mujeres. Ojalá que nuestras nietas sepan que Sofonisba, alumna de Miguel Ángel, pintó el retrato más conocido de Felipe II, el del gorro cónico. Que La Roldana tuvo por clientes a Carlos II y Felipe V. Que la ciencia compleja está al alcance de las damas y que su talento puede alumbrar dramas, sinfonías o cuadros perfectos. Si lo hacemos cultivaremos el talento de las chicas futuras, que desarrollarán con naturalidad dones para todos.