
Escrito en la pared
De lo rural y lo urbano
La cultura rural experimenta un borrado orwelliano que convierte a la especulación conservacionista en única verdad
Fue el historiador árabe Ibn Jaldún quien, mediado el siglo XIV, observó en su «Muqaddimah» que si bien «el desierto es la base y reserva de la civilización y las ciudades», los beduinos solían aspirar a la vida sedentaria urbana en tanto que los ciudadanos se desentendían de la naturaleza. El contraste entre lo rural y lo urbano se ha desarrollado así durante siglos, aunque sólo en nuestro tiempo se ha llegado al extremo de casi anular el primero para acentuar el segundo. En España, la población rural apenas llega al 16 por ciento del total, aunque su hábitat se extiende sobre más de las cuatro quintas partes del territorio. Las ciudades han vaciado una gran parte de su entorno, ensanchando su poder de atracción y desvinculando a sus moradores de su fundamento civilizatorio. Es en este contexto en el que, en las últimas décadas, el ecologismo radical ha encontrado el medio para imponer un supuesto conservacionismo que pugna por dejar a la naturaleza que siga su curso sin ninguna intervención, poniendo así tabas a la cultura rural, a su manejo de los recursos y a su habilidad para obtener un rendimiento de la tierra. Hoy el medio agrario desaparece bajo el influjo de unas instalaciones energéticas «renovables» que no le ofrecen nada para su desarrollo, al contrario de lo que hicieron los embalses que, si bien ahogaron valles y pueblos, proporcionaron el agua para los cultivos de regadío y el aumento de la producción de alimentos. Pero ahora la política agraria propugna su abandono ofreciendo rentas para no producir nada, en la confianza de que podremos importar barato lo que comemos -terrible credulidad ésta que puede llevarnos al hambre en el convulso siglo en el que vivimos, cuando los tambores de guerra resuenan con alarmante insistencia-. De este modo la cultura rural experimenta un borrado orwelliano que convierte a la especulación conservacionista en única verdad. Las ciudades se expanden así glamurosas, con sus parques y jardines, remedo de la naturaleza, hasta que ésta, como hemos vivido en estos días agosteños en los que quiebra el verano, dejada a su suerte, estalla en los colores del incendio y propaga la humareda que ahoga a sus habitantes.
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