“El estado de alerta nos agota y la consecuencia es la enfermedad mental"

Víctor Pérez Solá, jefe de Psiquiatría del Hospital del Mar, advierte de que en las crisis “siempre aumenta el número de suicidios”

Los españoles hemos dejado de ser felices. Es lo que nos ha anunciado una encuesta esta semana, como si no lo sospecháramos ya. El virus nos ha inoculado un estado de alerta propio de una guerra. Y tanto estrés continuado desata patologías de ansiedad, depresión, adicciones y, en último término, redunda en un aumento de suicidios. Pese a este negro panorama, el psiquiatra Pérez Solá mantiene un optimismo que a él le viene de fábrica.

–¿Cómo va la salud mental de los sanitarios?

–Durante el principio de la pandemia tuvimos un golpe tremendo, cuando los hospitales se bloquearon. Hubo mucha gente que lo pasó fatal. Presenciar tantas muertes y tanto desastre fue muy duro, sobre todo para aquellos que no estaban acostumbrados a trabajar en primera línea.

–¿Cómo afrontan la segunda ola? Estarán extenuados...

–Aquellos que lo pasaron mal, que estuvieron haciendo turnos de doce horas un día detrás de otro, tienen mucho miedo a que vuelvan esos momentos. En torno al 10 o el 15 por ciento tuvo síntomas importantes de ansiedad, insomnio, estrés e, incluso, depresión.

–¿Cómo nos ve al resto?

–Depende mucho de lo optimista que sea uno, y yo lo soy. Creo que la población sobrellevó tremendamente bien el confinamiento, el aislamiento. Fue ejemplar. El problema ahora es que el sistema está muy tensado. Los médicos de primaria están en primera línea de fuego, están aguantando una presión tremenda, y eso hace que la red sanitaria no sea tan accesible. A Salud Mental nos llegan muchos menos enfermos de los que debería.

–¿Qué patologías mentales han aumentado?

–En situaciones de crisis se dan cuatro caballos de batalla. Todo lo que tiene que ver con la sintomatología ansiosa, depresión, el uso de alcohol y drogas, y las tendencias suicidas.

–¿Ha aumentado el número de suicidios?

–Todavía no tenemos los datos, pero sí contamos con la información de lo que pasó en otras crisis como la de 2008. Es algo que ocurre. Entre 2008 y 2010, pese a los recortes, el estado de salud de la población solo empeoró en el terreno mental. La enorme incertidumbre que hay en lo económico conlleva enfermedad mental.

–¿Por qué se nos da tan mal la incertidumbre?

–Es un mecanismo de adaptación sano. Cuando no conocemos el futuro y no tenemos información, cuando no sabemos si el virus se contagia por el aire acondicionado o cómo va a ir la segunda ola de la pandemia, se activa nuestro sistema de alerta. Es lo que permite adaptarnos.

–Tanta alerta nos agota.

–Es un sistema imprescindible para la vida, pero genera un consumo de recursos, energía y estrés que causa cansancio. Cuando a la gente la tienes mucho tiempo así tiene consecuencias, las más frecuentes de enfermedad mental.

–¿No estamos saturados de tanta información negativa?

–El consejo siempre es el mismo: elige un medio, entérate de lo que pasa a través de él y créetelo. Por desgracia, la tentación de estar conectados todo el rato al móvil es alta por el miedo que tenemos. Nos pasa a todos y a algunos les causa trastornos importantes.

–¿Qué secuelas psíquicas observa en pacientes de Covid?

–En la fase aguda sobre todo veíamos cuadros de delirio similares a las intoxicaciones o los cuadros vasculares por lesión directa cerebral y por los fármacos. Ahora estamos viendo sintomatología leve de ansiedad y depresión, y un alto porcentaje de cansancio.

–¿Nos habría ayudado a asimilar lo que ha pasado ver imágenes más explícitas?

–No lo creo. Organizaciones como la OMS recomiendan que las autoridades sean transparentes, que den los mensajes que tengan que dar, sin expectativas irreales pero sí con cierto optimismo. Quizá podría haber influido en que la gente se tomara más en serio la mascarilla o el aislamiento, pero la realidad es que la mayoría de la población está siendo tremendamente responsable. Ver más ataúdes no hubiera cambiado eso.

–¿Nos estamos volviendo más hostiles?

–El estado de contención implica un cansancio, y uno de los síntomas más frecuentes es la irritabilidad. Toleramos peor la frustración. En el servicio sanitario lo vemos, hay muchas quejas. La mayoría acepta la teleconferencia, pero hay otros que necesitan el contacto directo.

–Los pacientes se quejan de esa distancia.

–Pagaremos un precio alto por eso. Las enfermedades crónicas tienen peor evolución porque no se hacen los controles necesarios. O se hacen por teléfono.

–¿No se prescribe demasiada medicación y poca terapia?

–Siempre se ha utilizado más medicación de la que se debería prescribir, sobre todo sedantes. La terapia es un bien escaso en nuestro sistema de salud y la gran asignatura pendiente.

–¿Qué le diría a tanta gente que ha quedado atrapada en un duelo suspendido?

–El duelo es un proceso normal, no una enfermedad. Para los más optimistas, entre los que me encuentro, puede ser hasta un crecimiento personal. Aunque no nos guste. Muchas veces te hace ser otra persona de la que eras. Además, la gente es más capaz de asumirlo cuando se debe a causas naturales que a un atentado terrorista, por ejemplo. Hubo muchos enfermos que murieron solos y sus familias no pudieron hacer el duelo tradicional. Eso implica que la elaboración va a ser más compleja y pueden aparecer síntomas que se pueden trabajar en grupos de autoayuda o superación. No tiene por qué complicarse. El duelo es algo que no se queda nunca suspendido.

–¿Hemos aprendido algo o la segunda ola nos ha pillado igual?

–En esto no soy tan optimista. Todavía no ha pasado el tiempo suficiente para que hayamos asimilado todo lo que nos ha pasado por encima en este tiempo. La situación de estrés, híperalerta e incertidumbre no ayuda a consolidar lo aprendido.