Vida y muerte en la planta Covid del Marañón

Entramos en la unidad de Neumología del hospital más grande de España, la Zona Cero de la segunda ola de la pandemia

A las puertas de la unidad 3.300 del Hospital Gregorio Marañón, un hombre de mediana edad se prepara para despedirse de su padre. Ha muerto esta mañana a los 73 años después de más de un mes batallando contra la enfermedad en la cama 16. No ha podido ser. Una enfermera con los ojos llorosos se cruza con el hijo, al que un auxiliar ayuda a colocarse la protección necesaria para entrar en la habitación con seguridad. Es el ritual de la muerte que se repite desde hace ocho meses en esta planta especial de Covid del hospital más grande de España.

A pocos metros, una historia de éxito anima a mantener la esperanza entre tanto sufrimiento. Vicente, de 72 años, se prepara para recibir el alta en 48 horas. Está exultante porque hoy cumple 50 años casado con Ramona, a la que va a poder abrazar muy pronto. Es lo único en lo que ha pensado durante el mes que ha estado ingresado y, aunque lo peor quedó atrás, este hombre no olvida el calvario que ha vivido. Su caso podía haber terminado mal por sus patologías previas, es diabético y tiene un marcapasos. Pese a que cumplía las condiciones para haber estado intubado y en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), se ha librado por razones que los médicos no alcanzan a entender. Es que nadie sabe todavía cómo opera este virus caprichoso que tiene a la comunidad médica desnortada.

Vicente daba por hecho que se moría y llegó a llamar a su hijo para decirle lo que debía hacer llegado el momento: «Me he sentido muy malo, no tenía miedo de morirme, pero tenía claro que iba a ocurrir. Lo veía tan seguro como que estamos ahora aquí. Hablé con mi hijo y le dije que vendiera el coche, los arreglos de la lápida...». Antes de enfermar nunca pensó que le iba tocar la china porque se protegía a base de bien, solo salía a dar largos paseos por las vías del tren, donde no se cruzaba con nadie. Se enteró en un chequeo rutinario antes de una cirugía menor y, a partir de ese momento, todo se precipitó.

Los médicos a los que Vicente aplaudía todos los días a las ocho «hasta que me dolían las manos» y que le han salvado la vida siguen trabajando a destajo en esta Unidad de Neumología del Marañón. Cada mañana arrancan la jornada a las ocho y media en punto con una reunión en la que repasan el estado de los 26 pacientes de la planta. En este hospital hubo hasta 1064 enfermos ingresados por Covid-19 en el pico más alto de la pandemia. Ahora el número ha caído a 238, de los cuales 44 están en la UCI. Un descenso muy considerable que, sin embargo, no les hace bajar la guardia.

Vicente, paciente de Covid-19, está a punto de recibir el alta tras un mes ingresado
Vicente, paciente de Covid-19, está a punto de recibir el alta tras un mes ingresadoRuben mondeloLa razon

El equipo está formado por 25 enfermeros, una veintena de auxiliares y 17 médicos para cubrir las 24 horas del día. El cansancio se deja notar y ya han sufrido alguna baja por estrés porque la exigencia es máxima. Javier de Miguel, jefe de Sección, recuerda que «la primera ola la vivimos por fases, pasamos del miedo al bloqueo y a darlo todo. La carga emocional fue enorme. Ahora el tiempo ha producido un gran desgaste porque vemos que esto no tiene fin, no sabemos cuándo acabará. Estamos agotados. De la motivación hemos pasado a la resignación».

A su lado asiente Luis Puente, jefe de Servicio de Neumología. «Los sanitarios sentían miedo y lo vencieron. Muchos cayeron enfermos, como yo mismo. Lo superamos. Las vidas familiares de todos se han visto afectadas por el exceso de trabajo y se empieza a acusar el castigo», explica. Se calcula que un cuarto de los sanitarios acabaron infectados por el coronavirus, seguramente porque la enorme confusión del principio les llevó a no tomar las debidas precauciones. La sensación general es que el hospital lo hizo «extraordinariamente bien, se tomaron muchas decisiones que salvaron vidas. Ya nos pasó el 11-M, cuando sacamos lo mejor de nosotros». Sin embargo, Puente también se da cuenta de que cunde «una sensación de hastío, de que esto no va para adelante». Este doctor compara la experiencia vivida con una guerra: «De repente te ataca el enemigo y tienes que organizar toda tu defensa».

Escuchando a estos profesionales da la impresión de que la realidad se desdobló en marzo y sigue partida. La vida fuera del hospital es otra diferente a la que fluye aquí. Soledad López es la responsable de la Unidad de Terapias no Invasivas, una pieza clave para mantener respirando por sí solos a los enfermos y librarles de la intubación. Ella observa «espantada» el movimiento de gente que hay en las calles, como si nada pasara. «Entiendo que hay que intentar normalizar, pero cuando salgo a dar un pequeño paseo con las niñas y veo a todas esas personas dentro de los bares no puedo evitar pensar cómo nos va a repercutir. Y que en 15 días los vamos a tener aquí, en el hospital», explica la doctora.

Las últimas tres semanas han notado que el virus afloja un poco. Los intensos contactos sociales de los meses de verano adelantaron la segunda ola, que alcanzó un pico preocupante a finales de septiembre. Ahora los pacientes vuelven a tener un perfil similar al del principio de la crisis, tienen más edad y muchos de ellos cuentan con patologías previas y crónicas. La mortalidad, tal y como recuerda Luis Puente, sigue cebándose al 85% con los mayores de 70 años. Los sanitarios parecen resignados a que el coronavirus forme parte de su rutina de trabajo, y de nuestra vida, todavía por un largo tiempo.

«Entendemos que esto va a ser parte de nuestra existencia, como lo fue en su día la tuberculosis, que era una enfermedad mucho menos contagiosa. No veo posible que la pongamos a cero y que no aumenten los casos cuando se relajen las medidas restrictivas», anticipa el jefe de la planta de Neumología. La máxima sigue siendo no colapsar el sistema hospitalario, que no ocurra lo mismo que en primavera. Que los enfermos sigan llegando, que lo harán, pero a un rito que permita atenderlos debidamente.

Ernestina Talavera es la jefa de las enfermeras, las que se llevan la carga más dura del trabajo
Ernestina Talavera es la jefa de las enfermeras, las que se llevan la carga más dura del trabajoRuben mondeloLa razon

En medio de este enjambre de sanitarios vestidos de todos los colores, forrados de plásticos verdes, mascarillas y gafas protectoras que se cruzan llevando y trayendo equipos destaca una mujer que no para un minuto. Es Ernestina Talavera, supervisora de Neumología de la Unidad de Hospitalización. Está al frente del equipo de enfermería, el personal que se lleva la mayor carga de trabajo en el cuidado de unos enfermos que demandan vigilancia constante. Cuenta que «es muy duro, es agotador el trato con estos pacientes porque, además, están solos, sin sus familias». Ellas son también el nexo de comunicación con las parejas, los padres y los hijos que esperan en casa a que suene el teléfono. Coger una vía o suministrar medicación forradas con los trajes EPI resulta una ardua tarea. «Las enfermeras salen de la habitación empapadas de sudor y se tienen que cambiar de ropa. Las gafas y las pantallas de protección se empañan y todo resulta muy complicado», explica. Ernestina, que lleva más de 20 años en esta misma unidad, nunca vivió una situación semejante: «Es difícil para todos, es la primera pandemia que nos toca y tenemos que aprender día a día, esto cambia todo el tiempo».

Cuando ve lo que ocurre de puertas afuera, en la realidad paralela, siente que «la gente es irresponsable o es que no se dan cuenta. Es muy difícil concienciar a la población si no ven lo que vemos nosotros». Le molestan los mensajes engañosos sobre una pronta vacuna porque producen una tranquilidad peligrosa y le da pánico lo que las fiestas navideñas les pueden deparar. Y es que aquí, en la unidad 3.300 del Marañón, la gente sigue muriendo. A pesar de que «luchamos con todos los medios disponibles, a veces no es suficiente », se lamenta a un paso de la habitación del paciente que acaba de fallecer en la cama 16.