Eudald Carbonell: “Me hubiera gustado vivir en el bar de La Guerra de las Galaxias”

El codirector de Atapuerca cree que el Homo sapiens, “lleno de imbéciles”, va camino del colapso y augura que el siglo próximo convivirán varias subespecies como hace 40.000 años

FOTO: Miquel Gonzalez La Razón

Hace 30 años, mientras España miraba embelesada por televisión la inauguración de los Juegos Olímpicos en Barcelona, en la sierra burgalesa de Atapuerca tenía lugar un acontecimiento histórico. Fue en la conocida como “Sima de los Huesos”, donde apareció el famoso cráneo número 5 bautizado como “Miguelón” en honor al ciclista Induráin, que ese mismo mes ganaba su segundo Tour de Francia. Aquel hallazgo le valió al equipo de paleontólogos que comandaba el yacimiento la portada de la revista “Nature”. Con el tiempo y muchos descubrimientos más, este lugar se ha convertido en la fuente de más de la mitad de todo el registro fósil del mundo. Y, como cada julio, Eudald Carbonell (Ribas de Freser, Cataluña, 1953) no ha faltado a su cita veraniega con la excavación. En una de esas mañanas tórridas hace un alto en el trabajo para hablar con LA RAZÓN; apenas 30 minutos que dan para mucho. No hace ni tres semanas pudo mirar a la cara a nuestro pasado más antiguo de Europa, un homínido que vivió hace entre 1,2 y 1,4 millones de años, y se le oye exultante. Codirector de las excavaciones de Atapuerca junto a Arsuaga y Bermúdez de Castro, planea dejar el cargo («90% de marrones y 10% de disfrute») junto a ellos en 2024. Se va a dedicar «a vivir», dice, pero seguirá pensando, investigando y escribiendo. Hay vida más allá de la arqueología y la va a exprimir.

-¿Qué ha supuesto un hallazgo semejante en el final de su carrera?

-Ha sido el más importante de mi vida. Y mira que he participado en muchos e importantes. Pero el ver la cara de hace un millón y medio de nuestros antepasados es muy potente. Es que, además de la cuestión científica, taxonómica y filogenética, es muy distinto ver una cara que una calota o un fragmento de mandíbula. Para mí ha sido una impresión muy fuerte. Además, supongo que también tiene que ver con la edad y con que estamos a punto de retirarnos. En 2024 nos vamos los tres.

-Puede ser entonces el último importante.

-Seguramente habrá más, pero es muy difícil encontrar cosas de esta antigüedad. Sobre todo fósiles de esta categoría. Esto se encuentra cada 50 años. Atapuerca ha sido una singularidad en ese sentido, el hecho de encontrar primero a Agamenón, luego a Miguelón, la Chica de la Gran Dolina...

-¿Por qué se retira?

-Bueno, ya sabe eso que dicen de que más vale una retirada a tiempo. Los equipos necesitan renovarse, nosotros estamos acabando un ciclo y el proyecto tiene continuidad. Algunos de los que nos van a sustituir llevan con nosotros 25 o 35 años y es el momento de dejar paso a nuevas formas de pensar, de organizar y de trabajar. Siempre intentando mejorar los proyectos y los procesos.

-¿Y qué va a hacer después?

-Pues voy a disfrutar y voy a vivir. Voy a continuar, obviamente, investigando cosas que me interesan, pero ya lejos de la disciplina que es la dirección de proyectos tan universales como este. Hay un 90% de marrones y un 10% de disfrute.

-¿Qué le interesa fuera de la arqueología?

-Muchísimas cosas. Voy a intentar poner una viña, voy a trabajar en cuestiones que me interesan mucho como los sistemas de la teoría de la evolución social. Tengo también proyectos relacionados con la alimentación y la evolución... En fin, libros, algún artículo y también estar con mi familia, que me han visto poco.

-Y hablando de evolución social, ¿qué dice de nosotros como especie esta ola de incendios?

-Las grandes preguntas surgen con las crisis; si no, no aparecen. Cuando hay necesidad se agudizan los sentidos para poderla superar. Bueno, ya sabe que mi discurso hace un tiempo es que el Homo Sapiens es una especie imbécil y cada vez hay más imbéciles que tienen poder. Hay algo en la selección cultural que no funciona porque no los elimina. Algo hemos hecho mal para que estemos como estamos, con esta incapacidad de tener una conciencia crítica como especie y de socializar la tecnología para mejorar la sociabilidad. Que vamos aceleradamente hacia un colapso como especie es una obviedad que ya nadie cuestiona.

No hemos sabido hacer los cambios económicos que se tendrían que haber producido cuando las sociedades rurales pasaron a sociedades industriales y postindustriales. El abandono de lo que llamamos España vaciada es tremendo. Hemos contribuido netamente a la tendencia climática al incrementar el metano y a la aceleración de los procesos históricos que revierten de forma negativa en nosotros. Por lo tanto, necesitamos otras nuevas maneras de procesar nuestra información y de utilizar la tecnología para mitigar o matizar nuestra relación con la Madre Tierra.

-Es muy interesante la diferencia que hace entre la selección natural y la selección tecnológica.

-Es la primera vez en la historia humana que hemos conseguido matizar la selección natural. Fíjese que la selección natural actúa de forma impecable según las leyes de la propia naturaleza, la memoria, el sistema geológico, biológico, etcétera, etcétera. En cambio, la selección técnica y cultural puede protegernos a través del descubrimiento. Hablemos, por ejemplo, de la pandemia. Si no hubiera sido por la selección técnica, las capacidades tecnológicas humanas de modificar ARN, habríamos palmado 500 millones o más. Es una ventaja adaptativa.

-¿Qué lecciones ha extraído de la pandemia?

-Nos ha hecho mucho peores. Es lo que tiene un sistema humano que está basado en el egoísmo y la falta constante de complementariedad como especie.

-¿Esperaba que ocurriera otra cosa?

-No, francamente. Lo avisé desde el principio. Recuerdo haberle contestado a Iñaki Gabilondo que nos enfrentábamos a algo con unos efectos tremendos en las poblaciones, sobre todo entre los mayores, y que aquí se estaba hablando de que si una comunidad autónoma hacía esto o lo otro... ¡La crisis que ha provocado esta molécula es un problema universal y global! En momentos como este hay que actuar de forma ordenada. No por miedo, sino por convicción.

-¿No es el miedo la mayor motivación?

-Sí, sí, claro. Pero volvemos a la selección natural, eh. Al hipocampo, al hipotálamo. A cosas que tendríamos que ser capaces a estas alturas, como mínimo, de matizar a través del lóbulo frontal y parietal.

-Eso de “matizar” la selección natural suena a que queremos hackear nuestra esencia de Homo Sapiens.

-Es una buena expresión, sí. Siempre se da esta contradicción. Recuerdo cuando estábamos haciendo el libro Sapiens hace 21 años y este era uno de los temas que tocábamos frecuentemente. Estas contradicciones entre el motor animal y la conciencia y la tecnología, que es una parte de la conciencia. Cómo estas dos cosas chocarían si realmente implementábamos exponencialmente nuestras capacidades tecnológicas.

-Usted dice que le hubiera gustado vivir en el bar de “La Guerra de las Galaxias” por la diversidad.

-Ja, ja, ja, sí, es algo que tengo muy implantado en la CPU. Mi lucha por la diversidad es fundamental, hay que mantenerla e incrementarla. Si la perdemos, vamos a palmar. Si hay cualquier crisis gorda, tenemos gente que se ha adaptado a vivir en el hielo con técnicas muy básicas y fáciles de llevar a cabo. Si eliminamos, como está haciendo la globalización, la diversidad, uniformamos nuestra especie. Y la uniformización provoca siempre cambios unidireccionales que en cualquier momento de crisis y de fallo hace que se rompa el sistema y haya un cuello de botella importante.

-¿No hay ningún aspecto positivo de la globalización, como la extensión del conocimiento?

-Muy pocos, la verdad. Es el mayor error de la Humanidad. La extensión del conocimiento se puede hacer de otras maneras. Yo contrapongo planetización a globalización. Cuando decía esto hace 25 años, imagínese, me tachaban de boina atornillado. Hay un gran desconocimiento de lo que significa en la estructura social evolutiva y eso hace que las poblaciones humanas sean fácilmente manipulables. Estamos controlados por el pensamiento de coaches, ignorantes e imbéciles, que es rápidamente multiplicado por los intereses económicos. Esto va así. Guste o no guste, todo el mundo sabe cómo funciona. La diversidad no se admite, todo lo que es distinto choca. Y como humanos evolucionados que somos tendría que ser al revés. Nos choca el color de la piel, el carácter económico de una clase social o de otra... Esto es una prueba de que la humanización está por hacer.

En la imagen, Carbonell (primero por la izquierda) junto a los codirectores Juan Luis Arsuaga y Bermudez de Castro (extremo dcho) posan con el rostro hallado hallado a finales de julio
En la imagen, Carbonell (primero por la izquierda) junto a los codirectores Juan Luis Arsuaga y Bermudez de Castro (extremo dcho) posan con el rostro hallado hallado a finales de julio FOTO: Santi Otero EFE

- ¿Cómo nos ve en un par de siglos? ¿Qué cambios evolutivos vamos a experimentar?

-Tenemos que estar alerta, habrá muchos cambios y transformaciones que nos van a tocar. Uno de los cambios más grandes es que habrá mucha diversidad en la Tierra en el próximo siglo. Habrá humanos que no se habrán dejado modificar, los conservacionistas; otros que se habrán editado genéticamente de forma complementaria a la propia evolución; los que serán modificados para sobrevivir a enfermedades, patologías, etcétera. Y luego estarán los ciborgs, que ya existen. Habrá muchas subespecies, como hace 40.000 años.

-¿Qué le sugiere el transhumanismo?

-Me sugiere cosas muy interesantes. Ahora precisamente estoy trabajando en un documento sobre esta cuestión. Es una forma de posthumanidad, el mejoramiento por nuestros propios medios de nuestros sistemas y aparatos biológicos, culturales y sociales. Es uno de los campos importantes del futuro de la Humanidad.

-Integrar la tecnología en nuestro cuerpo físico.

-Efectivamente. Sí, bueno, esto ya está pasando. Un amigo se implantó primero dispositivos subcutáneos y luego directamente en el cerebro. De esto hace 25 años, eh.

-¿Y cómo está?

-Perfecto. Bueno, en realidad está loco. Pero ya lo estaba, ja, ja. Es gente con una capacidad mental enorme que está dispuesta a experimentar con su cuerpo. Algo que me parece genial porque, al fin y al cabo, se trata de un proceso científico.

-¿Pueden convivir la ciencia y la creencia?

-Es complejo porque se trata de universos paralelos. Hay uno que es material, real, y que puedes medir. Y otro que no. Como método científico es obvio que es absurdo. No se puede investigar con un crucifijo, sí con un microscopio electrónico. Pero está claro que nuestra cabeza tiene un mundo simbólico hace decenas de miles de años que se ha ido construyendo y forma parte de nuestro acervo evolutivo. Si tú me preguntas si soy creyente o soy pensante, soy de la subespecie pensante.

-¿Se pueden ser las dos cosas?

-Efectivamente. Otra cosa es que acabes con una esquizofrenia brutal, una paranoia.

-¿Descubriremos vida en otros planetas?

-Mi opinión ha sido siempre que la probabilidad de que no haya es muy ridícula. Pero mis colegas dicen también lo contrario. Creo que nuestro pensamiento tiende a colocarnos en un centro del espacio tiempo cósmico y no estamos en lo cierto. Estamos muy descentrados. Mi opinión es que hay vida en prácticamente todas las galaxias. Y que nuestro próximo gran descubrimiento será contactar con esa vida. El gran cambio que se producirá en el planeta es cuando conectemos con vida inteligente. Nos daremos cuenta entonces de lo imbéciles que somos.

-Y aquí seguimos con guerra como hace siglos.

-Esto forma parte de este colapso del que hablaba. Fíjate si no salen los 4.000 millones de tonelada de cereal de Ucrania. Si no sale toda esta riqueza producida en esta tierra tan fértil puede haber 800 millones de muertos de hambre en zonas que dependen de la harina para hacer todo su pan. Aquí es donde estamos. Qué desgracia de Humanidad.

-En una entrevista en este periódico, Peter Singer nos dijo en plena pandemia que estaba en contra de salvar a los más mayores si para ello había que parar la economía. Su argumento era que la crisis subsiguiente iba a maltratar a los jóvenes.

-No estoy de acuerdo. Es una idea muy conservadora y no conservacionista que tiene más que ver, pienso yo, con la teoría de la biología social que con un pensamiento social, progresista y abierto.

-¿Qué otras emociones nos sirven de motor más allá del miedo?

-El miedo es la más importante porque el estrés de cuando éramos cazadores-recolectores ha quedado grabado en la memoria de nuestro sistema. Los homínidos modernos estamos muy estresados por si nos quedamos sin trabajo y tenemos que buscarnos otra forma de sobrevivir, pero imagínate lo estresante que debía ser que un Homotherium te respirara en el cogote cuando estuvieras durmiendo la siesta aquí en la sierra. Eso sí que era ansiógeno.

-Ja, ja. Sí, pero la sensación es la misma.

-Si, claro, porque se ha quedado en el motor. A la sensación de miedo se contrapone, debido a los neurotransmisores y la química del cerebro, la satisfacción. La que conseguimos a nivel biológico con el placer, el sabor o el sexo. Y la satisfacción de cuando haces una cosa que está bien hecha. Todo el mundo sabe que cuándo hace algo estupendo se genera una cadena de acontecimientos positivos. El miedo y la satisfacción son los dos grandes sentidos que tenemos.

-¿Qué está leyendo ahora?

-He sido un hombre poco lector de novelas, fui durante un tiempo aficionado a la poesía, en mis épocas jóvenes. Sobre todo soy lector de ensayo, aparte de los artículos científicos. Me interesa muchísimo la proteómica, la genómica, la física, las cuestiones ligadas a los procesos neuroquímicos. Campos que sirven para conocer la evolución del ser humano. Y, obviamente, todos los planteamientos humanistas de la gente que escribe desde la perspectiva científica.

-Lectura ligera, vaya.

-Ja, ja. Sí, soy una persona densa, lo siento mucho. Mi intensidad ha aumentado de forma exponencial en los últimos años.