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Apolo 11: cómo una misión precaria hizo historia

De todas las maravillas que ocurrieron en aquellas 195 horas, 18 minutos y 35 segundos de la expedición, quizás, lo más sorprendente a día de hoy es la tecnología que logró convertirla en un éxito.

  • Los negacionistas dicen que la huella lunar no coincide con la del traje, pero es por el protector que se les puso
    Los negacionistas dicen que la huella lunar no coincide con la del traje, pero es por el protector que se les puso

Tiempo de lectura 4 min.

16 de julio de 2019. 09:25h

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Jorge Alcalde 16/7/2019

La más alta tecnología jamás compilada por un solo proyecto humano... hasta entonces. La misión Apolo 11 fue el escaparate de hasta dónde había sido capaz el homo sapiens de llevar su añeja manía de fabricar herramientas. Lo más de lo más. Hoy nos parecería pura chatarra vintage. Y es que, entre las muchas cualidades que convierten aquel empeño en un momento épico, quizás, una de las que más llama la atención sea cómo fue la NASA capaz de poner a dos hombres en la Luna y devolverlos a casa con aparatos tan rudimentarios, poco experimentados e impredecibles como aquellos. Sí, es cierto que el ser humano salió de África hace cientos de miles de años probablemente en una improvisada balsa de troncos, entonces, ¿por qué no iba a ir a la Luna en una nave que hoy parecería de juguete barato?

Apolo 11: cómo una misión precaria hizo historia

Armstrong y Aldrin llevaban un revestimiento protector en las botas para evitar rasgaduras y el polvo lunar

No lo consideren una exageración infundada, por favor: la capacidad de computación que tenían las naves de la misión en 1969 era menor a la que tiene el teléfono móvil que llevamos en el bolsillo. A ello hay que añadir que algunos de los aparatos usados no habían gozado del suficiente periodo de pruebas previo. El módulo lunar, sin ir más lejos, la nave que debía descender a la superficie y volver a despegar a tiempo para ser rescatada de vuelta a casa, solo hizo dos vuelos de test tripulados previos. Los trajes espaciales que llevaron Armstrong y Aldrin en a Luna eran de estreno, nadie los había usado antes. Aun así, la proeza fue todo un ejemplo de despliegue tecnológico del momento.

Para elevar al cielo a los tres héroes se optó por utilizar un cohete Saturno V en lugar de un conjunto de varios acoplados que sumaran su capacidad de empuje. El Saturno V era un monstruo de 111 metros con peso a plena carga de casi tres millones de kilos. La NASA confiaba tanto en este gigante que lo probó solo dos veces antes de meter seres humanos dentro. El primer vuelo tripulado fue en 1968 en la misión Apolo 8 que trasladó a los primeros humanos a la órbita de la Luna. Saturn no era un aparato desconocido. Al fin y al cabo era el heredero de una larga saga de cohetes evolucionados durante décadas. No fue el caso del Módulo Lunar Eagle. Aquella nave pequeña sería el primer artefacto creado por el ser humano para posarse en otro mundo. Y de hecho nadie tenía la menor idea de cómo se comportaría en el aterrizaje. Se había probado en dos ocasiones en órbita, simulando la tarea de desacoplarse y acoplarse de nuevo a la nave nodriza. Pero la toma de tierra (más bien la toma de luna) era un acontecimiento para el que todo el mundo estaba virgen. De hecho uno de los momentos críticos de la misión fueron los segundos previos a la llegada, cuando Armstrong tuvo que variar brevemente la trayectoria para no colisionar con una roca. Una suerte de improvisación en un mundo desconocido.

Mención especial merecen los trajes espaciales que llevaron los dos primeros humanos que pisaron suelo selenita. En realidad cada misión Apolo requería de un considerable fondo de armario. Según la NASA, eran necesarios 15 trajes por misión. Los tres astronautas titulares requerían tres cada uno (uno para entrenamiento, uno para el vuelo y otro de seguridad). A ello había que añadir los complementos de actividad extravehicular para salir a la superficie de la Luna. Los guantes y las botas de cierre hermético (las que dejaron la famosa huella) y el casco brillante de policarbonato nunca antes habían estado en un mundo diferente al nuestro. Por fortuna, no fallaron.

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